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Etiqueta: bufón

ENANISMO MENTAL

ENANISMO MENTAL

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El enanismo es una anomalía en el crecimiento físico por la que quienes la padecen tienen una talla inferior a la media de la raza humana, provocada en algunos casos por cretinismo, como deficiencia congénita autosómica recesiva de la glándula tiroidea. Los pobres enanos han sido utilizados a lo largo de la historia como bufones para hacer reír a la gente con sus bufidos.

Pero no son estos respetables seres humanos a los que quiero referirme, sino a los listillos enanos mentales que nos rodean, aunque su talla corporal les permita jugar de pívots en la NBA americana. Hablo de los incapaces que pretenden disimular su bajo nivel de competencia poniéndose de puntillas y estirando el cuello, con intención de aparentar lo que nunca llegarán a ser.

Hablo de los deficientes que pontifican desde alturas que no les corresponden y lanzan sus bufidos contra sombras que se mueven a su alrededor, alentados por un egoísmo incontrolable y coreados por palmeros aún más ignorantes que ellos.

También el cretinismo afecta a estos enanos mentales incidiendo en su inteligencia de forma especial, provocando en ellos estupidez desmedida, idiotez creciente y una ostensible falta de talento que les impulsa a la provocación y comisión de errores, al tiempo que un bloqueo en la transmisión de los impulsos neuronales les impide reconocer los desaciertos, solicitar indulgencia por los yerros y rectificar las mentiras.

MILAGRO DE LAS URNAS

MILAGRO DE LAS URNAS

Ser de las personas que preguntan sobre aquello que no debería importarle, me permite integrarme en el grupo de curiosos congénitos, cercanos a determinada patología social todavía por definir.

Mi condición de curioso me lleva curiosear sobre algunas cosas curiosas que suceden a mi alrededor en esta curiosa vida, siendo la política y los políticos una de las curiosidades que más han llamado mi curiosidad.

Es por eso que me resulta curioso contemplar diariamente un milagro no descrito en los evangelios, que va más allá de la transfiguración del Señor en el monte Tabor. Se trata de un milagro social que excita sobremanera mi curiosidad, alentando el deseo de averiguar algo que aparentemente no me concierne, cuando en realidad llega en ocasiones a determinar mi vida y la de todos mis vecinos.

¿Cómo es posible que el milagro de las urnas no haya sido todavía reconocido por las iglesias cristianas, aunque Marcos, Mateo, Lucas y Juan se olvidarán de incluirlo entre los portentos realizados por el Maestro? Es más, ¿por qué la católica Iglesia no santifica a los protagonistas del milagro que voy a referirles?

Resulta, pues, que el amigo Peñarroya, ese que tenemos todos, ¿no lo recordáis? Sí, hombre, el tonto de la clase que nos hizo reír con sus salidas de pata de banco. El que pillaban copiando siempre que lo intentaba. El bufón adolescente de las niñas. El que aprobaba por la insoportable presión que ejercían los padres. Aquel que no era capaz de hacer una O con un canuto. El mismo que no entendía explicación alguna en la Universidad. El que terminó la carrera cuatro años después que todos nosotros. Aquel que no encontró trabajo ni de pastor. Ese.

Pues éste parásito gandul, un buen día recibió la visita del espíritu político en forma de palomo-colega que le dio un codazo en la barra del bar haciéndole flotar sobre la realidad, al tiempo que le proponía caminar por la vida con el carnet de un partido político entre los dientes, un reclinatorio en las manos y el tronco inclinado.

Con estos méritos, el imbécil de Peñarroya acabó en una lista electoral, fue elegido por el «pueblo soberano» y se produjo el gran milagro de la transfiguración política del cuadrúpedo, pasando de ignorante esférico a sabio renacentista.

Se puso corbata, metióse en un traje, engoló la voz, alzó la testuz, comenzó a opinar sobre aquello que ignoraba, impartió consejos, fue admirado, recibió aplausos su torpeza, propuso leyes, multiplicó su patrimonio muy por encima de quienes le tomaban el pelo en la escuela, Instituto y Universidad, recibió honores en palcos de teatros, dio trabajo a toda su familia y, lo que es peor, tuvo un inmerecido poder sobre la vida de los demás.

Finalmente, resolvió eternamente su vida – no su vida eterna – entre el aplauso de la multitud que le vitoreaba por la calle, pasando a la historia de este país como una de los próceres que levantó la patria, cuando lo único que elevó fue su patrimonio y la vergüenza colectiva de quienes sufrieron sus desatinos.