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IMPUNE MENTIRA INSTITUCIONAL

IMPUNE MENTIRA INSTITUCIONAL

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Es fácil detectar una mentira, ver sus primeros pasos, percibir el comienzo de la farsa, saber donde se dirige, quien va a ser el sufridor de ella y observar la coladura sin esfuerzo. Pero no siempre el mentiroso institucional sufre las consecuencias que merece ni sabemos cuándo termina su mentira, ni dónde, ni cómo, ni porqué, aunque percibamos los efectos del embuste.

En cambio, son evidentes las consecuencias del engaño sobre el mentiroso, cuando la falsedad se reduce al ámbito personal, amistoso o profesional, donde el mendaz pierde toda credibilidad, es señalado con el dedo, merece la desconfianza de los demás y es objeto de chistes, caricaturas y descalificaciones por parte de colegas y vecinos.

Esto no ocurre cuando la mentira se institucionaliza en las tribunas públicas, resultando imposible ver sus efectos en primer plano y alcanzar el desenlace de la patraña, por muy bien que sepamos el origen de la misma, conozcamos al farsante, veamos retratado en sus palabras al embaucador y la realidad anticipe las consecuencias de la falacia.

Así es, y no vale la pena pretender lo contrario ni llevarle la contraria a la tozuda realidad, cuando se empeña en mostrar lo contrario a lo prometido por quienes juegan con la vida ajena, olvidan su compromiso vital, y apuntalan mentiras con un salvoconducto legal en la boca y la impunidad en su vida pública, olvidando que quien miente al vecino no tiene cien años de perdón.

CENSURA EN DEMOCRACIA

CENSURA EN DEMOCRACIA

¿Alguien ha llegado a creer que la censura sólo existe en los regímenes totalitarios o en las religiones? Nadie, claro. Porque todos sabemos que en democracia vuelan los pretextos sobre la cabeza de los censores, y las excusas para el tijeretazo sonrojan al espíritu más infantil. Es decir, en los países democráticos no existe censura oficial – ¡faltaría más! – entendida como intervención directa y abierta del poder para controlar la libertad de expresión, criminalizando ciertas opiniones. Algo así como lo ocurrido en nuestra moderna historia durante cuarenta años, en la que algún escritor muy premiado fue destacado censor del régimen.

Es evidente que estas groserías intelectuales han desaparecido en la democracia, lo cual no significa que los recortes se hayan extinguido, porque censurar es detraer, o sea, apartar, suprimir. Y ahora se siguen retirando opiniones aunque no pretendan subvertir el régimen, escandalizar a los menores o insultar al prójimo.

El veto es tan sutil que sólo es percibido por quienes están bien despiertos y lo descubren tras los dialécticos ropajes con que visten los poderosos y poderosillos, las mordazas que imponen a los demás. Atrezzos postmodernos con enaguas de anticuario. La veda a la libre
opinión es un bisturí con impuesto de lujo, porque desde que se inventó la democracia, también la censura cotiza en bolsa, y las acciones se las reparten los que quieren mantener el status quo, controlar la sociedad y pasar el cepillo entre los reclinatorios de la política. Son estos quienes envían sus sicarios a restregar la bayeta sobre los muros donde los inconformistas denuncian la incompetencia de quienes tienen llave de la hucha que guarda las ideas promovidas con sudor de la mente, mientras ellos imponen con humor vítreo la condenación a los desafectos.

Censurar una opinión significa hurtarle al opinante el derecho a decir lo que el censor no quiere oír, algo que implica prepotencia, mal uso del poder y cobardía, con un punto de cinismo en los censucresores. Porque la democracia tiene su censucracia y sus censucresores, que se corresponden con la censura y los censores absolutistas, adoptando en ocasiones una forma reflexiva de temor. Lo de reflexiva no se refiere a una actitud meditativa, sino que expresa lo que gramaticalmente se entiende como acción realizada y recibida al mismo tiempo por el sujeto, es decir, autocensura, aunque con frecuencia tenga mucho de heterocensura encadenada. En cambio, lo de temor está claro: por miedo. O sea, que una cierta censucracia es autocensura que los sujetos se imponen a sí mismos e imponen a los demás, por miedo. ¿A qué?

Además, la censura en democracia va encadenada porque si alguien de un escalón intermedio quiere alcanzar algo de quien está por encima de él, someterá la opinión de los que tiene debajo para conseguir su objetivo, alegando fingida incorrección política, falsa inoportunidad, ficticio enojo de los afectados, legendarias disculpas, novelescas justificaciones o irreales consecuencias, cuando lo único cierto es que la libertad de cada cual termina donde empieza la del vecino y el respeto que a éste se le debe.

Eliminar una opinión crítica significa cerrar una ventana por donde asomarse al verde campo, – por esperanzador – de la libertad. Sólo la mentira es más pesada que las cadenas verbales y más penosa que los bozales periodísticos. Y el mayor pecado no tiene forma de manzana sino de censura porque nada hay más triste que un periodista  doblegado a la cabecera del rotativo por un puñado de lentejas. Nada hay más penoso que ver al interventor de una página web abierta a la participación, cercenando opiniones contrarias a los intereses del sitio por miedo a que un “meneo” les haga perder ¿qué? Nada hay más censurable en democracia que los censores, por mucho que estos quieran disfrazarse y ocultar sus rostros.

Cuando se aplica una engañosa política institucional o privada pretendidamente democrática y liberal, que calificaríamos de spín, en la que todo cabe: tachaduras, recortes, manipulaciones, desinformaciones y engaños, siempre pueden alegar los “amos” el derecho legítimo que les asiste a usar los medios que controlan, según se les antoje. Vale. Pero ese medalagonismo tiene un nombre, y todos sabemos cuál es.

El resto son historias que tienen mucho que ver con prodigiosas fabulaciones institucionales, pseudoimágenes televisivas, afonías radiofónicas, tachones periodísticos, manipulaciones internéticas y censuras similares. Pero como dijo mi satírico y sabio tocayo, no debemos callar por más que con el dedo sobre la boca nos conminen al silencio, nos amenacen, nos silencien o nos destierren, porque la lengua de Dios nunca fue muda y la libertad de expresión es indomable.