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Año: 2012

¡ MIERDAS Y MARICONES !

¡ MIERDAS Y MARICONES !

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¡Cómo  está el patio, señores! Hace unos días fue el “bigotes” y hoy es el Marqués de Olivara, más conocido por el “puñoleche de Boyer”, el que se despacha a placer con los jueces llamándoles “mierdas” y maricones”. Ya sé que habla metafóricamente porque los jueces no son excrementos ni todos practican una sexualidad condenada por báculos y tiaras.

Abierta impunemente la veda, el marido de Teresa ha disparado a discreción contra todo lo que se mueve en la judicatura, sin darse cuenta que las balas pueden rebotar y darle en su enajenada cabeza para acabar con la neurona que le queda a este “defensor de los obreros”.

Nunca he aceptado las descalificaciones indiscriminadas, en las que reciben iguales insultos, “caínes” y “abeles”; justos y pecadores; autónomos y serviles; cínicos y veraces. Pero menos voy a aceptarlas en este caso porque la realidad que conozco en bien distinta.

Me precio de tener amigos magistrados en activo y otros ya jubilados, comprometiéndome a salvarlos de la mierda que se está echando sobre los que ponen el carnet de un partido en la balanza de la justicia, sin darse cuenta que tal peso desequilibra un fiel que debe mantenerse inalterable a los vaivenes politiqueros.

Damián, Julio, Clara, José Ramón, Andrés y Carlos son algunos ejemplos de jueces en los que pongo mi confianza en su honradez, profesionalidad, discreción, prudencia y sabiduría. Jueces dedicados a su oficio con una entrega incondicional, generosa, litúrgica, sacrificada, eficaz, honesta y silenciosa. Y junto a ellos, la mayoría que conforma el escalafón judicial.

Jueces que enaltecen la profesión, generan confianza en los ciudadanos, arriesgan la piel en las sentencias, respetan a los encausados, protegen a los testigos, consuelan a las víctimas y agradecen cada día el trabajo y la lealtad de sus colaboradores.

Jueces sin celos por la mayor notoriedad de otros magistrados, que se enorgullecen con las buenas actuaciones de los colegas que prestigian la judicatura. Jueces comprometidos con la verdad por encima de cualquier componenda. Jueces que no buscan protagonismo fuera de los tribunales que presiden.

Jueces con humildad para reconocer errores cometidos y sabiduría para enmendarlos. Carentes de envidias que degradan y no producen otro beneficio que la putrefacción del espíritu. Jueces democráticos, no políticos en el ejercicio profesional, sabedores que la justicia es una delicada flor que debe aromatizar el Estado de derecho, evitando que el nauseabundo olor de la corrupción política se esparza por la sociedad.

Jueces de carne y hueso, entrañablemente familiares, humanistas, solidarios y humanos, profundamente humanos, que no merecen los calificativos de un abejorro como Ruiz Mateos, a quienes ofrezco mi respeto, amistad y cariño, un día como hoy.

SARCASMO JUDICIAL

SARCASMO JUDICIAL

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No encuentro mejor palabra que sarcasmo para definir la situación que está pasando el juez Baltasar Garzón con los procesos judiciales en curso, que pueden otorgarle el detestable honor de ser el primer condenado por el caso Gürtel y la última víctima del franquismo. Tiene gracia.

Podrá parecer bien o mal el juego político seguido por el magistrado subiéndose al segundo peldaño de la escalinata socialista. Desagradará a muchos su protagonismo y afán de notoriedad.  Celará su estrellato a otros. Molestará la prepotencia de sus gestos aunque él se declare tímido enfermizo. Vale. Pero acusar al juez Garzón de prevaricación, es decir, de dictar a sabiendas una resolución injusta, me parece un sarcasmo.

Puedo aceptar incluso que se equivocara en su trabajo y mereciera una amonestación o la anulación de sus actuaciones por parte del CGPJ, pero acusarle de prevaricación me parece una burla sangrienta a la justicia, a la ley, a toda la escala judicial, a la población y al propio magistrado.

La mordacidad con que se está maltratando de palabra, obra y omisión a este asesor del Tribunal Penal Internacional, Consultor de la OEA y miembro del Comité de Prevención de la Tortura del Consejo de Europa, desconcierta incluso a los amigos hispanófilos de diferentes nacionalidades, que me preguntan por el caso, diciéndome que no entienden nada.

¿Cómo explicarles las acusaciones a un juez por ordenar escuchas telefónicas entre abogados y encausados en el putrefacto caso Gürtel argumentando que  laminaba el derecho de defensa, cuando se pretendía evitar el blanqueo de 20 millones de euros, que el propio fiscal aprueba pidiendo la absolución del acusado?

¿Cómo explicarles que está siendo enjuiciado el magistrado Garzón por pretender esclarecer el origen y causas de las muertes habidas durante la  guerra civil y el posterior franquismo, calificando el fiscal de insólito el procesamiento, pidiendo la anulación del juicio y la absolución inmediata del encausado?

¿Cómo explicarles que el juez Garzón puede ser condenado por archivar una causa a partir del informe previo positivo del fiscal y la confirmación posterior de la Sala Penal de la Audiencia?

¿Cómo explicarle a estos amigos la corrosiva persecución político-judicial que está sufriendo el primer luchador contra el narcotráfico, el liquidador de los GAL, la mano de hierro con el terrorismo y el acusador de varios criminales contra la Humanidad?

¿Cómo explicarles que quien fue diputado nacional, delegado del Gobierno en el Plan Nacional sobre Drogas, Doctor Honoris Causa por veintiuna universidades, y ganador de los premios Christa Leem, Luis Tilve, Brigada Abraham Lincoln, Fundación Puffin, Azucena Villaflor, Valores, Pozo Fortuna, etc., sea un chorizo que burla la justicia y actúa al margen de ella?

¿Cómo explicar a los amigos extranjeros el sabor acre que todo lo que está sucediéndole al juez Garzón me deja en el paladar, viendo rodar por tierra treinta años de impecable carrera judicial y de compromiso con la justicia, simplemente porque los negros tentáculos de la política llegan hasta las togas judiciales ennegreciendo sus puñetas?

¿Cómo evitar esta degradación del Estado democrático, el hachazo a la independencia del poder judicial y el espantoso ridículo mundial que estamos haciendo, si hubiera bastado con anular las pruebas recogidas en las grabaciones o evitar el juicio oral como tantas veces han hecho las autoridades judiciales del Supremo?

GILIPOLLAS

GILIPOLLAS

Los nueve miembros del jurado que se encuentran ahora reunidos nos dirán si Pacocamps es inocente o culpable, pero lo que ya sabemos por boca de su «amiguito del alma» es que es gilipollas.  Pero no un gilipollas cualquiera, sino un gilipollas esférico, es decir, gilipollas por donde quiera que se le mire. No lo digo yo. Lo dice el “bigotes”. El mismo que le daba besos, le hacía regalos millonarios, comía en su casa, .… y terminó ofreciéndole “dos hostias”.

Según Alvarito, Pacocamps no es gilipollas porque vaya como don Gil Imón con sus dos hijas a todos los festejos madrileños donde como alcalde era invitado, popularizándose que Gil iba siempre con sus pollas, acabando por apocoparse en “Gil y pollas”.

No es eso, no. Lo que el “bigotes” ha querido decir es que Pacocamps es un lelo que se siente orgulloso de serlo; un tontolhaba que miente más que habla; un necio empedernido que saca la calva a refrescar por el cuello de la camisa almidonada.

Pacocamps duplica su gilipollez en el espejo donde pasa la vida, queriéndose con redundancia, adorándose a sí mismo, dándose besos en el trasero y creyéndose ser lo que no es, ni ha sido, ni volverá a ser, a poco que los valencianos hayan escuchado las conversaciones telefónicas con su amiguito conseguidor, que han sonrojado a la serpiente del paraíso.

La gilipollez denunciada por el corruptor Pérez nos hace pensar en un Pacocamps con ciertos delirios de grandeza, sin vergüenza alguna, rodeado de aduladores, con cemento en las mejillas, ausente de la realidad y sin sentido del ridículo.

La curación de tal grado de gilipollez no es fácil y pasa porque el motejador “bigotes” le aplique las hostias que le prometió, tantas veces como sea necesario. Además, las Trompas de Eustaquio del jurado popular no han de estar catalépticas y debemos confiar en que los valencianos hagan el resto.

BRASERO

BRASERO

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He merendado al calor del brasero en casa de Carmen y Agustín, el escultor salmantino más creativo y de mayor personalidad artística que tenemos entre nosotros, aunque él se sonroje y mire para otro lado.

Hacía años que no me sentaba a una camilla templada con un brasero bajo las cortinas de las faldillas, aunque la calidez procediera de una resistencia eléctrica y no de la combustión de cisco, como tantas veces hice para templar la  infancia.

Aquel brasero era hijo natural de la hoguera, nacida a campo abierto para entibiar a pastores, campesinos, cazadores y soldados. Las llamas imposibles en chozas y estancias, obligó a recoger las brasas de la hoguera en una cazuela o barreño para introducirlas en los hogares, dando así origen al brasero.

Calefactor de la pobreza a golpe de badila, era la forma más económica de ahuyentar el frío. Cálculos de la época afirmaban que una libra de carbón  hacía subir diez grados la temperatura de 10.799 metros cúbicos de aire, lo que significaba que una habitación de siete varas de largo, seis de ancho y cinco de alto, alcanzaba una temperatura superior en diez grados a la exterior, quemando solamente media libra de carbón por hora.

El brasero fue durante años punto de encuentro doméstico, lugar de obligada convivencia, espacio inevitable de diálogo y compañía amparadora a la luz de una vela o lamparilla. En torno al brasero se rezaba el rosario en familia, se escuchaba rutinariamente el “parte”, se acallaba el silbido del viento en la ventana,  se entretenían las horas con “el zorro, zorrito”, “Ama Rosa” y “Matilde, Perico y Periquín”, se aplaudían los goles de Matías Prat y se digería el cocido diario, sustento de una larguísima postguerra de hambre y estraperlo.

Hule limpio a golpe de estropajo y bayeta, antes de la partida de brisca, mientras la abuela remendaba calcetines con lentes de todo uso y leía el devocionario cada día como hábito heredado del tío sacerdote-relojero y curandero.

De aquellos años rescato el brasero, cobijo de sórdidas esperanzas inalcanzables, salvación de témpanos, protector de escarchas y consuelo de sabañones, a golpe de “firmas” y “escarbones” que dejaban “cabrillas” en las piernas femeninas, calenturas rojas semejantes a un rebaño de cabras.

La combustión incompleta nos hacía correr pasillo adelante al vaho helado de la calle, con el mareo en la cabeza, el dolor en la frente y el vómito en la garganta, intoxicados por indeseables “tufos”, que aparecían sin avisar.

….ISTAS

….ISTAS

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Existe un sufijo añadido a la raíz de adjetivos que expresa inclinación hacia el concepto señalado por la palabra raíz. De esta forma tenemos deport-istas, que viven para el deporte; tur-istas, que buscan amaneceres tras las fronteras; ecolog-istas, amantes de la naturaleza; ilusionistas, estilistas, humanistas… Y junto a ellos, periodistas moralmente sanos y otros éticamente enfermos; columnistas que aparentan saber de todo, aunque todo lo ignoren; progresistas ocupados, en su progreso; catequistas intentando catequizar lo incatequizable.

Marxistas despistados; sofistas de micrófono, púlpito y tribuna; pacifistas de escenario; abortistas exaltados; machistas medievales; descerebrados camorristas; provocadores belicistas; consumistas ingenuos; diputados transfuguistas; prestamistas a la caza del ignorante; capitalistas sin escrúpulos intentando regates con aficionados sindicalistas  ocasionales; pacíficos laicistas; beligerantes fundamentalistas; y toda la serie de oportunistas, chantajistas y estraperlistas.

Pero déjenme prevenirles contra el grupo de “istas” que anteponen a esta desinencia el apócope nominal de su padrino, es decir, de quien va a tirar de ellos para compartir poder, dinero, corrupción, engaños, trampas, fraudes, mentiras y …. banquetes, palcos, honores, privilegios, portadas, reverencias, servidumbre y otras cosas con las que ellos decoran su becerro.

Hablo de quienes dejan a un lado las ideas y la dignidad personal, para seguir al ídolo de barro que va a ponerles comida en el pesebre, y corren tras él como los perrillos detrás del hueso que les arroja su amo. Me refiero a los aznaristas, guerristas, juancarlistas, rajoistas, rubalcabistas y tantos otros de cuyos nombres tampoco vale la pena acordarse, palmeros del jefe que esperan meter la cuchara en la tarta a la primera de cambio.

Y no creáis que este grupo de istas es pequeño. Son miles, pero todos vulgares. Procaces arribistas capaces de quitarle un caramelo a un huérfano. Y que nadie piense que exagero porque los he visto muchas veces pasar la guadaña a medio metro del suelo con intención de decapitar a los que no se agachen a tiempo. Su falta de pensamiento propio hace que pasen sin dejar huella. Incluso algunos pierden su identidad porque el fulanismo envuelve la más profunda indiferencia cuando las urnas funden las líneas telefónicas.

«ES DE LA MONCLOA»

«ES DE LA MONCLOA»

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Se celebraba la mañana de ayer el ¿juicio? contra el magistrado Baltasar Garzón, cuando sonó el teléfono móvil de un ¡miembro del tribunal!, comentando el presidente don Joaquín Giménez a micrófono abierto a su compañero: “Es de la Moncloa”. Hizo luego un aspaviento de sorpresa y apagó el micrófono entre carcajadas. Bien por el magistrado.

Mal, quiero decir. No, mal no, muy mal, porque no es de recibo acudir con el teléfono abierto a un tribunal, cuando está prohibido hacerlo en salas de cine y conciertos, donde los timbrazos son motivo de amonestación al propietario del aparato. Por eso desconcierta nuestro sentido común que se permitan impunemente musiquillas durante la vista de un juicio, salvo que éste sea un acto frívolo, teatral o patéticamente cómico. ¿Lo es?

Muy mal, porque las risas del magistrado presidente ofenden al acusado, comprometen a los otros miembros del tribunal, incomodan a los abogados, enojan a los periodistas y mortifican al pueblo que no entiende ciertas cosas que pasan en la justicia, aunque no pueda decirse que ésta es un cachondeo porque se acaba a la sombra con el pijama a rayas sobre la piel.

 Muy mal, porque si es verdad que desde la Moncloa se llama directamente a un miembro del tribunal que está juzgando a quien hizo temblar los cimientos de Génova cuando el jefe supremo ocupaba la séptima planta, no estaríamos hablando de una democracia bananera, sino de un estercolero nacional en estado de putrefacción.

Y muy mal, porque si se trata de una broma del presidente Giménez en pleno juicio, es que este señor tiene poco juicio y carece de capacidad para juzgar siquiera la calidad de los chistes más burdos y groseros que pueda imaginar la mente de un desquiciado.

Humor del malo, si así fuera. Humor rancio, acre, con sabor a naftalina. Humor tan inoportuno como los chistes en un velatorio. Humor que merece la reprobación inmediata del Consejo General del Poder Judicial, si todavía le quedan fuerzas para enmendar el linchamiento jocoso a que está siendo sometido un juez que merece mayor respeto.

No cabe duda que las togas judiciales dan poder, mucho poder; pero poca, muy poca sabiduría.

DON MANUEL

DON MANUEL

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Recibo un correo de mi querida Sofía, amiga que abandonó su Galicia natal para dejarse la piel en Bolivia liberando de la miseria a los desfavorecidos hundidos en la pobreza. Me pide Sofi que dedique un artículo a la memoria de Manuel Fraga y voy a hacerlo, sabiendo que mis palabras van a decepcionarla, porque sé lo que piensa del personaje y los piropos que le dedica, como yo hice hasta los meses de su arrepentimiento.

Siempre he dicho lo que pienso sin esconderme y ahora tampoco voy a fingir la voz, aunque me lleve un arañazo por olvidarme de Grimau, de Ruano, de Montejurra , de las víctimas del franquismo y de los cinco obreros muertos en Vitoria cuando Fraga era responsable de la cartera de Gobernación.

Puse 788 páginas de un libro al servicio de los últimos años de la vida de Unamuno, por entender que en ellos se encontraba el verdadero Unamuno, el hombre sedimentado por la experiencia de vida después de muchos vaivenes, quehaceres, dudas, ilusiones, decepciones, errores, esperanzas, disgustos, dolores, sudores, pesares, aplausos y silbidos. Y eso voy a hacer con Manuel Fraga Iribarne.

Mi discrepancia ideológica con él me lleva a rechazar su posición política, pero mi vocación al esfuerzo me impide negar su singular capacidad de trabajo. Mi crítica a “hunos” y “hotros” siempre que han sometido los intereses comunes al bien propio, me acerca al hombre que nos pidió a todos tirar juntos del carro. Mi relación sincera con personas de izquierda y derecha me lleva a felicitar a Fraga en la presentación que hizo de Carrillo en el Club Siglo XXI, dándole a la derecha más rancia un ejemplo de convivencia que reforzó abrazando a Fidel Castro. Y su concepto del Estado convendría que fuera imitado por políticos de pacotilla y politiqueros.

Lo siento, Sofía, pero el último Fraga nada se parecía al “amo de la calle”, ni al enemigo del marxismo, ni al látigo del separatismo, ni al ciclón del insulto y el despotismo. Fue protagonista de las tres etapas más complejas de la moderna historia de España: el franquismo, la transición y la democracia. Intelectual venido a político que llegó a ser el político más intelectual. Franquista que reformó el franquismo desde dentro. Verdadero animal político, megaterio que pasó más de sesenta años dedicado a la vida pública, con tiempo para eliminar la censura previa y llenar el país de Paradores, impulsando nuestra mejor industria, sin llevarse ni un duro que no le perteneciese.

Observando a sus alevines, es obligado recordar a quien dijo “verdades sin condón”; a quien pidió ser recordado como «un hombre de bien»; a quien puso el mayor empeño en «unir y no desunir»; a quien un año antes de morir “pidió perdón a todos” por sus errores, complicidades y omisiones.