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NO HAY FINAL PARA LA LOCURA

NO HAY FINAL PARA LA LOCURA

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Recibo este año como inmerecido regalo de Reyes el compromiso evangélico del papa Francisco en un mundo enloquecido por la insolidaridad y la codicia, junto a la cristiana valentía de este hombre de bien ante las amenazas que se ciernen sobre él, según confirma quien sigue sus pasos muy de cerca.

El sacerdote argentino Juan Carlos Molina, director de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), tras la visita a su paisano Francisco en el Vaticano, ha declarado advertir al Papa que tenga cuidado porque acabará matándolo un ¿ser humano? ahora desconocido, apoyado por no se sabe quiénes, ni de donde proceden.

El propio clérigo revela que el Pontífice le dijo serenamente: “Mira, es lo mejor que me puede pasar, y a vos también”, porque Francisco tiene claro que el martirio forma parte del compromiso adquirido de redimir a los desfavorecidos, asumiendo tan beatífico trabajo con la valentía de los héroes legendarios.

Pero no es el coraje papal lo que trae esta madrugada de Reyes a mi bitácora la pesadumbre, sino la locura de un mundo que no sabe donde camina entre bayonetas de exterminio que alcanzan a este gran pacifista entregado a sus semejantes, como le sucedió a Gandhi, Martin Luther King, Ignacio Ellacuria y a tantos otros cuyo delito fue luchar por la felicidad de los demás.

¿Qué extraña locura invade los corazones de algunas personas para convertirlos en matarifes inclemente y depredadores implacables de sus congéneres? ¿Cuántas guerras faltan por librar entre nosotros para que los seres humanos abandonen las matanzas? ¿En que momento se producirá una deserción masiva de soldados cuando los señores de la guerra los envíen al matadero?

Cristiano el Papa en su complacencia al aceptar la muerte por los hermanos. Testimonial su compromiso personal de vida evangélica. Y grande el papa por la magnitud de su ejemplo. Pero la maldición fatal que pesa sobre la raza humana no evitará que cualquier día caiga rodando por el suelo, sin conseguir que su sacrificio evite la sinrazón de los seres racionales.

HACIENDO MEMORIA

HACIENDO MEMORIA

Mucho se ha criticado el nazismo y se ha despreciado a los líderes nazis que llevaron a la raza humana a la mayor barbarie de la historia. Pero son pocos los que recuerdan a sus cómplices, sin los cuales no hubieran sido posibles los asesinatos, bombardeos, cañonazos y matanzas que se llevaron a cabo en los campos nazis de exterminio. Por eso, es necesario recordar que:

La Iglesia católica estuvo al lado de los tres dictadores europeos.

Westinghouse y General Electric multiplicaron sus inversiones y beneficios.

Suiza abrió fronteras al oro robado por Hitler y las cerró a los deportados.

Hugo Boss se encargó de vestir a buen precio a todo el ejército alemán.

El presidente de IBM fue condecorado por ayudar a identificar judíos.

El Deutsche Bank financió la construcción del campo de Auschwitz.

Joe Kennedy, Prescott Bush y Fritz Thyssen colaboraron con Hitler.

Los aviones de Hitler volaban con el combustible de Standard Oil.

Los soldados nazis se desplazaban en vehículos Ford.

Finalmente, el consorcio IGFarben que luego fue Bayer, Basf y Hoechst, usó a los prisioneros de los campos de concentración como cobayas y mano de obra gratis, obligándoles a producir en sus fábricas el gas que iba a liquidarlos.

JALONES DE MUERTE

JALONES DE MUERTE

Con jalones de muerte se ha ido escribiendo la historia de la humanidad, desde que el celoso Caín acabó de un quijadazo con la vida de su hermano Abel.

Hitos de sangre que marcan el camino seguido por la raza humana durante miles de años hasta hoy, con la diferencia de que en sus comienzos había algunos “señores” de la guerra que con el tiempo han desaparecido, como desaparecieron los elegantes ladrones de guante blanco.

Ahora sólo hay matarifes y butroneros. En las guerras de la antigua India había reglas elementales que aliviaban unas décimas las matanzas. No se permitía, ejemplo, el empleo de flechas envenenadas, ni matar a los hombres desarmados, heridos, dormidos o rendidos. Además, los guerreros a caballo no podían atacar a los combatientes que luchaban a pie. Y, en medio de la barbarie, alguien se ocupaba de recoger los muertos abandonados.

Más tarde, los romanos alternaron sus placenteras costumbres con las primeras muestras de atrocidad. Josefo nos ha contado que el bondadoso Tito se llevó por delante a más de un millón de judíos, a los que se añadieron las escabechinas de franceses promovidas por el gran Julio César.

Después vinieron las mitras y los turbantes, con sus “guerras santas” y “cruzadas”, a marcar el camino que debían seguir más tarde los invasores de Norteamérica para liquidar a los aborígenes por el módico precio de dos guineas por cada “piel roja” exterminado.

Pero todo esto, y mucho más que guardaba la historia, le pareció poca sangría al reducido grupo de esquizhomínidos que llevaron a la inmensa mayoría a dos exterminios mundiales que ni el animal más salvaje hubiera concebido.

Así es, amigos míos, y así me temo que va a seguir siendo durante muchos años mientras los libros duerman en las estanterías, la incultura campe por sus respetos y las soflamas sigan perforando pobres mentes ignorantes que nadie redime.

Ahí sigue esa selecta raza de privilegiados enviando a sus criados a esquivar las balas, mientras ellos contemplan distraídos como se diseminan los cuerpos destrozados por el campo, ocultando su cinismo con ceremonias, funerales,  banderas y condecoraciones.