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EL OFICIO DE MENTIR

EL OFICIO DE MENTIR

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Siendo la mentira inseparable compañera de viaje del ser humano en algún tramo del largo camino que en la vida recorremos, es para algunos caminantes vicio habitual ejercido con la inconsciente naturalidad que respiran, haciendo de la mentira, oficio; del cinismo, religión; de la hipocresía, rutina; del engaño, vicio; y del embuste norma.

Mentirosos profesionales por encadenar falsedades, pero también por ocultar información, manipular datos, pervertir argumentos y decir medias verdades que sanciona el refranero español con mayor castigo que sus habituales mentiras.

Manolo Kant, -que decía Carrascosa al referirse a este amigo suyo-, opinaba que la mentira era la mayor violación moral que el ser humano podía cometer contra sí mismo, negándose el filósofo a disculpar todo engaño, por pequeño que este fuera, aunque las mentiras no puedan medirse con un doble decímetro.

Siendo la mendacidad practicada por estos enemigos de la verdad algo detestable, no es posible erradicarla de sus vidas porque siempre encuentran una disculpa justificativa del engaño, en ocasiones para encubrir fechorías, otras veces para consolar a los enfermos, también para ocultar inseguridades personales o evitar sanciones si se supiera la verdad.

No faltan autoexculpaciones de sus trampas afirmando que todos mentimos alguna vez, comparando cínicamente la ocasional paja en ojo ajeno con la permanente viga que tienen en el suyo, aun reconociendo las mentiras que se cuelan de rondón en nuestras vidas para ganar la estimación de los demás, complacer al jefe, proteger a los niños, evitar ofensas, poner excusas, mejorar la imagen, postergar decisiones, fomentar la autoestima, vengar una afrenta, sortear un despido, conseguir un favor, ocultar sentimientos o conseguir objetivos.

No se dan cuenta los embusteros profesionales, que al hacer de la mentira oficio se engañan a ellos mismos sin el menor esfuerzo ni rubor, algo que les genera angustias, inseguridades, temores y vida cautiva, al verse obligados a fingir una personalidad que no les pertenece, habitando en un mundo irreal creado por ellos para sobrevivir en falsos modelos que se han fabricado con sus mentiras.

GABO Y EL OFICIO DE ESCRIBIR

GABO Y EL OFICIO DE ESCRIBIR

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Hoy se cumplen cinco meses de la ausencia física de Gabo entre nosotros, padre literario de la saga macondense que tanto nos ha deleitado y seguirá deleitándonos, porque su espíritu mantendrá la frescura de eternidad que la historia concede a quienes pasaron por la vida haciendo felices a los demás, como hizo García Márquez complaciéndonos con sus páginas.

Periodista de raza que interpretó fielmente la realidad sin aceptar imposiciones ajenas a la verdad, ya que fue Gabo novelista surgido de las redacciones periodísticas y escritor vocacional, reconociendo él mismo que en su memoria solo tuvo espacio el recuerdo de ser escritor antes de venir al mundo, siendo este el oficio que realizó desde la infancia.

Arte de jugar con las palabras, que García Márquez dominó como pocos lo han hecho, vertiendo la sinceridad del alma con tinta de cada día en las cuartillas y advirtiéndonos que el mayor problema del escritor es mentirse a sí mismo, porque cuando el autor se se engaña, miente al lector y la mentira nunca perdona, como él bien sabía.

También sabía, y así lo dejó dicho, que es más fácil atrapar un conejo que un lector; que cuando el escritor se aburre escribiendo, el lector se aburre leyendo; y que no debe obligarse al lector a leer una frase de nuevo, teniendo por norma no dar opiniones públicas, ni buenas ni malas, sobre sus compañeros de oficio.

Tal fue el legado que García Márquez nos dejó sobre el quehacer que le dio fama, honor y gloria eterna entre nosotros, antes de que la muerte arrojará al suelo de un manotazo el tintero donde humedeció su pluma los ochenta años que se dedicó al oficio de escribir.

AMAS DE CASA

AMAS DE CASA

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No existe oficio menos reconocido, peor remunerado y más desprotegido que el realizado por las “amas de casa” en la familia tradicional, impuesto a las mujeres por una milenaria cultura, desde que los primeros homínidos se cobijaron en las cavernas y las féminas se encargaron de limpiar la casa, cuidar los hijos, aderezar los víveres y otras funciones, nunca valoradas socialmente, ni estimadas laboralmente, ni agradecidas familiarmente.

La familia convencional añade a los quehaceres domésticos femeninos, la exigencia de abnegación diaria a las mujeres. Es decir, el requerimiento del sacrificio gota a gota, de la renuncia cotidiana a los propios intereses, del abandono de aspiraciones y la retirada de personales deseos a favor de la familia, llegando a la negación de sí mismas en beneficio de los demás y  desgastando su vida por ellos.

Insustituibles penélopes y trabajadoras ignoradas, que agotan su vida entre cazuelas, escobas, fregonas y mercados, haciendo y rehaciendo cada día los mismos quehaceres sin lucimiento alguno, ni recibir palabras de aliento, ni compartir entusiasmos, mientras se marchitan en cotidiana rutina, con la tentación pasajera de abandonarlo todo algún día.

Quienes llegan hasta el final desengañadas, se preguntan por el fracaso de sus expectativas y buscan a los culpables de robarles las aspiraciones y los sueños, cuando apenas les queda ya curiosidad alguna por saber qué había más allá de las paredes domésticas. Y la amarga soledad, que siempre las acompañó, les recuerda el vuelo de las águilas a quienes fueron obligadas por las sociedades laicas y religiosas a ser gallinas cluecas.

EL OFICIO DE ESCRIBIR

EL OFICIO DE ESCRIBIR

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Aseguraba Carlyle que escribir era lo más milagroso de cuanto el hombre pudo imaginar, convirtiendo así la escritura en un milagro. Delille simplificaba la acción, diciendo que escribir no era más que interesar. Y Goethe afirmaba que escribir era un ocio muy trabajoso. Es decir, ocio y trabajo se ponen de acuerdo en contradictoria armonía para convertir en arte los juegos de palabras, sobre la página en blanco.

Todas las personas milagrean con la escritura, todas. La mayoría fuerzan esponsorios ilegítimos de palabras que terminan en divorcios literarios. Algunas son escribientes sin manguitos. Muchas lucen su palmito literario ejerciendo de copistas. Gran parte de ellas son escribidores asalariados. Y en contados casos surge un escritor con suficiente calidad en su pluma para merecer ese nombre.

Saber medir los quilates de la buena literatura, despreciar la abundante bisutería literaria que se expone en las estanterías comerciales, identificar la argamasa que cimenta el edificio literario y saber con qué tipo de arcilla se modela un escritor, es una exigencia de nuestro tiempo.

El oficio de escribir exige peregrinar por un largo sendero, pedregoso, empinado y estrecho, minado con trampas, jalonado de fracasos y marcado con decepciones, donde el trabajo silencioso, la voracidad lectora, el aprendizaje diario y la permanente renuncia a la holgazanería, han de ser el norte de la brújula profesional de quien aspire a ser escritor, aunque ese caminar no le lleve a parte alguna.