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11 – S

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Atentado-a-las-torres-gemelas

Hace hoy catorce años que el yihadismo de Al Qaeda hizo temblar al mundo, horrorizó al sentido común, alentó el peor instinto de venganza en los sobrinos del Tío Sam y paralizó las conexiones neuronales de la raza humana, viendo estrellarse dos aviones suicidas contra los rascaleches de Miguel Hernández y otro contra el edificio pentagonal desde cuyos despachos se envían soldados al matadero.

En el atentado murieron 3.000 personas inocentes que nada tenían que ver con las reivindicaciones terroristas y otras 6.000 quedaron heridas sin culpa alguna de las quejas expresadas por los suicidas antes de emprender el inexistente viaje al encuentro con Alá, en las cajas mortuorias que estrellaron contra las presuntuosas torres gemelas.

Algo de terrorífico tiene el terrorismo que lo hace detestable, por mucho que los terroristas pretendan justificar el terror que infunden con sus acciones terroristas.

Algo de injusto tiene el terrorismo llevándose por delante la vida inocentes o mutilándolos, para que los matarifes pongan muertos y heridos en las mesas de negociación.

Algo de irracional tiene el terrorismo cuando el fanatismo y la incultura se apodera de la voluntad de los pistoleros, artificieros y bombas humanas para sembrar el terror.

Pero, también, algo de invencible tiene el terrorismo cuando lo practican suicidas que se consideran mártires que pasarán a la historia o irán directos a virtuales paraísos, existentes solamente en las mentes de quienes se inmolan pensando en la felicidad eterna.

CHILE, 11 DE SEPTIEMBRE

CHILE, 11 DE SEPTIEMBRE

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Hoy, 11 de septiembre, cuando todas las portadas de periódicos, emisoras de radio y antenas de televisión difunden el recuerdo de los aviones suicidas que derribaron las torres gemelas, yo prefiero mirar al sur y evocar la barbarie que desataron a tiro limpio Pinochet y sus pinochotes en el chileno Palacio de la Moneda, con ayuda del norte, el mismo 11 de septiembre, pero de 1973.

A las 7:40 de la mañana de aquel nefasto día, llegaba Pinochet al Comando de Telecomunicaciones del Ejército en el Ministerio de Defensa, donde le esperaba Patricio Carvajal, jefe del Estado Mayor y coordinador del asalto a la sede de la presidencia republicana, donde el legítimo mandatario socialista Salvador Allende acabaría pegándose un tiro en la frente, para robarle ese placer a los rebeldes.

Hace hoy 38 años que las espuelas militares se clavaron en el alma de los chilenos, sin que aún sepamos el número de muertos y desaparecidos habidos durante los diecisiete años de dictadura, ni tengamos noticias claras de los atropellos, robos y torturas infringidas a inocentes ciudadanos por los autores de la salvajada, que hoy pasean indolentes por las calles de Santiago y Valparaíso, sin haber pagado un céntimo por sus matanzas.

Fueron horas de enfrentamientos armados entre los chilenos leales al régimen y los sublevados, hasta que los cañonazos y las bombas sobre el Palacio de la Moneda, ahogaron toda esperanza y el fusil AK-47 dijo su última palabra, antes que los sediciosos se juramentaran en la Escuela Militar.

De forma tan brutal se aniquiló la voluntad del pueblo que había llevado por primera vez a un veterano socialista a la presidencia del país, convirtiéndose en un enemigo demasiado cercano, duro y pesado para el capitalismo norteño, al pretender saldar de un plumazo la deuda social.

Aniversario de un sangriento golpe de Estado sufrido por un país que todavía espera alguna explicación de la CIA, la redención de sus muertos y el empeño de la justicia. Aniversario eclipsado por la propaganda occidental, ocupada el regenerar el espíritu americano con el apoyo de todos los países del norte.