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POLÍTICO GABO

POLÍTICO GABO

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Quince meses hoy de la muerte de García Márquez es buen momento para recurrir al aristotélico “zóon politikon” recordando que Gabo fue un animal político en toda su extensión, desde la cuna colombiana hasta la tumba mexicana donde descansan, aunque su memoria se haya expandido desde la mítica tierra de Macondo al último rincón pisado por un terrícola.

Su compromiso político lo difundió en sus obras haciendo de ellas una autobiografía de pensamiento y compromiso social, porque «la política puede extenderse más allá o más acá de las instituciones propias del poder político», como podemos ver en la saga de los Buendía, donde no hay leyes prevotadas en parlamentos que regulen las relaciones sociales e institucionales que en la obra se ponen de manifiesto.

Su novela “La mala hora” refiere la dictadura del militar colombiano Rojas Pinilla, describiendo la represión en una zona rural cuyos vecinos luchan por una justicia y libertad que no llegan a lograr, donde los vencedores del bando conservador incomodan, provocan y agreden a los liberales.

El político inculto, violento y corrupto nos lo presenta en la dictadura encarnada por el anciano general Zacarías en “El otoño del patriarca”, que tenían que responderle la hora que él deseaba que fuera cuando preguntaba por ella, y no la marcada por el reloj.

El compromiso de Gabo con el socialismo no militante es evidente, entendido como sistema de progreso, libertad e igualdad, entre otras cosas porque se lo dijo él mismo a su amigo Plinio Apuleyo: “Quiero que el mundo sea socialista y creo que tarde o temprano lo será”, algo que no vio cumplido cuando murió.

ANTE LAS URNAS

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ANTE LAS URNAS

Acabo de “pillarlo”. Llevo más de treinta años “rayao” y acabo de entender por qué  muchos políticos permanecen eternamente en despachos oficiales, y otros tantos hacen cola en casas de reposo. Ha tenido que ser un amigo militante socialista quien me desvelara el misterio de la eterna permanencia en los cargos, de las ataduras a los sillones  y de las soldaduras a las llaves del poder.

Creía yo yo que los políticos se perpetuaban en los despachos guiados por una vocación de servicio a la comunidad sostenida en una generosidad sin límites. Pensaba que no abandonaban el poder por un exceso de responsabilidad para evitar que cayera en manos de ignorantes, alejados de partidos políticos regidos por juanes palomos que todo se lo guisan y comen solos.

Pero no, no era eso. He sabido que los políticos no se rebrincan ante un fracaso electoral por la frustración de no haber conseguido igualar en sus derechos a los vecinos, mejorar el bienestar social, ofrecer a todos las mismas posibilidades, y proteger a quienes más lo necesitan. No.

Según parece, los rebotes se deben a la pérdida del sueldazo, al abandono del sillón, a la disipación del poder, al desvanecimiento de privilegios y a la caducidad de los politonos oficiales. Vaya por Dios.

El estímulo a mi desencanto es que a partir de mañana cientos de políticos acudirán a las consultas psiquiátricas, y el quebranto de mi ánimo es que otros de similar condición ocuparán su lugar. Conozco azulados y rosáceos que hasta hoy han disfrutado de varios sueldos, diversos tronos y múltiples privilegios, bien a lomos de gaviotas o perfumados con pétalos de rosas descoloridas. ¡Joder, joder!

En tal situación ¿quién no saca los ojos al vecino, decapita al adversario y le rompe el corazón a codazos  a todo “compañero” que pretenda desplazarlo?

Algo hay que hacer, amigos, contra los vividores a costa del sudor ajeno, los embaucadores de voluntades, los charlatanes de feria y los sofistas de barrio. Algo hay que hacer, y los utópicos rebeldes del 15-M nos están dando una oportunidad que debemos aprovechar. No será tarea fácil porque el resultado electoral no afecta a los partitócratas, si permanecen en el trono, pues interpretarán los resultados a su antojo con tal de mantener la tajuela junto a la ubre para seguir ordeñando la vaca que todos alimentamos.

Debo confesar que un buen amigo lleva días tratando de convencerme para que me una a la lucidez de Saramago y vote en blanco, pero un irracional instinto me lleva por el camino contrario. Vísceras y cerebro pugnarán por controlar mi voto hasta la misma puerta del colegio electoral. Mi naturaleza de zoon politikon me conduce en una dirección, pero la decepción con los partidos y la forma que tienen de ofendernos, manteniendo en sus listas a quienes sólo buscan propio beneficio, empujará mi voto en sentido contrario.

¿Será esto así? No lo sé, pero quienes me conocen se sonríen….