HONGOS EN LA ROSA

HONGOS EN LA ROSA

El desarrollo de la rosa depende de la tierra donde se asiente y de los cuidados que reciba. No es lo mismo mantenerla a oscuras con las ventanas cerradas, donde no sobrevive, que airearla al sol para que aromatice instituciones y despachos, donde goza de diferente salud, según la mano que la sostenga o la solapa que la luzca, porque no todo es fragancia y lozanía en esta delicada flor.

Sufre la rosa enfermedades que le afectan sobremanera, producidas por hongos de diferente condición, conocidos vulgarmente como hongolíticos, que son los responsables del 98 % de las enfermedades que padece. Por citar un ejemplo, ahí está la gravísima botritis, producida por viejos hongos de color decolorado, que fueron rojos en un principio. Tibios como el vino tinto, pero muy resistentes a los cambios de temperatura e inmunes a los fungicidas. Además, les sobra fuerza para afincarse en el capullo de la rosa, resistiendo bien los cortes de las navajas albaceteñas que se han llevado por delante otros hongolíticos menos dañinos que ellos.

Otras enfermedades de esta flor se manifiestan con manchas negras en las petaloquetas debido al sectarismo. Y no faltan casos en que el silloneo de unos pocos provoca agujeros espaciales internos por donde el hongolítico absorbe los elementos que pretenden librarse de él.

La proliferación de espejos en el tallo les impide ver los errores propios, ocasionando la pudrición del capullo. Situación que sólo puede evitarse retirando con urgencia los pétalos afectados, aunque éstos se mantengan enraizados con garfios al hongolítico central que los sustenta, rodeado por núcleos celulares protectores, que, a su vez, éste protege. Además, suelen ser resistentes a los fungilíticos habituales porque las electobacterias son impenetrables a la coraza que protege su himenio.

Tales hongolíticos son como herejes que corrompen el rosal desde dentro obstruyendo sus conductos libertarios, mientras aparentan salvar la planta de mayores males. Secretan influencia a través de sus glándulas digitales y suelen hipotecar voluntades facilitando a los hospederos la digestión política de sus beneficios. Es decir, se alimentan osmolíticamente, absorbiendo nutrientes materiales allí donde pueden chupar sin ser vistos. Bienes que luego disuelven en un líquido seroso indetectable, sin que nadie se entere, porque son eficaces descomponedores primarios de las rosas y difíciles de ver en superficie, con el veneno siempre dispuesto a inocularlo en las yugulares de los disidentes.

Llegados a este punto, ya sólo cabe la poda radical de la planta para salvar de la enfermedad al rosal entero, cortando por lo sano el tallo e injertando nuevos esquejes o replantando un nuevo rosal que dé capullos sanos, para que todo el que quiera pueda llevárselos a casa, sin la vergüenza de que las visitas se mofen por decorar la casa con rosas mustias. La única precaución que se debe tomar es no fertilizar la nueva planta con estiércol procedente del rosal podado, para evitar contagios.

También se debe favorecer la circulación de aire fresco que renueve el ambiente llevándose los malos humos que tanto contaminan; y un buen drenaje en el suelo para que el agua de riego se lleve los posibles hongolíticos que aparezcan como herederos del primigenio ya eliminado. ¡Ah!, y mucho cuidado con las heladas porque las bajas temperaturas pueden mantener en estado de hibernación los pétalos enfermos, para resucitar cualquier día con ánimo de seguir contaminando los nuevos rosales.

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