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Etiqueta: intemperie

EXPLICADLES QUÉ SE SIENTE

EXPLICADLES QUÉ SE SIENTE

Pido a los desfavorecidos del sur que expliquen su lucha por la supervivencia a quienes viven al norte de la opulencia, sabiendo que estos nunca lo comprenderán.

Pido a los desprotegidos sociales que muestren sus heridas a los que pueden cerrarlas, sabiendo que siempre las mantendrán abiertas.

Pido a los hambrientos que describan el mordisco del hambre, incomprensible para quienes arrojan comida a las basuras domésticas y vertederos municipales.

Pido a los inmigrantes que hablen de su negra soledad a los que viven acompañados y les recuerden a los xenófobos que todos somos terrícolas inmigrantes africanos.

Pido a los analfabetos que griten pidiendo la cultura que les falta, aunque sus voces reboten en los tímpanos de quienes pueden enseñarles el alfabeto.

Pido a los que expongan su estafa en el escaparate social, sabiendo que los banqueros pondrán cortinas en los expositores.

Pido a los enfermos que expliquen la angustia de saber que los recortes anticipan su dolor, deterioro físico y muerte, aunque las tijeras no acaben melladas y desafiladas.

Pido a los inválidos de guerra que expliquen a los fabricantes de armas y políticos que los envían al matadero, cómo es su vida en silla de ruedas mutilados por la metralla.

Pido a los dependientes sociales que muestren su abandono en la antesala de la muerte a quienes recortan sus prestaciones, aunque los mutiladores sigan cercenándolos.

Pido a los desempleados que vociferen su dolor desde la negrura de la vida, aunque los patronos se cambien de acera cuando pasen a su lado.

Pido a los desahuciados que muestren sus lágrimas desoladas, sabiendo que políticos y banqueros no entenderán el llanto, ni harán por comprenderlo.

GABO Y LA MUERTE

GABO Y LA MUERTE

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Los cataqueros de Macondo perdimos hace un año a nuestro vecino más ilustre y aún mantenemos el rumbo hacia la vieja aldea de los Buendía, para seguir soñando con el realismo mágico del más grande escritor en lengua castellana desde el cojo madrileño y el manco de Lepanto.

La muerte de Gabo nos ha dejado mudos a los macondeños virtuales y a la intemperie literaria, sin otro asidero que las páginas de sus libros, en las que hoy nos envolvemos para recordar sus palabras sobre la parca que nos dejó sin la novedad de nuevos libros a los lectores de medio mundo.

Quiso Gabo morirse de amor como pidió en vida, y de amor murió tranquilo sabiendo que su obra lo inmortalizaría, pero agradeciendo al amor su compañía en la hora final, para hacer a la muerte bondadosa y sin temores adicionales, porque nunca tuvo miedo a la desaparición imprevista sino a la rutina mortuoria de cada día.

Y murió Gabo feliz, viendo cumplido el deseo de una buena ancianidad por haber hecho en vida cuanto le vino en gana, pensando que la muerte no llega con la senectud, sino con el olvido que siempre le será ajeno, porque el secreto de la feliz vejez que acompañó su último suspiro fue por el pacto que hizo con la soledad.

“Con tal de que alguien se acuerde de una frase mía, yo bajaré tranquilo al sepulcro”, le dijo a Luis Cañón en 1996, y abrazó tranquilo la muerte con la certidumbre de que todos hablaríamos del hijo de José Arcadio durante nuestra vida, sabiendo que “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

NEGRA SOLEDAD

NEGRA SOLEDAD

tristeza

Negra soledad es la Soledad con mayúscula, la de verdad, la que no engaña, la que atosiga, entristece, mutila y debilita. La que viene directa a por nosotros cuando el amor se esconde, cuando estamos a la intemperie, cuando la suerte nos abandona al pairo de la vida, cuando manos ajenas se tornan garfios y la solidaridad huye espantada a las cavernas donde la redención no es posible.

A esta Soledad me refiero y no a la consoladora melancolía que acompaña en las tardes invernales, cuando el viento silba en la ventana y el fuego del amor arde en la distancia de corazones enajenados, esperando la resurrección con el beso enamorado de la falda que se espera con un verso de la mano.

Detengo mi pluma frente a la negra Soledad que siempre acude inoportuna a la terca llamada del luctuoso desamparo, al aliento funerario del amor perdido, a la decepción de la intimidad amistosa o al fracaso humano desprevenido, para dejarnos en el alma un poso acre de dolor, hermanado con pesadillas de insomnio determinante.

Esta Soledad no tiene finalidad en sí misma, pero se convierte en destino inevitable. No se propone un objetivo premeditado, pero en ella finaliza el destierro exterior. No justifica la huida sin destino, pero cobija en su sombra a los exiliados. No entiende el abandono, pero explica el quebrando del aislamiento involuntario.

Nos acercamos a esta Soledad desnuda cuando vamos hacia ella vestidos de harapos robando silencios a la vida, sin encontrarnos en el camino hacia ella con frágiles pierdetiempos que nos distraigan, con tropezones que alteren el ritmo de marcha, y con direcciones obligatorias que llevan nuestros pasos hacia al secreto territorio donde nos espera tendida en cuna la desesperanza.

HASTA SIEMPRE

HASTA SIEMPRE

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No es lo malo que la vida pese mucho, sino que algunas veces pesa demasiado y nos impide caminar, inmovilizándonos a la intemperie con un dolor irredimible, porque cuando un amigo nos dice adiós sin previo aviso el corazón bombea lágrimas, pero si horas después otro hermano del colpicio sigue sus pasos, la diástole invierte el sentido de la sangre y reseca el alma.

Felipe puso “Alba” en mis manos con imborrables recuerdos de feliz convivencia fraternal en la “familia” con el hermano de Pepo, antes de que ambos se hayan marchado camino de la eternidad, dejándonos sin aliento para expirar la doble desgracia; sin voz para gritar contra el fatal destino que a todos nos espera; y sin posible gesto redentor de la tristeza que nos embarga.

Sabiendo que es inseparable enemiga del ser humano desde que la primera célula emigró del mar, es siempre la muerte malvenida, venga de donde venga con la guadaña en la mano, consiguiendo que las campanadas mortuorias por estos dos amigos, repiquen por el resto de la humanidad que aguardamos turno en la sala de espera.

Pero mientras estemos todos los que convivimos con Felipe y Pepo, ellos permanecerán entre nosotros. Mientras conservemos en la memoria su recuerdo, estarán presentes en los futuros encuentros que nos esperan. Mientras las fotografías conserven su imagen sonriente reviviremos la felicidad que con ellos compartimos.