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ENTENDEDERAS Y EXPLICADERAS

ENTENDEDERAS Y EXPLICADERAS

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En ocasiones la incomprensión y el desacuerdo entre dos partes es inevitable por malas explicaderas del que argumenta sus razones, o deficientes entendederas de quien las recibe, pues no siempre los mensajes se emiten correctamente para que puedan ser entendidos, o no se entienden bien por parte de quien los escucha.

Esto es debido a dificultades del emisor para transmitir sus ideas o a interferencias en el receptor para recibirlas, situándose el origen del problema en causas diversas que van desde la intencionalidad en la mala expresión de lo que se piensa, hasta la negativa a entender aquello que no se quiere oír, por claro que sea el razonamiento expuesto.

Las consecuencias del mal entendimiento -sea éste involuntario o intencionado- provoca discordancias entre las explicaderas de unos y las entendederas de otros, siendo la causa de muchos males que nos aquejan y del fracaso en mesas de negociación, discusiones varias, aulas docentes, quejas vecinales, debates políticos, asambleas públicas y conversaciones privadas.

Lo grave es cuando las interferencias son provocadas intencionadamente, negándose los interlocutores al entendimiento mutuo por atrofia en las cuerdas vocales del emisor o bloqueo en la Trompa de Eustaquio del receptor, opuestos ambos a opiniones divergentes y argumentos contrarios, en defensa de intereses propios, cerrándose por ambos lados las esclusas al entendimiento, como sucede en los debates políticos y televisivos, entre los contendientes verbales de diferentes bandos.

Incluso entre personas bien intencionadas que dialogan con ánimo de entenderse, no siempre las explicaderas de unos y las entendederas de otro se acoplan en fase, porque entre lo que se piensa, lo que se quiere decir, lo que se cree que se ha dicho y lo que se dice, hay en ocasiones igual abismo que entre lo que se quiere escuchar, lo que se escucha, lo que se entiende y lo que se quiere entender.

RECUERDO A FRAY LUIS DE LEÓN

RECUERDO A FRAY LUIS DE LEÓN

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El comienzo del curso universitario es buen momento para recordar a Fray Luis de León, insigne maestro del Estudio salmantino, cuya franqueza, valentía y sinceridad, le llevó a  enfrentamientos con el poder escolástico y religioso, alejándole de camarines, estampas y peanas santorales.

Es hábito común de la gente desviar los verdaderos motivos de un conflicto hacia aquellos argumentos que favorezcan la descalificación de quien les ha ganado en la disputa, como hicieron con Fray Luis de León cuando abandonó la Universidad para dedicarse al gobierno de la orden agustina a la que pertenecía.

No debe recordarse a este profesor del Estudio salmantino como persona gratuitamente polémica, sino como clérigo que luchó por defender la verdad y persona que defendió por encima de todo la justicia, aunque esto me llevara a disputas intelectuales, a diferencias personales de todo tipo y a padecer castigos.

Tampoco cabe empeño de recordarlo como personaje testarudo empeñado en lo imposible, sino como ciudadano tenaz en la defensa de las causas que defendía. Ni sería acertado reprocharle falta de entrega a la tarea docente, contabilizando las ausencias a clase, las multas que recibió por ello o las amonestaciones que le llegaron de algunos rectores.

Para quienes esto piensen, conviene recordarles que no le fue posible entregar todo lo que llevaba dentro porque derrochó muchas energías en responder a provocaciones que recibió sin fundamento alguno, defenderse de acusaciones injustas, salir de polémicas estériles y sufrir represiones carcelarias por envidias, turbios intereses y mentiras evidentes.

Puede ser que algún cronista ponga su empeño en demostrar intereses espurios en su vocación religiosa, sin percibir que Fray Luis de León hubiera tenido junto a su padre una vida más cómoda, mejor futuro, mayor bienestar y más dinero del que le otorgaron los votos religiosos.

No han faltado voces pretendiendo atenuar las penalidades carcelarias que pasó, afirmando que durante ese tiempo no fue sometido a tormento alguno y se le facilitaron cuantos libros solicitó, olvidando la necesidad de libertad para un espíritu rebelde e insumiso como el de Fray Luis.

Estos críticos no han comprendido el tormento al que lleva la imaginación del encarcelado, cuando ignora el futuro que le espera pendiente de la sentencia de un tribunal que mantiene al reo encerrado sin haber sido juzgado, acechado por la tortura de cada día, cada hora, cada instante, convirtiendo el futuro en el mayor suplicio, porque duele más el temor a morir, que la propia muerte, sobre todo cuando el origen y la causa de las denuncias hechas contra él, no tuvieron su sede en el celo de la fe ni en la búsqueda de la verdad, sino en la pasión y el odio que alimentaron el deseo de algunos corazones insanos por destruirle con mentiras y calumnias.