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Etiqueta: Madariaga

NO SOMOS, CADA CUAL ES

NO SOMOS, CADA CUAL ES

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Dicen que los españoles somos como somos, aunque nadie sepa como somos, y algunos se atrevan a decir que somos un cóctel de diferentes personalidades definido por la mezcla de arriesgadas características parciales, que algunos defienden sin razón alguna porque nadie es algo fuera de sí mismo, como persona única que cada cual es.

La estupidización general de quienes pertenecen al numeroso grupo de los chascarrilleros y clasifiqueros, adjudica vicios a los distintos pueblos que se distribuyen por la piel de toro, sin tener razón en lo que dicen, porque siempre habrá personas en cada comarca dispuestas a demostrar lo contrario.

Dicen estos adivinos de mente blanca que los andaluces son mentirosos y fuleros; los catalanes, interesados y peseteros; vulgares y toscos, los levantinos; a los aragoneses les toca la cabezonería y tozudez; torpones y vagos los extremeños; siendo los castellanos secos y siniestros; los isleños independientes y reservados; distantes y quejosos los vascos; y para lo gallegos queda la desconfianza y la morriña.

Nada de esto es cierto fuera de la equívoca y gratuita generalización de quienes realizan tales juicios de valor con desatino, pues todos conocemos vascos cercanos, catalanes generosos, aragoneses flexibles, castellanos abiertos, andaluces sinceros, levantinos refinados, gallegos sedentarios, isleños hospitalarios y extremeños trabajadores.

Quiere esto decir que ser español – y más aún, persona – depende de cada cual y no de la zona geográfica donde habita, por mucho empeño que pusiera Salvador de Madariaga en atribuir a los españoles como vicio capital la envidia, ya que muchos compatriotas no la practican ni forma parte de su vida.

Los españoles, como el resto de los humanos, no somos de ninguna forma de ser que permita encasillarnos sin caer en el error, porque cada ser humano es especie única e irrepetible, por mucho que algunos pretendan encasillarnos con el fin de meternos a todos en el mismo cesto.

EUROPA NOS ENVIDIA

EUROPA NOS ENVIDIA

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Hace unas semanas éramos la locomotora de Europa y desde ayer somos la envidia de los europeos, en opinión de un destacado político que vive en paraísos oníricos, fruto de sus desviaciones mentales, porque ningún otro país ha hecho los deberes con la pulcritud y el empeño que nosotros hemos puesto rellenar macrocasillas contables y cuadernos de caligrafía con decretos ministeriales.

A este visionario se ha unido un coro hipnotizados seguidores contagiados de optimismo, siguiendo la estela del gran contable financiero, afirmando bondades económicas y sociales que solo ellos ven, y augurando un futuro esplendoroso para todos los ciudadanos lidiados en esta piel de toro.

El reparto que hizo Madariaga de pecados capitales entre los países europeos, atribuyendo a los españoles la envidia, necesita ser revisado porque la sabiduría de esta privilegiada mente política ha modificado la distribución de vicios, adjudicando la envidia al resto de países europeos, y promoviendo cataratas ópticas y pérdida de visión en los ingenuos, por acumulación de células muertas en su cristalino social.

El espíritu infantil que siempre anida en nosotros nos invita a pensar que somos la envidia de Europa porque ningún país del viejo continente disfruta de nuestros privilegios, conseguidos por méritos propios y con gran esfuerzo personal, pues ninguno de ellos consigue digerir el cóctel de ingredientes que nutre nuestro cuerpo social.

Nos envidian en Europa porque despilfarramos más, tenemos sueldos portugueses, precios alemanes, impuestos finlandeses, corrupción rusa, gitaneo rumano, mafia siciliana, política italiana, banca albanesa, sanidad británica, chovinismo francés, segregacionismo belga, futuro griego y religiosidad vaticana.

PROFUMO DESBRAGUETADO

PROFUMO DESBRAGUETADO

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Los devaneos amorosos del anterior rey de España, – nunca desmentidos por el coleccionista de amantes -, han quedado políticamente impunes ante el Gobierno, el Parlamento y el pueblo, contrariamente a lo que sucedió a mediados del siglo pasado con el maridado y desbraguetado John Profumo, ministro de Guerra británico, cuyos pasajeros encamamientos con la showgirl Christine Keeler le costaron el cargo, cuando se supo que esta compartía cama por oficio prostitulero con el espía soviético Ivanov, llevándose también por delante al primer ministro Macmillan.

En el caso Profumo se mezclaron política y vida privada, agitadas por la guerra fría en la coctelera del espionaje, espesando la corona real, escandalizando al arzobispo de Canterbury y perturbando la flema inglesa, incapaz de mostrar la hipocresía atribuida por Salvador de Madariaga.

En nuestro caso, las presuntas infidelidades reales silenciadas por el monarca, ocultadas por los medios de comunicación y ninguneadas por políticos ante la indiferencia de los ciudadanos por la vida privada del Borbón, nos obligan a recordar que el histórico borboneo de la saga fundada por Felipe de Anjou no fue anecdótico, intrascendente ni fugaz, sino importante y duradero hasta nuestros días.

El maduro conservador Profumo tuvo la desvergüenza inicial de negar en la Cámara de los Comunes sus amoríos con la veinteañera prostituta, hasta que los servicios de inteligencia británicos lo pusieron contra las cuerdas dándole un uppercut con documentos de incuestionable verdad que lo arrojaron a las tinieblas políticas.

No es acertado mezclar vida pública con vida íntima, pero conviene advertir a cortesanos y palmeros que los reyes no tienen vida privada, recordando a los ciudadanos que quien traiciona con infidelidades a su esposa nunca será leal con los súbditos, por muchos juramentos que haga con la mano sobre los evangelios y el crucifijo de testigo.

HACIA LA TERCERA REPÚBLICA

HACIA LA TERCERA REPÚBLICA

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Hoy se cumple ochenta y dos años de la proclamación de la 2ª República Española, y es bueno recordar que fue Unamuno quien proclamó la República en Salamanca desde el balcón del Ayuntamiento, aquella lejana tarde del 14 de abril de 1931, antes de ser nombrado alcalde honorario a perpetuidad del concejo salmantino.

Advertimos, a quien no lo sepa, que la República trajo la modernidad social a España, impulsó económicamente el país y promovió la cultura por encima de otros países europeos, hasta el punto de alcanzar la literatura y el arte niveles que permitieron hablar de la segunda Edad de Oro de la cultura hispánica, con Picasso, Unamuno, Ortega, Madariaga, Lorca, Pidal, Machado y tantos otros intelectuales y artistas que engrandecieron la patria.

La República consagró el sufragio universal, liberó a las mujeres de cadenas seculares, estableció las Cortes unicamerales, instauró el Tribunal de Garantías Constitucionales, promovió los jurados populares, reforzó el referéndum, reorganizó territorialmente el Estado reduciendo el centralismo, incorporó el derecho al trabajo, la protección de la familia, de los ancianos, los enfermos y la infancia, formalizó el divorcio, estableció la absoluta laicidad y aconfesionalidad del Estado, suprimiendo los beneficios estatales de las distintas religiones.

Si ponemos el acento en la educación, baste decir que sólo en 1931 se crearon más de 7.000 nuevas escuelas en un país con atroces desigualdades sociales, cuyo analfabetismo rondaba el 38%. Y lo que es más importante para nuestros desahuciados, “preferenciados”, parados, hambrientos, explotados, empobrecidos y estafados ciudadanos: subordinó la propiedad privada a los intereses ciudadanos.

Todo esto, y más, fue la República, y no lo que en las escuelas contó el anterior régimen y repiten sus herederos, empeñados en asociar República con guerra, izquierda revolucionaria, vandalismo, desorden y barbarie, cuando se trata simplemente de una forma de organizar el Estado cuya máxima autoridad es elegida por los ciudadanos, eludiendo privilegios hereditarios propios de tribus infantiles y desvalidas, incapaces de moderarse porque la cultura les falta y les sobra inmadurez.

Anticipémonos, pues, al tiempo y evitemos que las generaciones futuras nos reprochen consentir que la máxima autoridad del Estado sea hereditaria, eterna, inviolable e irresponsable, como disponen los artículos 56 y 57 de nuestra Constitución, porque ya en 1931 la Constitución republicana establecía en sus artículos 71, 82 y 85 que el mandato del Jefe del Estado fuera por seis años solamente, que podría ser destituido si hacía lo que no debía y que era criminalmente responsable de sus obligaciones, anticipando que una ley de carácter constitucional determinaría el procedimiento a seguir para demandar la responsabilidad criminal del Presidente de la República.