TROITIÑO

TROITIÑO

La detención en Londres del etarra palentino Antonio Troitiño ha traído a mi memoria el más doloroso recuerdo de cuantos atentados ha realizado la banda en toda su historia, por encima de Hipercor, incluso.

Podría deberse tanto dolor al lugar donde se produjeron los asesinatos: la madrileña plaza de la República Dominicana, por donde tantas veces paseó mi primera juventud; o a los doce guardias civiles muertos, tan cercanos a mí. Pero no es sólo eso.

La explosión del coche bomba, traicionero y cobarde, escabechó en sangre a más de cincuenta personas, y en medio de la conmoción humana la pandilla celebraba el éxito caminando en sentido contrario a las sirenas que acudían impotentes a un rescate imposible, porque la pólvora de la sinrazón había hecho a la perfección su macabro trabajo.

Cuando supe que tras la matanza se reunieron los matarifes en el supermercado de El Corte Inglés de la calle Fernández Villaverde para darse un festín, sentí un asco nauseabundo al comprobar que sus estómagos estaban hechos a prueba de bomba y sus cerebros vacíos de neuronas.

Estas carencias permitieron a los matarifes llenar la andorga tras la matanza como si de una montería se tratara, donde inocentes antílopes con tricornio pagaron con su vida el capricho de ociosos verdugos sin conciencia.

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