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HISTORIA DE AMOR

HISTORIA DE AMOR

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Con nombres ficticios de los personajes que conforman la historia real, recuerdo de nuevo la hermosa aventura de amor vivida por dos enamorados a quienes el azar ha vuelto a poner delante de mí sin previo aviso, haciendo vibrar íntimas fibras de mi diapasón afectivo con notas de color esperanzado.

Teresa y César viajaban en coche acompañados de la música preferida cuando el infortunio apuñaló una de las ruedas, y las sucesivas vueltas del vehículo enrejaron a la pareja en un amasijo de hierros deformados, incapaces de silenciar a Teresa que sobreponiéndose al momento llamó a su padre para contarle lo sucedido, diciéndole: “Papá, he tenido un accidente y no siento las piernas”.

Una vez rescatada, trasladada en ambulancia y operada sin éxito en el hospital, Teresa quedó en silla de ruedas para el resto de los días, y habló con César para liberarlo de los lazos que pudieron encadenarle a su desgracia, replicándole Ángel que su compromiso de amor era aún mayor, fortalecido por la desventura compartida.

Unieron sus vidas en matrimonio, han tenido dos hijas preciosas y viven felices en una casa de planta baja, adaptada a las necesidades de Teresa, dándome oportunidad de abrirles de nuevo este diario con el alma conmovida por la emoción de saber que más allá de toda contingencia, siempre está el amor para salvarnos.

CON ÉL LLEGÓ LA LUZ

CON ÉL LLEGÓ LA LUZ

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Nunca imaginaron los godos que hacía ellos miraría al arquitecto italiano Giorgio Vasari en el siglo XVI, para dar nombre a la arquitectura gótica, – “propia de godos” – porque los germánicos, – bárbaros del norte -, poco tenía que ver con el arte en sus invasiones italo-hispánicas, siendo los hunos ejemplo del segado de vidas humanas con guadañas, filos de espadas, puntas de lanzas y hendiduras de puñales.

En plena crisis medieval, la sociedad de guerreros rurales y campesinos que rezaba a oscuras en los herméticos templos románicos, dio paso a la burguesía, las universidades y los conventuales frailes, que imploraban al cielo en nuevos recintos luminosos, altos y esbeltos, pasando del arco de medio punto, al ojival.

Pudo ser un día como hoy de 1.144 cuando fue consagrada la primera catedral gótica en un pueblecito cercano a París, en honor a San Dionisio, que los franceses llamaron Saint-Denis, pudiendo verse por primera vez la cara los feligreses, pues con el gótico llegó la luz a los templos.

Esbeltas cúpulas, estilizadas columnas, delgadas paredes, amplias vidrieras y grandes rosetones, coloreaban las plegarias de los fieles con policromados rayos luminosos vivificadores, que hacían más visibles los grandes misterios que siglos después siguen inquietando a los creyentes, porque la luz era energía cercana a la pureza, exaltación de la divinidad celestial, símbolo de ingravidez y elevación de espíritu.

Ello fue posible por la insistencia del abad Suger, regente del monasterio de Saint-Denis, quien pidió a los arquitectos una basílica que hablara a los fieles de Jesucristo como luz del mundo, opaca a las rendijas cubiertas con alabastro, yeso cristalino o celosías de piedra, cegadoras de la luz expelida por el Redentor, que vitalizarían los arbotantes.

El CURIOSO CELIBATO DE PABLO III

El CURIOSO CELIBATO DE PABLO III

Pablo III

Es bien sabido el empeño de la Iglesia-estructura por no hacer lo que dice y exigir a los fieles que hagan lo que ellos no hacen, pero entre todos los incumplimientos destaca por su vulgaridad el celibato, es decir, el empeño en no conocer mujer ni matrimonio, pero dogmatizando sobre ello y estigmatizando a los adúlteros, más a las adúlteras y sin mirar a los pederastas.

Trescientos años después de morir el Redentor, la Iglesia impuso el celibato a sus pastores, algo que los primitivos católicos no hicieron, como tampoco hacen hoy los cristianos protestantes, que no ven justificación doctrinal para ello. Fue en el canon 33 del Concilio de Elvira celebrado en España en el año 305, donde se decretó que todos los obispos, presbíteros y diáconos se abstuvieran de mujeres y de engendrar hijos.

Esto fue confirmado años después en el Concilio de Nicea, recibiendo el espaldarazo definitivo el 11 de noviembre de 1563 en el larguísimo Concilio contrarreformista de Trento, convocado por Paulo III. Curioso papa, como tantos otros, amante del lujo, destacado nepotista y protector de su familia, que nombró cardenales a dos nietos de catorce y dieciséis años, estableció el Santo Oficio y puso en marcha el Índice de los Libros Prohibidos. Pero lo más pulcro y sincero que hizo este papa fue exigir el celibato a los fieles católicos, sin tener en cuenta que él tuvo cuatro hijos bastardos con una noble romana, que fueron legitimados por el sucesor Julio III.