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APRENDIENDO A ENVEJECER

APRENDIENDO A ENVEJECER

Aprendiendo-a-envejecer

Se es niño sin pretenderlo, joven sin esfuerzo y adulto sin pensarlo, pero a la cuarta edad se llega con el diario de la vida escrito hasta la penúltima página, con casi todo aprendido y los exámenes aprobados, dispuestos a prepararnos para la prueba final que la vida nos pondrá, tras la convocatoria que nos hizo al traernos al mundo.

Toca, pues, aprender a envejecer con la salud menguada, pero con la ilusión de permanencia intacta hasta llegar a la última página de nuestro diario, goteando día a día momentos de felicidad en el camino hacia la estación término, para confundir a la parca que nos robará la sonrisa cuando un golpe desafortunado altere el ritmo de la sangre o el capricho del azar enloquezca las células bajo la piel que nos cubre.

Ahora toca poner de acuerdo estómago y cerebro para que no se interfieran en el camino a la felicidad. Es el momento de conciliar cuerpo y sentido, para que el primero no pida lo que el otro niega, y este compense la mengua de vigor. Deben unirse razones y razón para que el maridaje unifique los argumentos. Y conciliar deseo y posibilidades para no caer en el desánimo y la frustración.

En la antesala de la vejez toca recuperar el tiempo perdido en ambiciones decapitadas y metas sin futuro. Es hora de renunciar a provocaciones inútiles. Momento de rehusar a ilusiones imposibles. Ocasión de superar discrepancias estériles. Y oportunidad de abandonar quimeras inalcanzables, porque el tiempo apremia y la felicidad escasea.

Camino de la vejez no conviene perder energías en cuestiones que no merezcan el esfuerzo que demandan, sino de aprovechar la vitalidad que resta para hacer posible el milagro de gozar la vida nueva que comienza, sin pretenciosos sonsonetes para levantar el ánimo, aunque amanezca con las tres heridas del poeta: la del amor, la de la muerte y la de la vida.

VIVIR

VIVIR

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Existir no es igual que vivir, por mucho que el diccionario se empeñe en ello, ni vivir es habitar en algún lugar, obrar instintivamente, mimetizarse con el entorno, subsistir respirando o mantener diástoles existenciales por la inercia vital determinada en las células que conforman nuestro cuerpo.

Vivir es algo que se aprende viviendo, sin otra ocupación que vigilar cada instante para no dejar escapar momento alguno de sentir el latido de la vida en cada experiencia de nuestra personal e intransferible historia, compartiendo gozosos aconteceres y desgraciados sucesos con quienes nos acompañan y permitiendo que estos echen raíces en nuestra alma.

La capacidad de vivir –que no a todos acompaña -, es el gran misterio de la vida, el arcano oculto en las entrañas de lo imposible donde solo llega la fe inagotable en la redención de la anticipada derrota, cuando la realidad y el deseo se funden con perpetuos lazos de hermandad, haciendo posible la resurrección diaria ante los vaivenes de la propia vida.

Regalo es la vida, y placentero gozo vivirla, con la certidumbre de encontrar luna llena en noche negra, cuando emigran los luceros, las sombras se diluyen en opacos resplandores y la fe en la vida confirma el regreso del agua a los manantiales tras la sequía del infortunio.

EXECRABLE CÁNCER

EXECRABLE CÁNCER

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Caprichoso empeño de un grupo de células rebeldes a la norma, empeñadas en proliferar y reproducirse por su cuenta, sin atender a leyes ni mandatos, con la misión de invadir territorios del cuerpo que no le pertenecen, ante la impotencia de la ciencia, el dolor del enfermo, la solidaridad del médico y el sufrimiento de quienes están a su lado.

El pulmón de alguien querido no ha podido evitar la diseminación fatídica de una mancha en sus alvéolos, presagio de tragedia en la juventud de sus cuarenta y ocho años, cuando encaraba la vida con la esperanza puesta en sus tres hijos, sin pensar que un repugnante sarcoma se interpondría en su camino.

Ayer recibí el mazazo de la noticia y con él a cuestas caminaré largo tiempo, condenando la injusticia de un tumor que adelantó su llegada cuando nadie le había llamado, ni era deseado, ni se le esperaba, para darnos tiempo a maldecirlo y arrojar nuestra indignación contra la suerte traidora que se ha metido sin llamar en un pecho desafortunado.

Ahora toca rebelarnos ante la caprichosa desgracia que compartimos con él y sólo cabe la lucha frontal y sin descanso para que cese la fragmentación celular, en la que todos vamos a poner nuestras armas para vencer al invasor, sabiendo que la herida es grande, largo el calvario y difícil la resurrección.

CÉLULAS INCONTROLADAS

CÉLULAS INCONTROLADAS

Escribía Unamuno en su Diario íntimo: “Cuando uno está tísico evita su familia el decírselo y trata por todos los medios de engañarle para no decirle que le queda un año o unos meses de vida. ¿Son más cuatro, cinco, diez años, que uno? ¿No somos todos tísicos? Pocos piensan en que todos estamos condenados a muerte”. Haced con esta reflexión lo que mejor os parezca.

En tiempos bíblicos, el cáncer sería una plaga enviada por Dios para castigar anualmente a ocho millones de sus hijos e hijas por los pecados cometidos. Hoy, en cambio, sabemos que es un torpe certificado de defunción, firmado por unas células incontroladas que deciden crecer y multiplicarse de forma enloquecida, desafiando toda lógica y conculcando las leyes de reproducción celular.

Células incontroladas que van a su antojo paseándose por vasos linfáticos y sanguíneos, haciendo impunemente de las suyas, plantando el campamento base donde se les antoja sin solicitar permiso al propietario del terreno, arrasándolo todo como caballos de Atila, inoculando temores en los corazones afligidos y destilando lágrimas de impotencia en propios y extraños.

Células incontroladas que se agrupan en una masa amorfa llevándose por delante todo lo que encuentran a su paso y lo que está al borde del camino.

Células incontroladas que se reproducen más allá de lo razonable invadiendo los tejidos del huésped donde se alojan y el alma de quienes le rodean.

Células incontroladas que humillan la sabiduría humana, incapaz de dar con el líder de la manada escondido en la sangre, para llevarlas a todas al suicidio.

Células incontroladas que se cuelan de rondón en nuestras vidas sin que nadie las invite ni previo aviso de llegada, para amargarnos la fiesta de la vida.

Detestables células incontroladas que controlan caprichosamente nuestra vida y los sentimientos de las personas que amamos.

A quienes ya recibieron la visita desalentadora de tan repugnantes criaturas y fueron con dolor despedidos, vaya nuestro recuerdo inolvidable. A las personas que hoy conviven con ellas en silencio, enviamos nuestro apoyo solidario esperando que tales bichos sucumban a la radio-quimio. Y a los que estamos en la sala de espera nos queda la inevitable resignación de saber que si no vienen ellas a buscarnos, alguien se acercará a por nosotros.

Pero a todos los que aún estamos por aquí, envío el deseo de que tengamos un feliz tiempo de espera en este solidario sábado 4 de febrero en que celebramos la jornada mundial contra el cáncer.