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JEAN ZIEGLER

JEAN ZIEGLER

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Este suizo, orgullo de la raza humana, es de los pocos intelectuales comprometidos con la redención de la humanidad, sin llevar cruces en el pecho ni aparentar ser lo que siempre ha sido en los cincuenta años que lleva dejándose la piel por defender la justicia social y una equitativa distribución de la riqueza.

A sus ochenta años, este doctor en Derecho y Ciencias Económicas por la Universidad de Berna, profesor de sociología en las Universidades de Ginebra y Sorbona de París, Relator Especial de la ONU para la Alimentación y parlamentario suizo, mantiene el espíritu luchador que tuvo en su juventud contra la banca suiza por colaborar con los nazis a la expropiación judía.

Siendo vicepresidente del Comité Asesor del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, hizo temblar los cimientos del capitalismo y el poder financiero denunciando que la deuda de los países desfavorecidos era delictiva e ilegítima, al estar generada por “un orden mundial criminal y caníbal, donde las pequeñas oligarquías del capital financiero deciden de forma legal quién va a morir de hambre y quién no. Por tanto, estos especuladores financieros deben ser juzgados y condenados, reeditando una especie de Tribunal de Núremberg”.

Ziegler condujo a Ernesto Guevara por las calles de Ginebra cuando el Che acudió a esa ciudad en 1964 para intervenir en la Conferencia del Azúcar, y algo debieron hablar en el coche, para que este viejo profesor propusiera ocupar masivamente los bancos, nacionalizarlos y confiscar los arrogantes bienes y sobradas riquezas robadas por los especuladores financieros, para compensar todo el sufrimiento que han causado a la población mundial.

EXPULSIÓN JUDÍA

EXPULSIÓN JUDÍA

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La festividad católica móvil que hoy conmemora la resurrección de Cristo, – desde que así se decidiera en el año 325 cuando se reunieron en Nicea los padres de la Iglesia -, coincide este año con el fatídico recuerdo de la expulsión de los judíos de España, decidida por los catoliquísimos Fernando e Isabel el 31 de marzo de 1492 en Granada.

Con pulso firme, mano dura y abusivo poder, estos monarcas firmaron el Edicto de expulsión de muchos españoles, por cometer el gravísimo delito de tener pensamiento divergente al marcado oficialmente por la ideología religiosa dominante en España durante siglos.

El borrador del Decreto de la Alhambra fue elaborado por el inquisidor general de España, hombre de probada tolerancia y ejercicio de amor al prójimo, como demostraron todas sus macabras actuaciones de Torquemada y el propio texto del mandato, rubricado por sus patrones reales:

«Hemos decidido ordenar a todos los judíos, hombres y mujeres, de abandonar nuestro reino, y de nunca más volver. Con la excepción de aquellos que acepten ser bautizados, todos los demás deberán salir de nuestros territorios el 10 de julio de 1492 para no ya retornar bajo pena de muerte y confiscación de sus bienes (…)»

La inquisición, el temor de la nobleza y clero a perder sus privilegios ante la creciente burguesía judía y el imperativo deseo de imponer el pensamiento único por parte de los monarcas, uniendo a todos los españoles en la fe católica, fueron la causa de esa injusta barbaridad histórica.

MERCADERES EN EL TEMPLO

MERCADERES EN EL TEMPLO

Los cuatro evangelios canónicos nos cuentan la expulsión de los mercaderes del templo, aunque las versiones de Mateo, Juan, Lucas y Marcos no coincidan y existan algunos matices contradictorios que no vale la pena señalar, porque en lo fundamental coinciden. Al parecer, Jesús subió a Jerusalén a celebrar la Pascua judía y se encontró en el templo con vendedores y cambistas haciendo negocio, a los que expulsó del recinto a latigazo limpio, por convertir la Iglesia en un mercado.

La cuestión es saber si la Iglesia sigue el ejemplo del líder, expulsando de su seno a especuladores y corruptos, o los bendice. La cuestión es saber si la Iglesia es un mercader más que Dios condena o sigue el mensaje evangélico de amor y pobreza. Se trata de averiguar si la Iglesia católica ensucia sus manos en la “pasta”, bendice con agua bendita a usureros o es cómplice de mercaderes que su Dios expulsaría del templo a cinturazos.

Todo apunta a que el establishment católico, – no el Cuerpo Místico ni los creyentes comprometidos con la línea ético-profética del evangelio -, se dedica a vivir en un paraíso fiscal exento de impuestos y predica transparencia, mientras blanquea cuentas opacas con impunidad y descaro.

En tiempos de desahucios, la Iglesia católica española es la mayor empresa inmobiliaria del país con un patrimonio de 40.000 inmuebles institucionales, más de 100.000 propiedades y 120 hectáreas de tierra.

En tiempos de crisis, cuando los quirófanos se iluminan con carburo y los niños van a la escuela volteando por el camino un lata con brasas para calentarse, el patrimonio y los tesoros de la Iglesia son imposibles de calcular.

En tiempos de condenas homosexuales, execraciones al sexo libre, escándalos carnales y anatemas abortistas, la Iglesia católica mantiene sus inversiones financieras en laboratorios como Pfizer, fabricante de preservativos y Viagra.

Cuando el paro llega al paro-xismo la Iglesia se convierte en oficina de empleo dispuesta a dar trabajo estable y remunerado a los jóvenes, sin pedirles vocación ni pedigrí alguno, porque se trata de mantener el negocio.

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” dijo Cristo a los fariseos en Galilea, pero la Iglesia ha recibido este año del “césar” 159.194.593 euros, siendo la única institución que se salva del ajuste del gobierno y de pagar el IBI en las ciudades.