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REARME DEMOCRÁTICO

REARME DEMOCRÁTICO

Vale

El poder que han adquirido los consejos de administración financieros ante el silencio cómplice y la inhibición de los gobiernos teóricamente democráticos, exige una respuestas ciudadana que detenga la progresión de las élites económicas, empeñadas en transformar las democracias en oligarquías financieras.

La fuerza de la mayoría no puede someterse al capricho de una selecta casta especulativa que incrementa multimillonariamente su patrimonio a costa de la pobreza y sacrificios que el gobierno piden a los ciudadanos, incrementando los impuestos, quebrantando el estado del bienestar y aumentando la desigualdad social, que es tanto como pervertir la democracia, pues ésta consiste básicamente en eliminar las desigualdades sociales.

La humillación ciudadana, los desequilibrios distributivos, el quebranto moral, la explotación laboral y los privilegios legales, no forman parte de la democracia y la denigran, obligándonos a restaurarla en su primigenia idea de gobierno popular en base a la igualdad social.

Las consecuencias de la situación actual se evidencian en la indignación popular, el descontento general y la frustración ciudadana, al ver que el gobierno impone sacrificio y dolor a las personas mientras entrega cantidades millonarias a las entidades bancarias, que terminan en los bolsillos de los incompetentes gestores que las han llevado a la ruina.

Con este panorama no queda más opción que reconquistar la democracia haciendo visible la justicia social y la equitativa distribución de los bienes comunes. Tenemos que rearmar éticamente a la sociedad expulsando de ella a los tramposos, corruptos y estafadores. Urge recuperar la igualdad ante la quiebra del sistema si queremos ganar el futuro.

Sólo uniendo la fuerza del gobierno a la del pueblo, lograremos vencer el enorme poder de la oligarquía financiera que pretende barrer del mapa social la democracia que todos deseamos, menos ellos, porque saben que si el pueblo recupera el gobierno de su destino, temblaran los beneficios y privilegios de los especuladores.

DÍVAR

DÍVAR

Reiteradas veces he manifestado mi confianza en los tribunales de justicia para lograr el urgente rearme ético que necesita la sociedad, poniendo a la sombra de palmeras en islas desiertas a todos los sinvergüenzas que han esquilmado las arcas públicas y los cofres bancarios.

Pues bien. A pesar de constatar que la justicia no es igual para todos y de saber que está menos penado meter mano en la hucha común que robar una gallina para comer, sigo confiando en la justicia para redimirnos de la miseria.

A pesar de los estevilles y otros individuos aislados de la especie judicial, mantengo intacta mi profesión de fe en la judicatura para sacarnos del lodazal donde nos han metido los encausados en procesos judiciales.

A pesar de Carlos Dívar, presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ, sigo creyendo en los administradores de justicia, porque son más, muchos más, los jueces que mantienen la balanza en equilibrio, que ese pequeño grupo de togas empeñados en quitarle la venda a la señora. Evidente prueba del compromiso judicial con la verdad es que han sido los propios jueces quienes han levantado la alfombra del presidente para limpiar los polvos acumulados bajo ella.

Dívar es un mal ejemplo que ningún magistrado debe ocultar, justificar, imitar o defender, porque a nadie beneficia su actitud, ni siquiera a él mismo, empecinado en mantenerse en el sillón, caiga quien caiga, aunque quienes se vengan abajo sean las más altas instituciones judiciales del país, el honor de la judicatura y la ética ejemplificadora que tanta falta nos hace en estos momentos de corrupción, abuso y mentira, que vivimos.

El querido guardaespaldas, leal salvaespaldas y eficaz cubreespaldas del presidente, tiene que decirle a Dívar algo más de aquello que ya le dice en la intimidad confidencial del cargo que ostenta a su lado desde hace tres lustros, y marcharse juntos a descansar felizmente a la misma isla donde irán llegando los que el honrado cuerpo judicial comenzará a enviar en pocos días.

AMOS DEL MUNDO

AMOS DEL MUNDO

Cada palmo de tierra perdido en el campo tiene un propietario, pero la Tierra pertenece a unos cuantos amos del mundo, desde que los mercados y las empresas se extendieron hasta alcanzar una dimensión universal más allá de las fronteras nacionales, con transformaciones económicas globales, fruto de un capitalismo feroz amparado en las democracias liberales, una vez que cayó el comunismo occidental y se dio por concluida la guerra fría.

En poco tiempo, quedaron subsumidas las economías locales en grandes multinacionales, liberándose una circulación de capitales favorecedora de la enfermiza sociedad de consumo que padecemos, gobernada por transacciones financieras, cuentas corrientes y depósitos bancarios en manos de unos pocos privilegiados, que se reúnen periódicamente para mejorar la forma de engordar sus nutridas huchas con el sudor de la gran mayoría silenciosa, admiradora de los responsables de su tragedia.

La nota más característica de este mundo económicamente globalizado no es el beneficio común, sino la desigualdad y el retorno al siglo XVIII, en medio de un sectarismo que fracciona a los humanos en dos partes excesivamente desequilibradas, debido a la salvaje especulación de un mercado carente de solidaridad, en el que pueden quitarse caramelos a los huérfanos sin mover una pestaña, ni sentir remordimiento alguno.

Urge un rearme ético y la unión solidaria de los pueblos para frenar los beneficios y la especulación, derivada de una ambición desmedida y desvergonzada, porque de no hacerlo seremos devorados irremediablemente por el grupo de codiciosos que realmente gobierna el planeta, aunque a los demás nos dejen jugar con las urnas electorales en irreales democracias occidentales.

Y no soy yo quien esto dice, sino el profesor suizo Jean Ziegler desde su prestigiosa vicepresidencia del Consejo Asesor del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas.

CRÍTICA NECESARIA

CRÍTICA NECESARIA

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En el último artículo comentaba el riesgo de hablar en voz alta, cuando las opiniones van contra del poder, se oponen a decisiones caprichosas, contradicen falsos argumentos, critican arbitrariedades, delatan a granujas emboscados, condenan abusos o denuncian ideologías perniciosas para la salud mental de los humanos.

Hoy toca defender la necesidad de dicha censura pública y el valor que tienen las críticas honestas y desinteresadas, porque son el único camino a seguir para la regeneración social y el rearme moral que nos libere de la sumisión incondicional al poderoso, de la explotación, de la injusticia y de la manipulación mental que lleva al suicidio de los ignorantes.

A pesar del castigo que la sociedad reserva al discrepante,  debemos enarbolar la bandera del inconformismo por encima de toda componenda, conscientes que en esa lucha por la verdad nos dejaremos jirones de piel, y que la libertad no habitará entre nosotros si bajamos las manos y cerramos los ojos a la injusticia.

La explicación a la condenación social del divergente hay que buscarla en la precariedad cultural de los criticados, en su pobreza intelectual crónica y en la inseguridad personal que se esconde tras sus intimidaciones y amenazas. En el fondo subyace la desconfianza patológica a perder lo que no se tiene. Nada más.

El miedo a la pedrada o al fuego inquisitorial, hace que la sociedad esté llena de cómplices ocultando delitos que conocen, silenciando errores manifiestos, enmascarando la verdad, encubriendo corruptelas, camuflando sucias negociaciones o disimulando cambalaches. Es una forma de cobardía social que sólo favorece a quienes se aprovechan de su silencio, recibiendo a cambio deshonrosas migajas.

Los españoles acostumbramos a hablar en los pasillos, por la calle, en las reboticas, mentideros y bares. Esas son nuestras oficinas de quejas y los confesonarios sociales que visitamos. Y es que confundimos el detestable chivateo, con la denuncia de abusos, arbitrariedades, trampas e injusticias, permitiendo con el silencio que los ladrones de guante blanco, sinvergüenzas de terciopelo y trileros de Armani, sean los grandes beneficiarios de la situación.

Las personas con espíritu libre, no tienen espacio en las organizaciones humanas, ya sean políticas, religiosas, sociales, profesionales o comerciales, porque los corazones rebeldes molestan más que una piedra en el zapato, y el “patrón” los quiere tener en un radio de dimensiones semejantes a los anillos de Saturno, sin darse cuenta que son los críticos quienes le harán mejorar y mantendrán estado de alerta.