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Mes: mayo 2011

CENSURA PERIODÍSTICA

CENSURA PERIODÍSTICA

Comprendo la indignación de un amigo y hago mía su condena, porque alguien ha metido la tijera en su artículo, recortándonos la pluma a todos los que vertemos libremente opiniones en diferentes periódicos y foros, como es el caso de estas cartas abiertas que cuelgo cada día en el blog. Aprovecho la ocasión que me brinda Juan para denunciar la autocensura que imponen ciertos periódicos a los colaboradores que sostienen opiniones contrarias a la línea política dictada por los amos de la empresa.

El ejercicio de la libertad de opinión ante una realidad tan prismática como la que estamos viviendo, exige poder decir en voz alta lo que cada uno piensa, aunque la minoría que detenta el poder no quiera oírla ni lo permita, queriendo poner puertas al mar, en un vano intento de rechazar que la raza humana carece de pensamiento único por mucho que a algunos les perturben las reflexiones de otros. Las diferentes concepciones de la realidad hacen imposible la existencia de una sola idea, de una opinión unánime, de un Dios exclusivo y de una opción política única.

Los guardianes de la moral y de sus intereses, pretenden neutralizar la discrepancia con censura, sin admitir la reprobación de quienes no piensan como ellos, porque al poder le sobra todo lo que no sea dominio y cuelga del vacío al crítico, con el apoyo del padre Astete que olvidó añadir la tolerancia en su catecismo, como virtud cardinal.

Este lapsus doctrinal ha sido aprovechado por los censores – depositarios de la verdad de su amo – para imponer a los demás las convicciones del jefe. Pero se olvidan de algo tan simple como que nadie tiene derecho a prohibir a los demás lo que considera que los demás no tienen derecho a prohibirle a él. Esto es tan obvio, como incuestionable es que la libertad de cada uno sólo tiene como límites la libertad ajena. Si lo que se dice o se escribe no gusta, basta con cambiar de sintonía o de página.

Tradicionalmente, el Censor Mayor ha sido siempre el poder – tanto político como religioso – que ha tenido como cómplice a la oligarquía económica y empresarial para velar por sus propios beneficios protegiendo los intereses comunes a tijeretazo limpio. Pero el caso de mi querido Juan es diferente porque el mutilador del artículo ha sido quien tiene más obligación de defender la libertad de expresión: un periodista.

Por eso comprendo su malestar. Nada hay más patético que ver a un profesional de la información paseándose por la redacción con la tijera de la mano, ni existe pluriempleo más penoso que el de periodista censor. Pero no busquemos explicaciones lógicas a un comportamiento tan contradictorio, porque nadie va a comprender que se nombre jefe de bomberos a un pirómano.

Ese periocensor tienen poco que ver con el oficio periodístico y menos aún con la mayoría de sus hipotéticos colegas. Para redimirlo, recomendemos al censor la lectura de los nueve principios básicos en los que Bill Kovach y Tom Rosenstiel fundamentan la profesión periodística, especialmente el sexto, que habla de otorgar tribuna a las críticas públicas.

Como decía la señora Graham, dueña del Post, un diario es una empresa mercantil pero también un órgano de opinión pública cuya primera obligación es servir a los ciudadanos. Con este pensamiento convirtió Watergate en un mito del periodismo mundial porque los medios de comunicación vencieron al poder político. Hoy, el intocable Woodward, sigue siendo el periodista más respetado y apreciado de su ciudad por ser un reconocido insumiso gastronómico que ha mantenido intacto su esqueleto a pesar de los intentos que ha hecho el poder por astillar su libertad de opinión.

 

LADRONES LITERARIOS

LADRONES LITERARIOS

Invito desde aquí a todos los lectores de este blog a participar en una huelga de ojos caídos contra los ladrones literarios que representan una epidemia inmune a toda vacuna intelectual.

Estos ladrolarios han existido siempre sin que nadie les haya puesto freno. Por eso en mi país han proliferado últimamente muchos escritoroides que practican impunemente el detestable oficio de adjudicarse textos escritos por otros.

Son personajillos grisáceos que abarcan todo el espectro social, desde meretrices hasta sabihondos desorientados. Pasando por artistas de bisutería; cantantes de inodoro; empresarios de la nada; periodistas de cuadrilla; profesores infiltrados; políticos multicolores; improvisados telebasureros; oportunistas, caraduras, escribas y fariseos.

Estos mediocres pretenden alcanzar fama literaria atajando por lodazales, sin darse cuenta que la mierda siempre acaba saliendo a flote por mucho que quieran esconderla en su cínica procacidad. El descaro de tales impostores convierte la anécdota en provocación.

Se han disfrazado de escritores para acceder al templo de la sabiduría y ahora están escondidos tras las columnas, porque los verdaderos sacerdotes no les han hecho el sitio que reclamaban para ellos los empresarios mediáticos del “todo a cien” que descatalogan obras de Shakespeare, en beneficio de los basura-sellers. Timan al pueblo, pero no a quienes se han dejado las pestañas dignificando la creación literaria. Entre los pontífices nunca tendrán cabida tales carteristas, porque los chupaeuros no encontrarán en ese mundo ninguna comprensión a su despreciable cleptomanía.

En cambio los saqueadores de ideas tiene su espacio entre los ciudadanos, porque a la sociedad le preocupan más los ladrones de gallinas que los rateros de ideas. Tal vez por eso los magistrados todavía no han encerrado a ninguno de estos mangantes, pues los compasivos jueces consideran bastante pena su frustración, y no quieren añadir más dolor a su falta de talento, aunque les echen una reprimenda en la sentencia por robar lo que pertenece a otros.

Don Manuel, – todo el mundo de pie – siendo ministro de desinformación, nos dijo sobre el Horizonte Español lo que ya nos habían anticipado dos años antes sus amigos Mora y Cárcer. Comprenderéis que con este ejemplo, Lucía Etxebarría no tuvo más remedio que nutrir su Estación de Invierno de referentes y tópicos literarios vendimiados en las colinas de don Antonio, queriéndonos hacer creer que tenían parcelas comunes de pensamiento. ¿Sabiáis que el mismísimo Camiliño estuvo sentado en el banquillo de los acusados con la Cruz de san Andrés en la mano, porque la Audiencia de Barcelona aceptó la querella por plagio presentada por Carmiña? No podía faltar es esta nómina de depredadores el inefable Zaplana, echando mano de la obra de Pujalte con su habitual caradura, para hablarnos del Acierto de España. Luis Alberto de Cuenca que fue Secretario de Estado de Cultura y Director de la Biblioteca Nacional con los populares, reconoció sin pudor que su libro La piratería clásica bebía abiertamente en el clásico de Gosse y tuvo la desfachatez de salpicar a todo el mundo afirmando que se trataba de una práctica habitual.

La desvergüenza con que estos estafadores pretenden justificar su fechoría, produce náuseas, porque desprecian burdamente la inteligencia de los demás. En unos casos, sacan de su corrupta chistera intelectualoide términos que no existen en el diccionario para calificar, por ejemplo, de intertextualidad, lo que es simple y llanamente un vergonzoso plagio, como hizo desde la Atenas de Pericles el señor Racionero, también director popular de nuestra Biblioteca Nacional. Más vulgar fue la periodista rosa, Ana Rosa, calificando de error informático el plagio de su “negro” y mostrando públicamente el Sabor a hiel que le dejó la trampa de su ex-cuñado. ¡Qué tiene bemoles sostenidos los pétalos de la Rosa y las elogiosas palabras de la expresidenta del gobierno en la presentación de semejante bodrio! O el caso del señor Attali, que echó balones fuera culpando de su plagio al editor por olvidarse entrecomillar el texto.

Estos cuatreros literarios son la expresión más gráfica de la impotencia creativa y en nada se parecen a los pacientes copistas medievales que reproducían manuscritos inservibles en el silencio cenobial de los escritorios monacales de Suso y Saint Galen. Tan deshonestos pícaros desconocen el valor de la dignidad porque sólo les interesa el negocio o el fraude en el currículo profesional, como le ocurre, por ejemplo, al hijo de un máximo responsable provincial de la política educativa popular, de cuyo nombre prefiero no acordarme. En este caso, por ejemplo, el padre ha transmitido en los genes a su descendiente este despreciable arte y el vástago ha publicado como autor, un libro de su progenitor. Eso sí, con otro título. El padre, profesor en la ciudad que no se dejó conquistar en una hora, ha saltado a la política; y su becado hijo será profesor universitario en la pequeña Roma, si nadie lo remedia. ¿Cómo lo veis?. Tal vez se trate de un autoplagio generacional inspirado en la Biblia, pues el propio Dios se plagió a sí mismo haciendo el hombre a su imagen y semejanza.

 

POCIÓN MÁGICA

POCIÓN MÁGICA

Quien esta página escribe no es especialmente aficionado a ver en una pradera urbana a veintidós jóvenes en pantalón corto corriendo detrás de una bola de aire, pugnando entre ellos por introducirla en un marco rectangular defendido por un arquero. Pero si el espectáculo promete interés y recreo, me acomodo con mi hijo y amigos delante de la pantalla, como hice ayer noche, para disfrutar del espectáculo, concluyendo que el vencedor de la contienda futbolística hizo trampas, porque jugó con ventaja.

La diferencia entre los jugadores del Barça y el resto de los futbolistas del mundo es que éstos necesitan tomar crematísticos estímulos externos para ganar los partidos que disputan, y Guardiólix y sus chicos van sobrados de un excitante más poderoso, porque todos ellos se cayeron de pequeños en la marmita de la Masiátrix, quedando saturados de una poción mágica que les durará para toda su vida deportiva y personal.

Pócima con cualidades despertaderas de valores desconocidos en los distintos adversarios que les disputan la victoria, por mucha que sea la fama de éstos. Potingue elaborado por druidas que habitan desde 1979 en una antigua residencia payesa construida en 1702, que infunde a los alevines un espíritu desconocido en todas las latitudes, complementario y más importante que las tácticas futboleras, estrategias de ataque, pizarras explicativas y talones en blanco.

El brebaje del que se intoxicaron de niños les hace invencibles no porque toquen el balón con maestría envidiable para el resto de los mortales, lo cual es verdad. Tampoco influye demasiado en su capacidad para hacerlo girar en el aire a su antojo. Ni interviene en la habilidad que tienen para enviarse el esférico unos a otros con precisión de tiralíneas. No. El secreto del bebedizo no afecta a tales destrezas externas, ni fortalece los músculos, ni aumenta la resistencia física de los intoxicados.

Lo que este bebistrajo le infunde es una disciplina personal y deportiva inquebrantable. Una lealtad a sus principios deportivos tácticos inviolable. Un amor al oficio que les hace convertir la competitividad en divertimento. Una visible amistad interna que les lleva a sacrificarse en la cancha por el compañero. Un muro de solidaridad infranqueable para los adversarios. Un espíritu de sacrificio envidiado por los trapenses de Venta de Baños. Una sincera humildad franciscana. Y una generosidad deportiva sin límites, para homenajear a sus aficionados.

Este es el secreto que ha empujado a los catalanoespañoles a la cumbre del fútbol mundial, mientras otros empresarios de este deporte buscan la solución en talones bancarios, carentes de valores que contrarresten el milagro de la cuna azulgrana, porque en los bancos y el merchandising no se encuentra el antídoto a la pócima mágica que inyectan a los aprendices en la Masía.

 

OMBUDSMAN

OMBUDSMAN

Ombudsman, o si se prefiere mejor, press ombudsman, que viene a ser algo así como defensor del lector,  es una curiosa figura cuya sombra se mueve por las redacciones de algunos periódicos, – sólo de algunos -, con la teórica función de garantizar los derechos de los lectores y responder a sus preguntas, quejas y propuestas sobre lo publicado en el rotativo donde sobrevive, controlando también que el tratamiento de la información que ofrezca el periódico cumpla las reglas básicas que satisfacen la ética periodística.

¡Qué bonito!

Pero no os hagáis ilusiones. Es una nueva pancarta con escasa incidencia real porque la mayoría de los periódicos no tienen en su nómina a tan incómodo personaje, y los que presumen de tenerlo lo subemplean en fingidas tareas secundarias para lavar la imagen de la cabecera, pagándole buenos honorarios por la escasa defensa que hace de los lectores, incumpliendo así la función para la que fue contratado.

Es decir, que un periódico, – tenga o no tenga ombudsman – puede manipular la información a su antojo, puede jugar con el honor de las personas, puede cuestionar la honra de ciudadanos concretos, puede mentir, subvertir argumentos o dar falsos datos en sus páginas, todo ello con la mayor impunidad y descaro, siempre que no caiga en el insulto personal o en acusaciones que afecten a los códigos jurídicos, en cuyo caso el querellante estará siempre a merced de los jueces, porque el espíritu de la ley es resbaladizo.

Así actúan algunos periódicos, reservándose, además, el derecho a silenciar la réplica del ciudadano golpeado en sus páginas, pudiendo continuar a palos con él en sucesivas entregas, hasta dejarlo completamente noqueado a los pies de la sociedad, ignorante de lo que sucede entre bastidores porque la información que desfavorece al medio va a la papelera, como hacía Goebels en sus mejores tiempos, impidiendo que en el interior se conocieran las opiniones adversas que llegaban del exterior. Ese maestro del marketing social supo bien promover odios y alejar a las masas de toda la realidad que no beneficiara al nazismo.

Esta situación que vulnera los más elementales códigos de la ética periodística, merece ser denunciada en voz alta, – aunque nadie nos oiga -, porque los ciudadanos estamos indefensos ante cualquier difamación pública, agresión desmedida, descalificación gratuita o ataque arbitrario a nuestro honor y buena fama, en ciertos medios que ocultan las réplicas y pervierten opiniones haciendo de ellas ronquidos que el fustigado nunca pronunció.

 

OPINIÓN VS. MANIPULACIÓN

OPINIÓN VS. MANIPULACIÓN

OPINIÓN  VERSUS MANIPULACIÓN

No traduzca el lector el término “versus” en su significado de barbarismo inglés como “confrontación”, sino en su sentido real de origen latino determinado por la traducción “hacia”, porque el camino al que se dirige en muchas ocasiones la opinión, es hacia la manipulación.

Opinar libremente es uno de los ejercicios que más claramente confirman el estado democrático, expresado en diferentes medios por todos conocidos, como este blog al que ahora, lector, prestas tu atención.

Es obvio que hay opiniones discrepantes y/o complementarias debidas a la propia naturaleza de tal acción, porque son los sujetos con sus diferencias propias  quienes dan versiones de un mismo hecho no siempre coincidentes, evidenciando que la objetividad absoluta es inalcanzable y la neutralidad completa imposible.

Cuántas veces ha ocurrido que al presenciar el mismo acontecimiento, las opiniones de los testigos son discrepantes por razones ociosas de exponer, ya que las personalidades, experiencias y conocimientos de los sujetos determinan las opiniones que éstos tengan sobre un hecho concreto, mereciendo todas ellas idéntico respeto, aunque no la misma estimación.

Pero en esta tierra de María Santísima que todos pisamos, las palabras de muchos pseudopinadores se está deslizando peligrosa e intencionadamente hacia la manipulación, con evidente peligro para las mentes cerradas e incondicionales dispuestas a digerir cuanto les llega de sesudos manipuladores vestidos de corbata, que reciben buenos honorarios por hacer tan detestable tarea.

Los manipuladores utilizan hábiles recursos, algunas veces arteros, en cualquier lugar donde es reclamada su presencia, y así llenan la andorga y alimentan su canut, bien sea en la tribuna política o en los ¿medios de comunicación? que promueven a quienes distorsionan la verdad al servicio de intereses particulares ajenos, y en beneficio de los propios.

Esto obliga a incluir en la asignatura Educación para la ciudadanía, un largo capítulo donde se enseñe a los jóvenes – futuros dirigentes sociales – como interpretar la información que reciben, porque hoy día saber leer un periódico, juzgar un programa de televisión, criticar un acto y descubrir las manipulaciones informativas que pretenden despersonalizarnos, es una de las exigencias más importantes que debemos imponernos en este tiempo.

Tener juicio propio es el camino para expulsar de las pantallas, periódicos y ondas a quienes perturban nuestra paz, insultan el entendimiento y ofenden la verdad por mucho que se empinen o se suban a un pedestal de barro para servir el interés de sus patronos y mejorar su cuenta corriente.

 

UN SORTEO IMPIDIÓ QUE UNAMUNO FUERA CONCEJAL

UN SORTEO IMPIDIÓ QUE UNAMUNO FUERA CONCEJAL

El empate a votos que se ha producido en diferentes localidades entre el Partido Popular y el PSOE, ha obligado a dirimir tan excepcional equilibrio de fuerzas con un sorteo, para decidir qué lista ocuparía la alcaldía. Tal situación obliga a bucear en hemerotecas del siglo XIX para sacar a la luz una exclusiva mundial, desconocida y merecedora de reflexión, en estos días previos a la constitución de los nuevos ayuntamientos.

El domingo 12 de mayo de 1895 los ciudadanos de Salamanca fueron a las urnas para elegir concejales del municipio, siendo más votados los que figuran en el primer recorte del periódico, donde puede verse la militancia política de cada uno de ellos, figurando Miguel de Unamuno como candidato al concejo por los socialistas. Noticia que fue publicada en el diario local “La Información”, correspondiente al lunes 13 de mayo:

Realizado el escrutinio de las papeletas, resultaron igualados a 173 votos el abogado conservador Sandalio Esteban y el catedrático socialista Miguel de Unamuno, por lo que tuvo que reunirse el consistorio el viernes 17 de mayo para decidir por sorteo quién de los dos ocuparía la concejalía, con el resultado que el mismo periódico publicó al día siguiente, anunciando que don Miguel de Unamuno quedaba fuera del Ayuntamiento salmantino.

Hasta aquí la noticia. Pero conviene reflexionar sobre un aspecto que puede haber pasado desapercibido a quienes no hayan leído atentamente la misma: los votos se daban a las personas concretas, no a listas cerradas elaboradas por los partidos. Es decir, que ya a finales del siglo XIX la población tenía satisfecha una de las aspiraciones que hoy parece imposible de lograr, aunque sean millones los ciudadanos que demandan listas abiertas, en las que se pueda votar a los candidatos individualmente para el Congreso y Concejo, y no a los partidos que cierran las listas, obligando a muchos con ello a rechazar una partitocracia que pudo ser afortunada en la transición, pero que hoy no convence a nadie.

 

LAICIDAD

LAICIDAD

LAICIDAD

Más de tres décadas como profesor me permiten confirmar el desgaste intelectual que supone explicar muchas veces cuestiones evidentes a quienes no desean entenderlas. Esfuerzos baldíos que caen en barbecho ante la falta de voluntad y entendederas de los oyentes, por elementales que sean los argumentos.

Esto ocurre con la laicidad desde finales del siglo XIX cuando se decidió que las diferentes iglesias y los estados debían respetarse mutuamente y no cruzar sus caminos, porque la libertad de conciencia personal no autorizaba la injerencia de normas o valores morales religiosos en asuntos que concernían a cada cual.

Debatir sobre laicismo – ya que curiosamente la Academia no permite hablar de laicidad – debía ser ocioso en una democracia por ser consustancial a ella. Concepto tan obvio y constitucional no merecería ni un segundo del tiempo que a todos ocupa en múltiples páginas humedecidas con ríos de tinta, en aclaraciones innecesarias, en resolver problemas inexistentes y en manifestaciones diarias por los rincones con exaltaciones de fervor religioso desmedidas, en esta España católica, apostólica y romana.

Incluso mentes despiertas que alcanzan cuestiones muchos más complejas, se niegan a comprender lo proclamado en el artículo 16.3 de nuestra Constitución, donde se establece que ninguna confesión religiosa tendrá carácter estatal. Algo que no tiene nada que ver con el anticlericalismo ni la condena de los valores religiosos, pero que va a la esencia misma del respeto que cada ciudadano merece, al optar por una ideología concreta.

El proceso de laicización es consecuencia legal y lógica de aplicar una doctrina que defiende la independencia del hombre, la sociedad y el Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa, sea ésta católica, protestante, musulmana, judía o budista.

Es decir, el laicismo no es una actitud antirreligiosa, ni mucho menos, sino todo lo contrario. Tampoco va contra religión alguna, ni creencia sostenida, porque sólo pretende dar trato igualitario a todos los credos, alejándolos de la institucionalidad oficial que en muchos casos se otorga a una religión concreta.

Laicizar es poner las cosas en su sitio, dando al César lo que a éste pertenece y a los dioses lo que a cada cual corresponde. No se trata de impedir prácticas religiosas, pero tampoco de imponerlas, porque las creencias personales son patrimonio individual y propiedad privada de cada cual, reservándose las personas el derecho de admisión en el ámbito de su intimidad ideológica.

Por eso, en un Estado laico como el nuestro que consagra en su Carta Magna la independencia religiosa, no es de recibo que los representantes del pueblo hagan ostentación pública de apoyo a una religión concreta con su presencia en actos donde a todos representan, ni que autoridad religiosa alguna intervenga en la gobernabilidad del Estado o interfiera en uno de sus tres poderes.

Un Estado laico debe proteger la libertad de religión, culto e increencia de cada ciudadano, porque los descreídos también tienen derecho a disfrutar de la secularización estatal. Algo que no ocurre en Estados constitucionalmente ateos, opuestos a toda creencia y práctica religiosa, o el los teocráticos, como extremos de la realidad. El Estado laico no prohíbe las manifestaciones públicas religiosas de los ciudadanos adscritos a cualquier religión, siempre que éstas no se institucionalicen.

Dicho esto, cualquier desfanatizado debería comprender que la jerarquía católica española no tiene licencia para moralizar desde la tribuna pública a la sociedad estableciendo límites entre el pecado prohibido y la gracia permitida, porque carecen de autorización legal para hacerlo, aunque se arroguen el derecho moral de predicar fuera del púlpito a quienes no son de su grey.