DESDE ESPINHO

DESDE ESPINHO

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Amanece el día en Espinho con sosegada calma, ondulando gotas salobres de resaca nocturna, acallada por olas que se mecen en la playa acariciando reflejos de luces irisadas sobre la patena azul del océano, dando tiempo a las aves para recrear sus alas en el horizonte atlántico que separa cielo y mar.

Los puntos cardinales de esta ciudad portuguesa son cinco freguesías de nuestras feligresías, que dividen el municipio donde ahora duermen sus diez mil habitantes, esperando la apertura de las olas para surfear y degustar pescado en las terrazas protegidas del incansable poniente.

El primer swing que un golfista hizo en la península ibérica fue sobre la verde pradera del campo donde el jubilado que ahora despierta comienza una jornada más de merecido ocio, acogido por brazos amigos que hacen posible la sonrisa en medio de la pobreza que no se oculta a la vista del privilegiado turista que se alberga en las pousadas.

Por las calles de Espinho paseó Unamuno a comienzos del pasado siglo, durante los veranos que tomó en su playa baños de sol y sufrió golpes de calor, hasta que le llegó la inesperada noticia de la muerte de su madre, forzándole a dejar su reposo y partir hacia Bilbao para despedirla al borde luctuoso del responso funerario.

Buscando las huellas de su amistad con el médico Laranjeira he llegado a este pueblo costero y de él me llevo testimonios y documentos inéditos que un día verán la luz en páginas de un libro, conformándome hoy con seguir sus pisadas, porque la inmovilidad del océano, la quietud del cielo y la eterna brisa marina me ayudarán a soñar su paradero.

Un comentario en «DESDE ESPINHO»

  1. Paco: Al fin conseguí entrar en tu página. Debo decirte que me ha encantado este artículo, porque yo también soy una enamorada de Portugal y de Unamuno. Un saludo.

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