Navegando por
Etiqueta: déspota

EL PRECIO DE LA CRÍTICA

EL PRECIO DE LA CRÍTICA

Unknown

La experiencia enseña que la victoria de David sobre Goliat es simplemente un cuento bíblico que nada tiene que ver con la realidad, porque el débil acaba siempre rodando por el suelo del sartenazo propinado por quien tiene la sartén por el mango, cuando el osado mequetrefe se atreve a criticar en voz alta la comida que pone en la mesa el cocinero.

Hemos de saber que el combate entre desiguales conduce a la derrota del desnutrido, porque la diferencia entre ambos se resuelve siempre a favor del corpulento, por mucho que el débil corra o se enrosque impotente en el rincón, mientras las represalias y el equipo de matones al servicio del patrón se encarga de hacerle callar.

Quienes han sufrido flagelaciones por criticar al mandamás, saben bien de qué hablo, pero quienes no hayan sido todavía abofeteados desde los sillones deben saber lo que sufre el crítico cuando un jefe se pone en jarras frente a él, apaleándole hasta dejarlo noqueado en el suelo, envuelto en la mayor  indefensión y lamiéndose las heridas con impotencia y frustración.

Sabed todos que la coz al aguijón concluye siempre con la cojera perpetua del ingenuo atrevido que pretende dañar el puntiagudo acero de la venganza contenida en el todopoderoso criticado, incapaz de tolerar el roce de la más leve insinuación contraria a sus deseos, actitudes, órdenes y dictados, terminando siempre con la ruina del monigote.

Pero sabed también que se puede convertir el castigo al censor en insomnio para el verdugo si los afectados por su despotismo mantienen unidas las fuerzas, porque la vileza de quien practica la represalia contra el crítico sólo merece el desprecio de la gente honrada y la lucha solidaria contra el déspota que hace sayos con las capas de los subordinados, fumigando a las personas que dicen palabras elevadas en decibelios críticos no autorizadas por quienes dominan la situación.

IVÁN EL TERRIBLE

IVÁN EL TERRIBLE

Unknown

El jueves 28 de agosto de 1530 los vecinos de Kolómenskoye celebraron el nacimiento del primer zar en casa de su vecino Vasíllevich, sin saber que festejaban la llegada al mundo de un terrible ser humano aterrorizador del pueblo ruso durante los cincuenta años que duró su reinado.

Al morir la primera de sus siete esposas, el déspota Iván sufrió el primer desvarío mental arrojando perros vivos desde torres y campanarios, entregando luego el cuerpo del príncipe Shuiski y del arzobispo Leonid a los animales que sobrevivían para que se alimentaran a dentellada limpia con carne humana noble y santa, mientras él rezaba el rosario para acrecentar su exacerbada y delirante religiosidad

Devastó ciudades, mató de un bastonazo a su primogénito, condenó a muerte a un príncipe homosexual, descuartizó con un hacha a los príncipes Nikolai Telepnev y Snuyon, ahogó en un río a su primo Vladimir, envenenó a cinco de sus esposas, decapitó prisioneros de guerra, empaló rebeldes y liquidó a miles de súbditos, sin temblarle la mano ni tartamudear, mereciendo ser llamado “el terrible”.

Eso sí, para agradar a Dios y cristianizar al pueblo, levantó en Moscú el gran templo de San Basilio, antes de trasladar la corte a su refugio privado de Aleksándrovskaya Slobodá, donde se pasaba horas rezando en el oratorio para ganar la vida eterna, siendo bendecido e indultado por prelados y príncipes de la Iglesia.

CARTA ABIERTA A «ESOS» ¿POLICÍAS?

CARTA ABIERTA A «ESOS» ¿POLICÍAS?

374views

Me gustaría encabezar esta carta con una frase de saludo como es habitual, pero no voy a hacerlo porque a ustedes ni les quiero, ni les estimo, ni les respeto, sino todo lo contrario, les detesto, subestimo y menosprecio, por traerme el recuerdo de 1967 cuando fui salvajemente golpeado por los «grises» en el descampado del Paraninfo de la Ciudad Universitaria por pedir libertad y derechos civiles secuestrados en la dictadura.

No merecen ustedes lucir el uniforme que visten porque sus actitudes pertenecen a otra época y sus comportamientos están más próximos a la chulería y abuso de proxenetas, que a garantes de la seguridad pública como les enseñarían en la academia de Ávila, aunque faltaran a clase ese día por estar durmiendo la borrachera de prepotencia que todavía les dura.

Son ustedes mercenarios de un poder político en decadencia, aunque mantenga la capacidad para explotar el temor, comprando sus voluntades con platos de lentejas. Son ustedes verdugos ejecutores de órdenes dictadas por los mismos inquisidores que les condenan a la pobreza. Son ustedes la mano de hierro de quienes jamás se quitan los guantes blancos. Son ustedes el instrumento que utilizan los beneficiados del sistema para protegerse del pueblo que clama justicia. Son ustedes los que custodian el blindaje económico, social y político de quienes acabarán arrojándoles a las tinieblas.

A los ciudadanos nos queda el consuelo de saber que son minoría entre los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Y sabemos también que ocultan su maldad bajo el cobarde pretexto de la obediencia debida. Pero no engañan a nadie, porque el ensañamiento con que ustedes han actuado, la arbitrariedad de sus detenciones y el abuso de autoridad ejercido, no se justifican bajo el amparo de ninguna orden, por déspota que sea quien dirige sus voluntades.

Los jefes que les pagan el sueldo cada mes con el dinero de los apaleados conocen sobradamente sus limitaciones neuronales. Saben bien que a ustedes les falta valor y les sobra fuerza bruta. Y saben también que carecen de la sensibilidad que les rompa el corazón cuando arrastran por el suelo a un anciano, estrangulan a una joven, pisotean con sus espuelas la mano de alguien ya reducido, aplastan el ojo de un esposado en el suelo o le rompen el tabique nasal a un vecino que lucha por sus derechos.

Derechos constitucionales que están siendo barridos sin justificación alguna, con su inestimable ayuda. Derechos básicos que le llevarían a ustedes y sus familias a tener una vida digna, hoy en peligro porque se la están robando aquellos por los que ustedes le parten la cara a los demás, mientras los responsables brindan con Moet Chandon, sin importarle el llanto indignado que cruje a la puerta, porque ya se encargan ustedes de secar las lágrimas a garrotazo limpio.

Han demostrado con sus actuaciones una incapacidad manifiesta para el ejercicio de la función que tienen encomendada. Han evidenciado una falta de respeto a los derechos ciudadanos merecedora de sanción. Y han castigado tan desproporcionadamente al «enemigo» que ya no hay camino para la reconciliación, por mucho que ahora la obediencia debida hiera sus conciencias, por escasa que sea la moral que profesan.

Avergüenzan ustedes a la gran mayoría de sus compañeros de profesión, porque han hecho estremecer al país con las brutales imágenes de apaleamientos a ciudadanos cuyo delito era pedir justicia, democracia y empleo. Sonroja ver el linchamiento indiscriminado de ciudadanos que esperaban un tren, paseaban por la calle o hacían su trabajo periodístico. Y abochorna ver a sus jefes aplaudir la barbarie que ustedes han protagonizado.

Por ello, merecen el desprecio de los parados, el abucheo de los funcionarios, la crítica de los periodistas, el ultraje de los obreros, la ira de los indignados, las pedradas de los jóvenes, el zapatillazo de las madres, la condena de los desahuciados, la repulsa de los profesores, el desaire de los jubilados, la indiferencia de los médicos y la sentencia de los jueces, pues el ensañamiento de sus actuaciones les excluye de la raza humana.

Quiero recordarles finalmente que la Ley Orgánica 4/2010, de 20 de mayo, del Régimen disciplinario del Cuerpo Nacional de Policía, tipifica como falta muy grave en su Artículo 7, apartados c), d) y o): el abuso de atribuciones que cause grave daño a los ciudadanos; la práctica de tratos inhumanos, degradantes, discriminatorios o vejatorios a los ciudadanos, y la obstaculización grave al ejercicio de las libertades públicas. Y les advierto que estas faltas, según el Artículo 10 de dicha Ley, pueden llevarles a la separación del servicio, a la suspensión de funciones y al traslado forzoso.

Pero ustedes saben que no pasará nada de esto porque los políticos beneficiarios de su violencia les protegerán injustamente con la impunidad que no merecen.

JEFECILLOS

JEFECILLOS

Todavía algunos desprecian la importancia que tiene en todas las organizaciones humanas, la persona que golpea la voluntad de sus subordinados con el bastón de mando. Esto tan obvio, es negado por quienes se empeñan en mantener que lo fundamental son las mimbres, sin darse cuenta que éstas no saben hacer los cestos.

No sé de ningún aparato automecánico que funcione si un motor no activa su movimiento. Ni he montado en vagones, por lujosos que sean, que circulen si una locomotora no tira de ellos. Esto ocurre en nuestra vida social, política, empresarial y doméstica, incluso. Cualquier organización humana será lo que quiera su jefe que sea y llegará donde la inercia la lleve si el responsable no hace nada para evitarlo.

En las organizaciones políticas, a los jefes acostumbran a llamarse líderes; en las entidades bancarias, presidentes; en los hospitales, gerentes; en los centros educativos, directores; y en las pequeñas empresas, simplemente, eso, jefes. Conociendo como conozco a ciertos líderes, presidentes, gerentes, directores y jefes, no me extraña que las organizaciones y departamentos que dirigen anden manga por hombro y que sucedan en ellas las cosas que suceden.

El jefe impregna la organización con sus propios valores. Pero si carece de ellos, se irá devaluando lenta y progresivamente hasta convertirse en un erial. No puede exigirse aquello que no se da. Bueno, perdonad, exigirse sí, pero será difícil obtener lo demandado. Tened en cuenta que nadie puede dar lo que no tiene y algunos jefes tienen poco que dar. Sin pretender que esto sirva de consuelo a quienes sufren la espuela de un jefecillo, deben saber que su caso no es excepcional, sino todo lo contrario. ¿Qué servicio médico, por ejemplo, tiene reconocido prestigio? El que está bien regido y en manos de facultativos con indudable competencia profesional.

Y no basta con que el jefe sea el más enterado en la materia de su competencia, eso bastaría si trabajara solo en una celda. Ha de ser un buen gestor, tener facilidad para las relaciones, buena comunicación, ser emocionalmente inteligente, capaz de conformar un grupo de trabajo eficaz, saber rentabilizar las habilidades de cada subordinado en beneficio del proyecto común y tener las cualidades personales de un líder natural. ¿Es este el caso de tu jefe, amigo? ¿No? Pues a sufrir la frustración de tenerlo encima de ti el tiempo que permanezca en el cargo, que puede ser hasta la eternidad profesional. En tal caso, no te librarás de recibir órdenes absurdas, abusos de autoridad para encubrir su incompetencia y propuestas de trabajo que degradarán tu inteligencia. No obstante, si un día te pide que recojas agua con una criba, mándalo a la mierda.

A pesar de todo, debes saber que el déspota incompetente no queda exento de culpa y pena, porque el día que le piquen el billete, recibira muecas en vez de sonrisas y el teléfono dejará de sonar, recordándole la miseria de su reinado.

Este es el drama que está viviendo un personaje que fue todopoderoso en el departamento que gobernaba, al abandonar su despótico sillón. Decepcionado y triste, me confesaba el otro día cuando lo encontré paseando por la ciudad con su carga de soledad a la espalda, que la gente se cruzaba de acera para no saludarle.

Tal sino que espera al jefecillo que oculta su incompetencia en el nombramiento que tiene colgado en su oficina. Así acabará quien considera que la vida se reduce a un despacho de mando, y piensa que el poder es eterno, porque sólo el afecto es capaz de traspasar las fronteras del alma y ayudar a que la vida discurra serena y feliz hasta ser llamados al valle de Josaphat.

DESPOTISMO

DESPOTISMO

Vaya, vaya, amigos. De manera que el despotismo ha desaparecido en las democracias occidentales. Pues no. Basta con echar un vistazo alrededor para darse cuenta que la realidad tiene poco que ver con el deseo. Es cierto que no presenta la misma cara que tuvo en las monarquías europeas del siglo XVIII, pero ahí sigue. Menos ilustrado que el reconocido históricamente en los libros de texto, pero sigue con nosotros. Eso sí, disfrazado ahora con tules, sedas y velos para confundir su imagen. Se ha maquillado, ha pasado por el quirófano, sonríe, saluda y seduce a los incondicionales seguidores que se benefician de él. Pero el despotismo continúa siendo ese vecino abusón que tenemos que soportar cada día sin poder hacer nada para echarlo de la comunidad, aunque la mayoría hayamos sufrido alguna vez sus excesos.

Lo que ha disminuido es el número de dictadores, porque ahora todos los dirigentes políticos europeos han llegado al poder por elección popular; pero los déspotas se mantienen y continúan como antaño abusando de su poder y autoridad. La diferencia entre unos y otros viene escrita en las papeletas electorales, no en las actitudes. Bueno, tal vez el tirano sea más amigo de la violencia que el déspota, porque éste no es necesariamente belicoso, es simplemente un césar equivocado de siglo. Ambos razonan poco, exigen mucho, convierten sus decisiones en dogmas indiscutibles y no dan muchas explicaciones.

Actualmente el despotismo se ha colegiado, aunque en determinados momentos sea ejercido por algún empecinado dirigente ocupado en satisfacer sus caprichos, sus intereses o sus compromisos. Ahora se han agremiado los déspotas formando grupos de distinto color, amparados en la legalidad para despistar a quienes aplauden la forma de actuar de su correspondiente bandería, sin darse cuenta que tanto unos como otros reencarnan un cínico despotismo que no beneficia a nadie, aunque estas oligarquías se escondan detrás de siglas políticas de diferente pelaje.

La debilidad del déspota es su falta de inteligencia para percibir el pensamiento del pueblo. Por eso nos consideran siempre menores de edad. Como niños, vamos, a los que se puede engañar con milongas de tres al cuarto o con mentiras de camello imposibles de introducirse en el estrecho orificio de nuestro sentido común. Dicho de otra forma, nos tratan con el despotismo que algunos padres tratan a los hijos, pero sin el cariño que estos profesan a sus descendientes. El problema surge cuando el bondadoso padre no percibe que sus hijos crecen y que desarrollan su mismo entendimiento, dejando al descubierto su actitud. Es entonces cuando el túnel del tiempo lo absorbe llevándose el espíritu del déspota doscientos años atrás, aunque su cuerpo permanezca despoticando en pleno siglo veintiuno.

El desprecio que los déspotas tienen por la inteligencia ajena les lleva al abuso de poder y a ocultarnos información, considerando que nuestra inmadurez no merece explicaciones, incomprensibles para nosotros. Confunden poder y talento, creyéndose que las urnas otorgan la sabiduría infinita que ellos se atribuyen a sí mismos, menospreciando las opiniones ajenas y haciendo de nuestra capa su sayo.

De esta forma se toman decisiones sin justificar que afectan a los ciudadanos, aunque sea para llevarlos al matadero. Se negocian acuerdos en alcobas sin luz, para que los niños no se escandalicen de los compromisos adquiridos. Se conciertan ataques en desiertas mesas ocultando los argumentos, porque nuestra infancia social nos impide comprenderlos. Se negocian transacciones que sólo comparten los comerciantes que llegan con sus contratos a la mesa de negociación. Se pactan silencios en los sillones sobre rutas de paz que somos incapaces de comprender el resto de los mortales, según ellos, claro. Y se hacen componendas de todo tipo ignoradas por los que pagamos sus sueldos, dietas, viajes y complementos, para que todo sea políticamente correcto.

El despotismo es incoloro como el aire e insípido como agua; pero huele a mentira desde media legua y despide el mismo hedor que una fosa séptica. El despotismo padece fotofobia, porque detesta la luz; aborrece los taquígrafos porque su argumento es la censura que hace opaco el envoltorio. Por eso prefiere las órdenes a las insinuaciones; las imposiciones, a las sugerencias; las direcciones obligatorias, al campo abierto; y la adulación a la crítica.

Para ser déspota no hay que hacer esfuerzos complementarios ni oposiciones. Es algo que se lleva en los genes y tiene difícil tratamiento porque rechaza los trasplantes de cromosomas portadores de generosidad, servicio, honradez y respeto. El déspota es tan inculto como inseguro, y tan prepotente como débil. Los actuales déspotas desilustrados sólo pretenden arreglar la fachada del edificio y apuntalarlo, respetando los cimientos y reforzando la estructura que sustenta el sistema, su sistema. De esta forma consiguen perpetuar los dogmas políticos, religiosos y económicos, para consolidar sus privilegios y su poder. Es decir, se trata simplemente de lavarle un poco la cara a la democracia que los ampara, de tal modo que se perpetúen los principios básicos de la sociedad dominante y los privilegios de políticos y eclesiásticos, dando la sensación de que se cambia todo para que todo siga igual.