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¡AY, CELIA, CÓMO ME DUELES!

¡AY, CELIA, CÓMO ME DUELES!

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Amiga Celia que nada esperas, con todo lo que falta por llegar a tu vida:

Déjame expresarte mi desconsuelo al verte moralmente en bancarrota, tendida en el subsuelo de la vida, desesperanzada de toda esperanza, cerrando las puertas a nuevas ilusiones desprevenida que puedan hacerte soñar al despertar cada mañana, sin más deseo de disfrutar con la maravillosa aventura que te espera anhelante al comienzo de cada jornada.

No te empeñes, Celia, en buscarle ahora otro sentido a la vida que no sea simplemente vivirla, porque con ello tendrás bastante tras el desamor.  Envuélvete en la bandera de la esperanza, empápate con fe en la resurrección, aliéntate con esperanza venidera, abrázate al futuro como hacen los enamorados en el santuario de las alcobas y déjate llevar por la vida al misterioso paraíso de la felicidad, donde habita deslumbrante la novedad venidera.

Ni sigas, Celia, otro rastro que el tuyo propio, ni mires más allá de la imagen duplicada en el espejo hasta confundir tu perfil con otra silueta en la frontera pulida del azogue, premonición de futuro que te espera si renuncias a frustraciones pasadas, desengaños esperados y decepciones previstas, a las que no hiciste caso.

Vacíate, pues, de todo lastre, atadura o vínculo lacerante que te inmovilice al desdeñoso pasado, y busca novedades que te ayuden a caminar hacia la nueva vida que ahora comienzas, cerrando el paso al luto del adiós que acecha esperando su oportunidad para llevarte al territorio del que vas a salir con ayuda de otra mano.

No gesticules, y camina hacia adelante. No parpadees, y mira de frente la vida. No lo pienses más, y actúa. No receles, y entrégate de nuevo al amor. Deshaz el lazo y suéltate el pelo. Deja que la lluvia te empape. Sonríe en los charcos. Olvida el desgarro. Desatiende a las comadres. Ama sin medida la vida, repara en la belleza, entrégate a la amistad y complácete en la generosidad, … porque un nuevo amor te espera dispuesto a expulsar de la memoria cuando no merezca estar en ella, y no dejes para mañana lo que olvidaste hacer ayer.

FUNERAL POR EL TRABAJO

FUNERAL POR EL TRABAJO

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La tradicional “fiesta del trabajo” que se ha conmemorado durante tantos años, amenaza con transformarse en “funeral del trabajo”, por obra y gracia de leyes laborales devastadoras, a las que se han sumado depredadores patronales, esquilmadores de la hacienda pública, “cajeros” desvalijadores de cajas, despilfarradores que han gastado en salvas populistas el erario público y defraudadores con cuentas en paraísos fiscales.

A todos ellos hay que agradecerles el deshonroso honor que tenemos los españoles de ocupar junto a Grecia la cabecera estadística de ciudadanos desempleados, muchos de los cuales ven el futuro tan negro como la boca de la mina social que los lleva al enterramiento laboral sin redención posible.

Ruina laboral de difícil recuperación, salvo que las vírgenes de la Paloma y Rocío nos ayuden, atendiendo los ruegos y plegarias de las señoras Botella y Báñez, aunque interfieran ante el Hacedor Santa Ana y la virgen de Fátima por ser abandonadas en segundo plano, a pesar de darle nombre a la alcaldesa y ministra.

Procesionemos, pues, en la fiesta del trabajo con un cirio en la mano y luto en la solapa, pero armados de esperanza en que pronto asistiremos a los funerales por la reforma laboral, aplaudiremos la condena a galeras de los culpables de la crisis y nos alegraremos con la fumigación política de todos los seres humanos dañinos para especie que representan, porque en las santas urnas está la redención.

AMIGOS, SIN MÁS

AMIGOS, SIN MÁS

Cuento en mi vida con la suerte de haber pasado la adolescencia con fieles compañeros del Infanta. Inolvidable camaradería aliñada con tinte fraternal, para compensar el abandono de la orfandad, la indiferencia de profesores, el mal trato de los inspectores y el luto inmerecido en manos de la peor suerte imaginable.

Cómplices de inexistentes delitos extramuros de la “tapia”. Solidarios en “burreos” a los guardianes cuando éstos se excedían sus funciones. Y amigos, siempre amigos, que serán recordados más allá de la muerte, cuando nuestros hijos los señalen en las fotos a sus nietos, diciéndoles que eran amigos del bisabuelo en el Infanta.

Inseparables yuntas en pupitre escolares de pizarrines, palilleros y plumillas. Arriesgados usurpadores de otros nombres cuando en las listas se declaraban presentes para evitar el castigo a los ausentes. Aliados de aventuras amorosas en Guetari, Consulado, La Tuna y Paraninfo, a los que entrábamos con un par de cañas de vino peleón en el cuerpo para ayudarnos a descomprimir la energía interna no se liberaba con la facilidada que predice Gibbs.

Pues bien, la vida que durante tantos años se encargó de alejarnos a unos de otros, lleva tiempo ayudándonos a recuperar el tiempo perdido dándonos la oportunidad de abrazarnos en ocasionales reuniones, que quisiéramos prolongar más allá de lo que el tiempo nos permite.

Hace unos días ocurrió un nuevo encuentro en la tierra que me acoge, donde he recibido con entrañable afecto difícil de expresar, la visita de cuatro de estos amigos, dejándome su compañía el agradable sabor de hermandad, mezclado con el placer de abrazarlos a ellos y a sus mujeres, como si el tiempo se hubiera detenido bajo la acacia del “patio central”, en las durmientes “familias”, en los balones del “campo de abajo”, en el escalón roto de la “puerta principal” o en la bondadosa acogida del “señor Puertas”.

Imborrable recuerdos de negros tiempos cuando “poliburó”, “parte”, “prepa”, “queo”, “cocleta”, “arca” y “pitraco”, eran palabras ausentes del diccionario que sólo conocíamos los internos del colpicio. Aventuras compartidas, saltos nocturnos por la ventana de la primera familia,  capones recibidos, aspirinas curatodo, pederastra incluido y las “sobrinas” del padre Esteban a quienes la naturaleza no permitió que despertaran siquiera nuestra reprimida lujuria.

De todo lo pasado hemos conversado aquí en Salamanca, pero también hemos compartido el presente, haciéndonos promesa de futuro, porque nada de los demás nos es ajeno, haciendo innecesario un juramento de sangre para saber que cada uno de nosotros está en su sitio, esperando que el otro lo reclame para acudir a su llamada.