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Mes: enero 2017

ESO, INSTINTO BÁSICO

ESO, INSTINTO BÁSICO

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Poco esfuerzo mental se necesita para comprender que los instintos son pautas de comportamiento que, en los animales, contribuyen a la conservación de la vida del individuo, aunque este juego de palabras que los académicos se han sacado de la manga no aclare a qué se refieren los sabios que han llegado a tal definición sobre aquello que determina el comportamiento humano.

Sobrevivir y reproducirse, es decir, comer y copular, son las dos funciones instintivas básicas que realiza el ser humano siempre que puede, porque en ellas se fundamenta la perduración personal y de la especie, produciendo ambas acciones indescriptible placer a las personas que las practican.

El irracional, antihumano, contranatural y conculcado voto de castidad impuesto a religiosos, religiosas y laicos votivos es, además, contrario al mandato divino de “creced y multiplicaos” y al deseo de Jesús que eligió al casado San Pedro como apóstol cabecera (Mc. 1, 29-31), demostrando la experiencia que puede más el instinto de reproducción en muchos clérigos y monjas, que las normas religiosas y los mandatos eclesiásticos.

El gozoso afán de los humanos por practicar el sexo, pocas veces se ejerce con intención de reproducir la especie, sino de obtener el gratificante goce carnal que produce, al que los seres racionales nos entregamos con oficio y gusto en todo tiempo, para diferenciarnos de los irracionales que solo practican el coito en época de celo.

SEGUNDA OPORTUNIDAD

SEGUNDA OPORTUNIDAD

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La madurez despierta con experiencia ignorada en juventud dormida, cuando se desconoce la fugacidad de la vida que se lleva por delante la historia personal, considerada interminable en años de turbulencia, inseguridad, valentía inconsciente, fantasmas imaginarios y estraperlo sexual.

Todo ello concluye en la madurez, dándonos oportunidad de reacción ante lo indeseable y permitiendo rectificar los errores cometidos, volteando la hoja para ver la cara oculta de la vida y emprender otro camino diferente al recorrido con tropezones.

La madurez permite aplicar todo lo aprendido en las década vividas, evitando arrepentimientos por repetición de actitudes que llevaron a insatisfacciones personales, quebrantos sociales o disgustos familiares, consecuencia de la inexperiencia vital en años de verdores existenciales.

El aprendizaje de vida es cultura intransferible, adquirida en lucha constante por satisfacer el deseo inalcanzable de supervivencia más allá de lo inevitable, ilustrada con imágenes de una realidad irrecuperable que ha de servirnos como punto de arranque y fuerza para vencer el desvalimiento y la incertidumbre en la irredimible certeza del insomnio, cumpliendo sueños para ganar el futuro.

SERES NUMERALES

SERES NUMERALES

Para resolver una reclamación comercial me pidieron ayer el número de identificación nacional, confirmándome una vez más que hemos perdido nuestra identidad personal en una sociedad que nos ha transformado en dígitos despersonalizados para facilitar la suma de papeletas electorales, la resta de derechos humanos, la multiplicación de obligaciones y la división de opiniones.

Al parecer, el Gran Hermano no quiere que seamos animales racionales con genoma propio, ni realidades sustantivas independientes, ni primates con pensamiento lógico, ni seres vivos con identidad determinante o individuos singulares caracterizados por una personalidad insustituible. Pretende que seamos, sencillamente, números.

Dígitos que nos determinen, identifiquen y definan, despersonalizándonos hasta convertirnos en garabatos babilónicos, sin especificidad corporal ni rasgos propios desde el día que nacemos, cuando nos adjudican el primer número en el paritorio de la cuna hospitalaria, hasta otorgarnos el último número en la tumba de esta vida numérica.

Nos asignan un número de orden en el colegio, otro nos identifica como ciudadanos, la Agencia Tributaria nos tienen numerados y ocupan espacio en nuestra mente los números de las tarjetas bancarias, matrícula de coche y seguridad social, ya que estamos subsumidos en múltiples números diferentes para una misma identidad, dispuestos a convertir nuestro nombre en complemento decorativo de la existencia.

Tenemos números en los clubs sociales y deportivos; números de lectores en las bibliotecas; de suscriptores, en los periódicos; de investigadores en los archivos; de clientes, en los comercios; de pasaportes, en las fronteras; y de turno, en el supermercado, porque en las colas hemos sido todos los números.

POLÍTICOS Vs. POLITIQUEROS

POLÍTICOS Vs. POLITIQUEROS

Política viene del vocablo griego “polis”, ciudad, derivando del término “Politeia”, teoría referida al ordenamiento de la ciudad, es decir, al compromiso que adquieren los vecinos que gobiernan la vida de a los demás, de ejercer el poder honradamente a favor de quienes les han votado.

Hoy más que nunca, necesitamos políticos de raza, vocacionales y honrados en su estricto sentido, como personas dedicadas a trabajar generosamente en favor de la sociedad, diferenciándolos de politiqueros y electoreros, interesados en llegar al poder para ejercerlo en su propio beneficio, sin importarle el camino a seguir para conseguirlo.

Urge un rearme ético social, capitaneado por las fuerzas políticas, si queremos salir del fango en el que nos han metido la pandilla de oportunistas y trileros que han hecho del más grande oficio que ejercerse puede, un gremio enviciado de espurios intereses, sobrada codicia, ilimitada soberbia y manifiesta incompetencia para la misión que tenían encomendada.

Partidismo, despotismo, cinismo y manganismo han sido las señas de identidad de muchos polítiqueros que han gobernado España en tiempos de bonanza, librándose de ello el minoritario grupo conformado por quienes han trabajado honradamente a favor de la comunidad, sin ocultar las fechorías que veían pasar por la puerta de sus despachos.

Compromiso político de gobierno ejercido por la minoría que ha trabajado honradamente para mejorar la sociedad, poniendo la ética como norte de conducta en la tarea de gobierno, pretendiendo solamente la honrada administración de los bienes que pertenecen al pueblo y desterrando a las tinieblas a los politiqueros que han desprestigiado tan noble oficio.