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Etiqueta: Maestrescuela

PELLAS MEDIEVALES

PELLAS MEDIEVALES

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El comienzo del curso es buen momento para hablar de las pellas escolares, actualizadas en modernos “novillos”, donde los estudiantes torean las clases de la mejor forma que pueden, desde los lejanos tiempos de la academia platónica hasta nuestros días, en todas las latitudes, con igual desparpajo, mismo descaro e idénticos pretextos.

Los antecedentes salmantinos de los actuales “novillos” hay que buscarlos en las “pellas” medievales, siendo las ausencias estudiantiles objeto de preocupación de los Claustros de Primicerio que presidían decano de Facultades, expresando verbalmente y por escrito sus protestas al Maestrescuela por la cantidad de ausencias estudiantiles a la clase de Vísperas de viernes y a la matutina de Prima los lunes, reclamando severas medidas disciplinarias para los alumnos que faltasen a esas clases.

El Maestrescuela atendía la queja de los catedráticos comprometiéndose a intervenir en el asunto para evitar el desalojo masivo de las aulas esos días, sabiendo que sus amenazas no surtirían el efecto deseado, porque los alumnos tenían razones sobradas para quebrantar los mandatos disciplinarios del Maestrescuela.

La justificación era que ansiaban ir los viernes por la tarde a la Plaza del Mercado provistos de capachos para recibir al recuero que traía para ellos noticias, alimentos, ropa y, sobre todo, dinero que les enviaban sus familias. Y los lunes a primera hora, iban a la Plaza de San Martín con el fin de entregarle al mismo recuero noticias para sus familias y peticiones para la próxima semana.

El resultado era que unos estudiantes pasaban el sábado y el domingo en fiestas dando buena cuenta de la chacina, lomo, jamón, chorizo, pescado seco, escabeches, bizcochos y pasas que habían recibido el viernes; otros se ocupaban en recomponer el jubón o el manto con los lienzos enviados por sus padres; y la mayoría se dedicaba a dar buena cuenta del dinero recibido gastándolo en fiestas, casas de mancebía, juegos de naipes, festejos privados, líquidos espiritosos, desahogos juveniles y diversiones varias.

TUNA DE RONDA

TUNA DE RONDA

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Proliferan los tunos y las tunas universitarias, donde algunas “tunas” ya se van colando entre los “tunos”, saliendo con garganta afinada, guitarras al hombro, bandurrias en bandolera, acordeones a la espalda, panderetas en las manos y banderas al viento, a rondar a las mozas y mozos casaderos, como ayer hacían por las calles salmantinas un puñado de jóvenes estudiantes luciendo capas negras y clavelitos en su corazón.

Los primeros tunos fueron “sopistas” de conventos, pícaros ambulantes y estudiantes pobres que cantaban al son de laúdes para mantenerse en las aulas, producto exclusivo de la marca España exportado a ritmo de charanga callejera a otras latitudes sin cobrar derechos de imagen por ello.

Los tunantes que juergueaban por la noche dieron el nombre a los tunos que picardían por las ciudades con nocturnidad eximente de toda culpabilidad derivada de los armónicos decibelios que rompen corazones sofocados por la agitación juvenil que estimula los esperados encuentros bajo las capas negras decoradas con recuerdos de corazones rotos.

Los tunos, tunan vagando por vía libre entre las calles, sin ataduras amorosas a los balcones que esperan la rondalla tras los visillos, buscando en la sobremesa de los banquetes de bodas donaciones de los padrinos, al tiempo que pasan la gorra entre los consumidores ociosos de las terrazas compartiendo los placeres otorgados por el dios Baco, sin rendir cuentas a los postores.

Noctámbulas voces erráticas y sin paradero que vagabundean por la ciudad con guitarras destempladas, cantando viejos repertorios de canciones coreadas por los oyentes que hacen corro en torno a los tunantes, mirando de reojo a las mozas embelesadas con los cantos de sirena entonados por los seductores coplistas.

Recuerdo de antiguos trovadores que rondaban a las mozas casaderas haciendo sonar salterios, bandurrias y cencerros al tiempo que cantaban coplas sancionadas por el Maestrescuela, pues en tiempos del floreciente Estudio las rondas nocturnas estaban penadas con ocho días de cárcel, cuando llegaban hasta las puertas de los conventos en los que alguna monja había despertado platónicos amores en el joven corazón de un estudiante pretencioso de su correspondencia e imposibles favores.