AGONÍA CUARESMAL DE DON MIGUEL

AGONÍA CUARESMAL DE DON MIGUEL

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No fue Unamuno quien puso el título de Diario Íntimo a las anotaciones espontáneas que fue anotando en cuatro modestos cuadernillos escolares de hule negro, sino la editorial Escelicer que publicó los “nimbos” unamunianos en 1970, tras ser descubiertos por Armando Zubizarreta en 1957.

Sobre ellos estuvimos ayer dos horas reflexionando en la fría Sala Capitular del salmantino convento dominico de San Esteban, recordando las angustias espirituales pasadas por Unamuno en aquel espacio hace 118 años, cuando una crisis religiosa lo dejó abandonado y dolorido al pairo de la vida.

Crisis existencial provocada por el sentimiento de culpabilidad ante la enfermedad irreversible de su hijo, su decepción con el partido socialista salmantino y el ansia de nacimiento de un hombre nuevo en el marco del regeneracionismo y las convulsiones de la crisis finisecular.

Del convento dominico pasó Unamuno al oratorio alcalaíno de San Felipe Neri junto a su amigo y antiguo confesor en los “luises” bilbaínos, Juan José Lecanda, el Viernes de Dolores 9 de abril de 1897, donde permaneció toda la Semana Santa ejercitando el espíritu y escribiendo el primer cuadernillo, antes de retornar a Salamanca diez días después con la agitación en el alma, para concluir dos más tarde su Diario Íntimo.

Reflexiones apresuradas que con el paso de los años alcanzarían la mayoría de edad en dos extensos ensayos capitales, compendio del pensamiento filosófico del eterno agónico que pasó la vida luchando contra el misterio, venciendo la muerte pero sucumbiendo ante el horror a la nada que acecha tras la frontera.

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