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ENTRE TODOS ME HICIERON PARTE DE LO QUE SOY

ENTRE TODOS ME HICIERON PARTE DE LO QUE SOY

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He oído historias tan maravillosas como las narradas por el maestro poeta humano Hierro, forjadas en románticas luchas libertarias. Me han contado todos los cuentos imaginables y con ellos durmieron mi juventud, como le sucedió al quijotesco poeta de Tábara. Y me he asombrado con una hoja de hierba, – con una simple brizna de hierba -, como le sucedió a Whitman, cantándose a sí mismo frente al espejo.

Han lustrado mi ignorancia los consejos, sentencias y donaires del sabio Juan de Mairena. Tuve asombro de novedad primera frente a los rompientes de Isla Negra, con Pablo en el corazón. Bebí agua marina del Puerto con el poeta azul enamorado de la mar. Y me dejé arrullar por el quejido peludo y sedoso del rucio infantil que puso al moguereño en la historia universal.

Alimenté mi desnutrida esperanza con cebolla escarchada en dolor filial por un sensible cabrero de Orihuela. Me acostumbré a la incertidumbre agónica del poeta vasco-castellano afincado en Salamanca. Pregunté a Mario por la enseñanza del exilio y me respondió desde Montevideo. Fue Jorge Luis quien me enseñó la mirada intelectual de la ceguera. Y Gabriel me mostró el camino de los versos hacia el compromiso, para enterrar a los tiranos en el mar. Pero nunca penetré en el duende que el poeta de la vega granadina otorgó a los gitanos en su romancero.

Todo lo aprendido con ellos va conmigo lacrado en memoria eterna de imborrable recuerdo, que dejaré en manos de quienes me acompañaron en la vida, aunque solo recorrieran conmigo dos pasos y su sombra se extinguiera en el tiempo, sabiendo que ninguno de tales compañeros permitirá al olvido ocupar un espacio en el memorial que guarden de mi vida.

LORCA, ENTRE LOS MÍOS

LORCA, ENTRE LOS MÍOS

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Prefiero evocar la venida de Federico García Lorca al mundo un día como hoy de 1898, antes que recordar su trágica muerte a manos de la sinrazón treinta y ocho años después, cuando las chicharras aturdían los disparos entre olivos mudos por el estío abrasador y sanguinolento de los matarifes.

Ciento dieciséis años cumpliría hoy el escritor fuenterino que brilló con luz propia y se entregó al mundo con una donación de alma creativa que lo llevó a la inmortalidad sin pretenderlo, porque fueron bastante para él las teclas del piano familiar donde trotaron los cuatro muleros.

No soy del Lorca gitanero de los romances, ni del cante jondo, ni del llanto por un torero, ni de los sonetos de oscuro amor. Soy del Lorca que se hizo revolucionario poeta literario con el surrealismo en Nueva York, viendo a los negros del Harlem y paseando por el aceitoso Hudson abrazado a Cummings por un lado y por el otro a Whitman, con lenguaje metafórico y verso libre.

Tampoco asistí a sus bodas de sangre, ni conviví con Yerma, ni me hospedé en la casa de Bernarda Alba, ni luché con Mariana Pineda, porque entretuve todo mi tiempo hablando con El público, mientras tomaba con él surrealistas mojitos cubanos en 1930 por las tabernas, viéndole enjugar deseos homosexuales reprimidos en su tierra, aunque la obra no se estrenara hasta cincuenta y seis años después .

Soy del Lorca rompedor, heterodoxo, innovador, creativo y liberado de ataduras personales y literarias, impuestas por culturas populares enmohecidas, tendencias líricas clásicas y dramaturgias anquilosadas en moldes sin futuro, que solo creadores con talento lorquiano pueden superar.

LEÓN FELIPE

LEÓN FELIPE

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Descansaba la luz sobre el perfil incierto de Ciudad de México la tarde del 18 de septiembre de 1968, cuando León Felipe Camino dio su último suspiro, recordando los días que pasó en la sierra madrileña durante el mes de julio de 1936, gritando a los cabreros: “¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!”, sin que nadie le creyera. Pero el lobo llegó y devoró todas las cabras rojas que se encontró en el camino.

Farmacéutico, cómico, poeta, expresidiario, bohemio y quijotesco, voló León desde Guinea hasta las américas, para organizar la biblioteca de Veracruz, dar clases de literatura española en la Universidad de Cornell y traducir a Whitman, antes de volver al país azteca huyendo de la guerra civil española.

Romero quiso ser en la vida, y sólo romero fue, sin más oficio, sin más nombre y sin pueblo, pasando por todo una vez, una vez sólo y ligero, como pasó por la ventana de la posada alcarreña donde se hospedaba, aquella niña que iba a la escuela de tan mala gana, hasta que un día se puso mala, muy mala, y al día siguiente tocaron por ella, a muerto, las campanas,

No supo, León, muchas cosas, es verdad, por eso hablaba sólo de lo que veía. Y vio a lo largo de su vida que la cuna del hombre la mecían con cuentos, 
que los gritos de angustia del hombre los ahogaban con cuentos, 
que el llanto del hombre lo taponaban con cuentos, 
que los huesos del hombre los enterraban con cuentos, 
y que el miedo del hombre había inventado todos los cuentos.

Al partir desnudo hacia el exilio con motivo el golpe de Estado, legó a Franco la hacienda, la casa, el caballo y la pistola, llevándose la voz antigua de la tierra y la canción, para que el dictador quedara mudo y no pudiera recoger el trigo, alimentar el fuego,  saciar la sed y obtener perdón. Pero no fue así, porque las espigas encañaron, las llamas sometieron voluntades, las marchas militares devastaron las libertades y los embalses ahogaron sueños de libertad.