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Etiqueta: Nápoles

¿ÁRBOL Y/O BELÉN?

¿ÁRBOL Y/O BELÉN?

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Tradicionalmente, en España el belén ha dominado en los hogares hasta las últimas décadas en las que el pino decorado con adornos y luces de colores ha ido ocupando cada vez más espacio en las casas, pasando el belén a un segundo plano, de la misma forma que los regalos de Reyes comparten hoy obsequios en la Navidad a los pies del árbol navideño.

Pero aún prevalece en muchas familias el belén como recuerdo a la misa que celebró Francisco de Asís en una cueva de Greccio allá por el año 1223, cuando decoró el altar con un pesebre donde la imagen en piedra del Niño Jesús ocupaba un espacio junto a un buey y un asno vivos. Tradición que llegó a España en el siglo XVIII de la mano de Carlos III que ordenó importar de Nápoles esa tradición.

El árbol es más laico, procediendo de la tradición al culto de los espíritus de la naturaleza, simbolizando la fecundidad y la inmortalidad, hasta ser cristianizado en el siglo VIII e introducido por suecos y alemanes en el siglo XVII tras la Guerra de los Treinta Años, llegando en el XIX a Gran Bretaña, Austria y Francia, para instalarse en España en el primer cuarto del siglo XX.

Tanto el belén como el árbol se acompañan en muchos casos con velas purificadoras, iluminadoras y fecundadoras de esperanzas, ilusiones y deseos, junto al muérdago, considerado talismán de fortuna, buena suerte y felicidad, expresando las decorativas campanas el júbilo navideño.

CATÓLICOS POR LA ESPADA

CATÓLICOS POR LA ESPADA

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Fueron declarados católicos los reyes así llamados, mediante bula pontificia otorgada por el Papa Alejandro VI el 19 de diciembre de 1496. Pontífice setabense de infeliz memoria, fundador de la saga Borgia y papá de varios hijos como César y Lucrecia Intrigante, manipulador, conspirador y multimillonario a costa de la fe.

El documento original de nombramiento papal concedido por tal papa, se encuentra en el Archivo de Simancas (Cat. V, Patronato Real, volumen I, Valladolid 1946, pág, 471, n. 3.363), escrito en pergamino con caracteres gótico-curiales, sello de plomo, cordón de oro y efigies de los santos Pedro y Pablo, donde podemos leer:

“Vuestras egregias virtudes de señalado celo de la fe católica y devoción a la Iglesia Romana, y para que los demás príncipes cristianos más se estimulen con vuestro ejemplo a merecer bien de la fe católica y de la Sede Apostólica, y esperando que contra los africanos y otros infieles Vuestras Serenidades han de reportar a la república cristiana cada día frutos más fecundos, y que perseverando en esta devoción y obediencia no habéis de faltar jamás a la misma Iglesia, Vuestra Madre Piadosa, y a la Sede Apostólica, y a nosotros que en ella nos sentamos, decretamos llamaros en adelante, por especial prerrogativa y privilegio “Católicos”.

Así quedaron nombrados los reyes Isabel y Fernando católicos de honor y lujo, justificándose el título por conquistar Granada, expulsar a los judíos, defender los intereses pontificios en Nápoles y Sicilia y guerrear en el norte de África contra los infieles en las cruzadas. Todo ello muy evangélico y fraternal.

Es decir, el argumento principal de la catolicidad otorgada a doña Isabel y don Fernando fue enviar súbditos católicos al matadero, con espada en mano, flechas al hombro y lanzas en ristre, a luchar contra los infieles de la media luna y la estrella de David, llevando la cruz por bandera.

REY CASADERO

REY CASADERO

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Al cumplirse hoy el cuadrigentésimo décimo sexto aniversario de la muerte en el Monasterio del Escorial de quien fue rey de España durante 42 años, de Nápoles y Sicilia 40 años, de Portugal 18 años y de Inglaterra cuatro años, recordamos la fiebre casadera del Prudente más guerrero de los imprudentes reyes que ha tenido España.

Tenía el príncipe Felipe dieciséis años cuando el emperador Carlos decidió casarlo con su prima María Manuela de Portugal el 12 de mayo de 1543 sin estar el joven presente en el acto de su boda y recasándolo en Salamanca el 13 de noviembre del mismo año, para afianzar la alianza con el país vecino en las guerras que su padre tenía entre manos con los países del norte de Europa.

Pero no le fueron bien los asuntos de cama con su parienta al jovenzuelo príncipe, prodigándose en salidas nocturnas desencantado con la obesa prima-esposa, que terminó falleciendo a consecuencia del parto de su leocadio hijo Carlos, muriendo este como murió, donde murió y a causa de que murió.

La viudedad del príncipe Felipe no fue consolada en 1554 por el segundo matrimonio político con su tía-esposa María Tudor, reina de Inglaterra y doce años mayor que él, con la que casó en la iglesia de Westminster el día 25 de julio, consolando su ardentía con jóvenes cortesanas, antes de regresar de nuevo a España, donde le esperaba su amada Isabel de Osorio presunta madre de alguno de sus hijos extramatrimoniales.

Casó en terceras nupcias a la edad de treinta y dos años con la hija del rey francés, Isabel de Valois, el 22 de junio de 1559, con quien tuvo a sus hijas Isabel y Catalina, sin tenerse noticias de posibles, pero ciertos, hijos ilegítimos con su amante Eufrasia de Guzmán, princesa de Ascoli.

Así llegó el monarca al cuarto matrimonio con su sobrina-prima Ana de Austria el 14 de noviembre de 1570, con el fin de fortalecer la amistad entre las ramas española y austriaca de los Habsburgo, dándole la señora cuatro hijos y una niña, sumando con ellos un total de ocho descendientes legítimos.

Decimos esto, porque cabe suponer que abundaron los vástagos ilegítimos aunque no se dispongan de datos para demostrarlo, porque el rey Felipe II prohibió que se publicaran biografías sobre su vida, ordenando la destrucción de toda su correspondencia privada, porque la transparencia de la Casa Real siempre fue opaca al pueblo.

RELEVO DE PODERÍO

RELEVO DE PODERÍO

feliEl actual sufrimiento de los dos países que conforman la península ibérica, contrasta con el poderío que compartieron a partir del 16 de abril de 1581, hace hoy 432 años, cuando el todopoderoso Felipe II de Habsburgo fue proclamado rey de Portugal en las Cortes de Tomar, tras su juramento.

Mucho ha llovido desde que se unieron los imperios coloniales de España y Portugal bajo el mismo monarca, tras la anexión del país vecino bajo el mando único de Su Católica Majestad Prudente como Señor de Oriente y Occidente, creándose el mayor imperio conocido en el planeta.

Las naciones europeas miraban perplejas y temerosas el ilimitado poder económico, militar y político de éste mandamás, que con cincuenta y cuatro años tenía al mundo bajo la suela de su zapato, desde Nápoles a las Indias, pasando por Cerdeña, Sicilia y Flandes.

Protagonista de leyendas blancas, rosas y negras, fue arquetipo de virtudes para los católicos y personaje fanático, despótico, imperialista y genocida para anglosajones y protestantes.

Hoy el poder está en manos de una señora teutona, fanática defensora de los recortes y la austeridad; despótica en sus gestos, órdenes y actitudes; imperialista financiera que impone su doctrina a golpe de talón bancario a los obedientes mandamases, originando suicidios, ruina, pobreza, paro y lágrimas en millones de ciudadanos, obligados a pagar una deuda que no contrajeron.