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MUERTE ANTICIPADA

MUERTE ANTICIPADA

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Con el alma entumecida tras ver las últimas imágenes televisadas de la ruinosa vida física, moral y familiar llevada por José Antonio Arrabal desde que le diagnosticaron Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), no queda otra opción que aceptar sus palabras y compartir con él la libertad alcanzada con la muerte, tras el suicidio voluntario en soledad y de forma clandestina, realizado el pasado 2 de abril, reclamando con ello la legalización de la eutanasia en nuestro país, siguiendo los pasos de Suiza, Bélgica y Holanda.

No autorizar el suicidio asistido, exigiendo a los ciudadanos seguir viviendo hasta que el tránsito natural llame a la puerta, ha significado para José Antonio un anticipo en su defunción, porque de existir la muerte asistida hubiera prolongado la vida más allá de la inmovilidad que le impidiera suicidarse, contradiciendo con ello la intención de moralistas y legisladores de prolongar la existencia hasta que la parca llame a la puerta.

Todos estamos sentenciados a muerte, y a quienes exigen el derecho a morir dignamente, debe concedérsele hacerlo en manos de profesionales que les ayuden a dar el paso fatal de la forma más pacífica, dulce y serena que sea posible, y no ilegalmente, lejos de la familia para evitarle el castigo de complicidad y con dudosos fármacos adquiridos a través de Internet.

José Antonio deseaba suicidarse con dignidad porque amaba la vida, extraña paradoja que a todos nos conmueve y alienta a pedir la eliminación del artículo 143 del Código Penal, permitiendo a profesionales sacar del infierno a los enfermos terminales que soliciten ser liberados con la muerte de su calvario.

A ello unimos nuestro profundo respeto hacia los enfermos terminales que prefieran vivir hasta que la innombrada se los lleve, pareciéndonos tan legítima la actitud de quienes piden ayuda para acabar con su vida, como la de aquellos que prefieren mantenerse en ella por razones ideológicas, religiosas, familiares o esperanzadoras en un tratamiento sanador de su dolencia

OSCAR WILDE

OSCAR WILDE

Unknown

Si Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde hubiera nacido el 16 de octubre de 2013, en lugar de venir al mundo este mismo día de 1854, en plena época victoriana, su vida hubiera sido más feliz, provechosa y larga, pues el conservadurismo, la infelicidad, el abandono y la intolerancia del tiempo que le tocó vivir, acabaron con el ingenio de este escritor irlandés, cuando apenas había cumplido los 46 años.

Mientras retrataba a Dorian Gray, poetizaba con poesías y destacaba en sus obras teatrales la importancia de llamarse Ernesto, contraía matrimonio con la aristócrata Constance que custodió los dos hijos del matrimonio, luego abandonada por Oscar Wilde entregado a una vida licenciosa en el bajo mundo londinense compartiendo lecho con jóvenes amantes masculinos, hasta que a mediados de 1891 conoció a Bosie, un estudiante de Oxford llamado Alfred Douglas, del cual se enamoró profundamente.

Los dos procesos judiciales que sufrió fueron un linchamiento público, siendo detenido sin fianza, embargados sus bienes y condenado ejemplarmente a dos años de trabajos forzados incluidos, por cometer delito de indecencia y pervertir a la juventud con ayuda del proxeneta que le facilitaba los jovencitos.

Así pagó sus relaciones amorosas con efebos prostitutos y Bosie, que tanto escandalizaron a la puritana clase media británica, expandiendo la caza del homosexual por Europa y obligando a emigrar a muchos sodomitas de sus lugares de origen, para evitar seguir los pasos de Wilde.

Sin rencor en su alma, escribió desde la cárcel: “Entré a la prisión con un corazón de piedra; pero, ahora mi corazón se ha roto… y la piedad ha entrado en él. Ya sé que la cosa más grande y más hermosa del mundo es la piedad. Y he aquí por qué no puedo guardar rencor a quienes me condenaron, ni a nadie; pues sin ellos yo no habría conocido todo esto”.

Después del encarcelamiento de Wilde, Constance cambió su nombre y el de los hijos, llevándoselos a Holanda para desvincularlos del escándalo, obligando a Óscar a renunciar a su paternidad y no verse con Alfred, si quería recibir apoyo económico.

Wilde y Douglas convivieron cerca de Nápoles tres años antes de la muerte de Óscar, hasta que sus familias les amenazaron con no enviarles fondos de subsistencia si seguían viviendo juntos, provocando la separación de ambos y el final de la relación.

Óscar Wilde pasó el resto de su vida en París, sobreviviendo con el falso nombre de Sebastián Melmoth, acogido por un sacerdote irlandés de la Iglesia de San José que terminó bautizándolo, convertiéndose al catolicismo.