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CIUDADANOS EXPÓSITOS

CIUDADANOS EXPÓSITOS

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A lo largo de la historia siempre han existido niños “expósitos”, es decir, infantes abandonados por los padres o entregados a instituciones benéficas llamadas “Casas de expósitos” o inclusas. Hijos procedentes de partos ilegítimos que se debían ocultar o de familias empobrecidas.

Hoy los niños han sido sustituidos por ciudadanas y ciudadanos expósitos, que los padres putativos del Congreso y el Gobierno, han abandonado a las puertas de la miseria, para utilizar los gastos de manutención, salud y educación que ocasionarían, en beneficio propio y de sus parientes financieros.

Este abandono de personas se propaga como mancha de aceite entre todos los desfavorecidos, que se muerden los puños de hambre, mientras esperan el turno en la morgue social viendo rodar por el suelo derechos fundamentales, como el de supervivencia, alimentación, cultura, justicia y vivienda.

Si los ciudadanos no nos rebelamos a tiempo, corremos el riesgo de hacer cotidiana la costumbre espartana de exponer a los débiles en los pórticos del abandono, como hacían los espartanos dejando a los expósitos en el Apotetas junto al monte Taigeto, esperando que la muerte pasara a recogerlos, para adoptarlos como hijos por toda la eternidad.

La campana que sonaba en los tornos de las inclusas cuando los padres exponían a los hijos, se ha tornado en papel de Boletín Oficial donde se publican decretos que abandonan a miles de ciudadanos expósitos al pairo de la tempestuosa vida, sin amas de leche, ni amas de cría, ni amas de amor.

SI WERT FUERA ESTUDIANTE

SI WERT FUERA ESTUDIANTE

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Contra viento sociales,  tempestades parlamentarias, mareas de profesores, desplantes de alumnos, pañueladas de padres, empujones de periodistas, barricadas de sindicatos, y quejas de costureras, churreros y aguaderas, el menistro Wert multiplica gratuitamente la crispación en un país muy crispado por los recortes, proponiendo una ley innecesaria, inoportuna e inadecuada, aprovechando que él se encuentra fuera del sistema educativo y no va a sufrir las consecuencias de su norma.

La mínima calificación obtenida por el menistro Wert en el barómetro del CIS con una nota de 1,76, permite asegurar que si el pilarista José Ignacio fuera alumno de Secundaria sería desviado hacia profesiones laborales alejadas de la Universidad y no podría estudiar la carrera de Derecho que cursó al abandonar el pilarismo.

Si Wert fuera estudiante, no pasaría ninguna de las selecciones que él mismo exige superar a los alumnos de 8, 11, 15 y 17 años, porque la puntuación de 1,76 que ha obtenido en el  examen social de los ciudadanos, no permite otra opción.

Si Wert fuera estudiante, carecería de amigos en el colegio porque no querrían jugar con él los compañeros en el recreo, le harían poco caso los profesores y los padres no le invitarían a fiestas de cumpleaños de sus colegas.

Si Wert fuera estudiante, iría solo a las manifestaciones convocadas por él mismo a favor de su ley, siendo despreciado por esquirol, disuelto con gases lacrimógenos por policías-padres y abucheado por los peatones.

Si Wert fuera estudiante, sus progenitores se avergonzarían del 1,76 obtenido por su hijo en la reválida ciudadana que él ha rescatado del pozo negro antieducativo con la propuesta de una evaluación sancionadora, selectiva y segregadora.

Si Wert fuera estudiante, no querría ser itinerado a los trece años hacia caminos profesionales que siendo adolescente rechazó y pediría las oportunidades de futuro que ahora niega a los jóvenes que sufrirán en las aulas su ley educativa, inspirada en fueros españoles y palomas espirituales.

MANDAMIENTOS DEL PROFESOR

MANDAMIENTOS DEL PROFESOR

No es bueno para los/las profesores/as seguir la máxima ignaciana de evitar las mudanzas en tiempos de crisis, porque la situación actual pide cambios en los comportamientos que nada tengan que ver con los derechos humanos, constitucionales, civiles, sociales y profesionales.

Cambios conceptuales, procedimentales y actitudinales que demandan un nuevo perfil de profesor más acorde con los tiempos que corren por los escaños políticos, las rotativas de periódicos, las asociaciones de padres, las agrupaciones de alumnos, los sindicatos, las comunidades sociales y las cofradías del Cristo de la buena muerte.

Los profesores están un poco despistados tras perder el norte de su profesión con tantos cambios de sistemas educativos, reformas estructurales y crisis mundiales, lo que obliga a recordarles los mandamientos del profesor, de obligado cumplimiento para todos ellos.

1º – Amar el sacrificio diario y la pobreza eterna sobre todas las cosas.

2º – Soportar con resignación el desprecio social y la marginación oficial.

3º – Tolerar en silencio las agresiones verbales y físicas de los alumnos.

4º – Poner la mejilla izquierda a las bofetadas de los padres por la derecha.

5º – Santificar a la Administración para agradecerle los desdenes recibidos.

6º – Apoyar a los sindicatos que tanto apoyan y preservan a sus liberados.

7º – Promover periódicos, emisoras y televisiones que manipulen la situación.

8º – Votar en las elecciones para que los políticos sigan maltratándolos.

9º – Dedicar cientos de horas a mil actividades no reconocidas ni pagadas.

10 º –  Gratificar a las editoriales por las nulas atenciones recibidas.

         Estos diez mandamientos se encierran en dos: mantener la convicción de que en la profesión docente se puede ser feliz aunque pocas cosas contribuya a ello y seguir confiando en que algún día la Administración, la sociedad, los alumnos, padres y medios de comunicación se den cuenta que nada hay más importante en un país que la educación de sus ciudadanos, por lo que merecen mayores cuidados, atenciones, generosidad, comprensión, apoyo y respeto quienes forjan los espíritus jóvenes que un día gobernarán el mundo.

PADRES

PADRES

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Cuánto me estimulan y ayudan con sus propuestas y envíos quienes pasan por el blog, como esta viñeta que Curro me ha enviado, inspirando la página de hoy.

La moderna historia de la educación doméstica está siendo construida a pendulazo limpio, pasando las tres generaciones que hoy convivimos juntas, de un extremo disciplinar a otro, sin haber encontrado el equilibrio conciliador necesario.

No aprobamos el distante respeto que a los padres tuvieron que guardar los hijos de la generación anterior a la nuestra, reclinando la testuz ante ellos, obedeciendo ciegamente sus mandatos, tratándoles de usted, sin diálogo familiar, sufriendo maltrato algunas veces “por su bien” y alejados de sillones domésticos ocupados por una autoridad incuestionable.

Pero también rechazamos la situación actual, pervertida por un maltrato inverso que en algunos casos llega a los tribunales, cuyo origen hay que buscarlo en cariños mal entendidos aderezados con desgana, cansancio, ignorancia e intereses laterales, donde la disciplina familiar ha invertido los términos, sufriendo los adultos graves intolerancias de los menores, impensables hace apenas unos años.

No sé si esto que voy a decir será del agrado de todos los que pasen la vista por estos renglones, pero estoy convencido de una obviedad que muchos no comparten: los padres han de ser ante todo y sobre todo, simplemente, padres. Así de sencillo. No coleguillas, ni amigos, sino padres. Entre otras cosas porque si dejan de ser lo que verdaderamente son, sus hijos se quedarán huérfanos.

No olvidemos que el modelo de sociedad que a la nueva generación espera, depende básicamente de la actuación de los padres, con alguna colaboración de los centros educativos, medios de comunicación, vecinos, amigos y entorno próximo del educando.

Corresponde a los padres mantener un elemental principio de autoridad; una disciplina familiar básica; una dedicación diaria a sus hijos por muy cansados que lleguen del trabajo; un control sobre lo que ven y lo que leen; una vigilancia sobre las amistades; el consejo permanente; y la prohibición cuando proceda, porque la educación de los hijos es algo que corresponde casi por completo a los padres, aunque algunos quieran escurrir el bulto.

La sociedad futura, la de sus hijos que tanto preocupa a los padres, depende de la educación que ellos mismos les proporcionen, pero algunos descendientes tienen la mala suerte de tener los progenitores que tienen.

Los padres que educan a los hijos en el consentimiento absoluto, conseguirán que éstos no acepten negativas en el futuro. Quienes los aturden con regalos les impedirán saber el valor de una conquista. Los que todo les concedan les impedirá saber que no todo les pertenece. Aplaudirles cuanto hacen no fomentará su autoestima sino la negativa a tolerar críticas y disciplinas académicas, profesionales y sociales.

Si los padres van por la casa ordenando cuanto ellos desordenan y recogiendo lo que dejan tirado por todas partes, difícilmente conseguirán que sus hijos acepten responsabilidades propias. Si les enseñan a conservar para sí mismos sus pertenencias y territorio, desconocerán la solidaridad y la sociedad futura se guiará por el lema del “sálvese el que pueda”. Si la concesión a cuanto demandan es norma de conducta terminarán por hurtar lo que en el futuro se les niegue. Si los caprichos son siempre satisfechos, serán incapaces de renunciar a cuanto les apetezca. Si les permiten pasar la mente por cuanto les plazca, puede ser que a su cerebro lleguen ideas desintegradoras. Si les entregan cuantos euros demandan no apreciará lo que cuesta ganarlos. Si se ponen incondicionalmente de su parte, contra el profesor, el centro escolar, vecinos y amigos pensando erróneamente que todos van contra él, acabarán pisoteándolo todo, incluso a los propios padres, porque el maltrato de padres a hijos seguirá incrementándose peligrosamente entre la clase media y alta, mientras no se abran las puertas de las escuelas de padres, más necesarias que nunca en nuestra sociedad.