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PATRIOTAS Y PATRIOTEROS

PATRIOTAS Y PATRIOTEROS

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El penoso manoseo que están haciendo con el patriotismo los patrioteros sin escrúpulos, presentándose ante nosotros como lo que no son y pervirtiendo la dignidad del sentimiento patriótico, me invita a decir que patriota es el ciudadano que demuestra amor a la patria, y patriotero quien agota sus compromisos con ella en palabras demagógicas y calderilla moral, mostrando actitudes nocivas para su tierra natal.

De aquí que el patrioterismo no sea más que un alarde gratuito del patriotero o, si se prefiere, un cínico brindis al sol de la verdad y de la honestidad social, diferente al patriotismo que procura hacer el mayor bien al país con actos patrióticos, que son adjetivación de patria y patriota.

El patriotero ha sido tradicionalmente histriónico, peliculero y tragicómico, basando su engaño en la retórica del gesto sin compromiso real, sino todo lo contrario. Así lo ha mostrado la historia, exhibiendo actitudes manidas del tradicionalismo añejo e impositivo, abanderado por salvapatrias, que han usurpado festejos, tradiciones y banderas a los patriotas que sudan en silencio por engrandecer la tierra común.

Patriota es quien da su vida por la patria, no su muerte. Quien se sacrifica por el embellecer el paisaje que le vio nacer. Quien renuncia a privilegios propios que perjudican a sus vecinos. Quien evita la corrupción, el despilfarro, la prevaricación y el nepotismo. Quien critica lo que puede ser mejorable en su patria.

El patriota no se enorgullece con necios mitos y risorios emblemas, ni endiosa héroes de pacotilla o lagrimea con los éxitos deportivos nacionales. Tampoco se emociona creyendo que su país es el mejor, el más serio, trabajador, responsable, puro y casto, mientras pide eliminar el IVA de la factura.

El patriota no elogia la prosperidad de la minoría privilegiada, ni adora ídolos de barro, ni se le hinchan las venas viendo ondear la bandera en lo alto de grandes empresas y bancos, ni se enorgullece al ver a un español en la lista de Forbes.

El patriota mantiene la conciencia ética en el ámbito social, traducida en un proyecto de desarrollo humano solidario, inclusivo, fraternal, respetuoso y profesional, que concluya en una justicia social sin diferencias por razones de cultura, sexo, raza o religión.

Todos seremos patriotas el día que formamos parte de un país que no es grande por haber ganado un mundial de fútbol, sino por ser paradigma de honradez. Por superar la pobreza, eliminar las desigualdades, desterrar la mediocridad, promover la tolerancia, limpiar la corrupción, liberar la justicia, superar la incultura, practicar la autocrítica y erradicar el patrioterismo.

Seremos un país de patriotas cuando no circule el dinero negro por nuestras manos, ni haya subsidio laboral, ni trabajo encubierto, ni economía sumergida, ni trampas fiscales, ni rendijas judiciales. Cuando vivamos en un país donde los partidos políticos no sean cobijo de incompetentes, trepas y lameculos. Un país cumplidor de promesas electorales que expulsa de su territorio a los hipócritas y estafadores patrioteros.

ME VOY DE ABRAZOS

ME VOY DE ABRAZOS

Mientras unos se van de viaje, otros de vinos, muchos de paseo y la mayoría de fiesta sabatina, yo me voy de abrazos al “Infanta” donde me esperan viejos amigos olvidados durante décadas, hasta que el milagro de la “red” nos puso a unos frente de otros, dándonos tiempo para recordarnos en encuentros anuales celebrados en las “cuarenta fanegas” desde hace años.

Ha sido para todos nosotros el milagroso retorno a la amistad perdida; la vuelta a la confidencia fraternal; a la vivencia existencial compartida en las “familia”; al pupitre tatuado de temor; a la mano tendida sobre el hombro; y a las fotografías en sepia, conservadas en naftalina solidaria, reliquias con aroma de fidelidad atesorada en el rincón del alma donde se guarda lo más sagrado.

Sentiré las ausencias físicas de Enrique, Santiago, Eugenio, Mari Luz, Begoña, Nerea y tantos otros que este año no podré abrazar, pero ellos y todos los ausentes tendrán un lugar entre nosotros y con ellos pasearemos por el “patio central”, subiremos al “hipódromo”, bajaremos a la “caldera”, “formaremos” en los pasillos, nos perderemos en el “laberinto”, pasearemos por la “ciudad prohibida”, recogeremos aspirinas en la “enfermería”, sufriremos “poliburó”, comeremos “chusco” y “pitraco”, “izaremos” libros, compartiremos “paquetes” y olvidaremos inspectores de cuyos nombres ninguno queremos acordarnos.

 Amigos de esta bitácora, salgo ahora mismo para Madrid, o mejor, rumbo al Infanta, en busca de abrazos fraternales que despejen por unas horas los nubarrones que se ciernen sobre nosotros.

FACEBOOK

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Mi simpatía por la empresa de Zuckerberg me llevó un día a poner mi cara en su libro, y desde entonces han sido mayores los beneficios recibidos que los pequeños sinsabores llegados de aviesas plumas que se colaron de rondón en mi página, aprovechando la ingenuidad inicial de este asociado.

Verter opiniones, sentimientos, críticas, saludos, aficiones y proyectos para ser compartidos por los “amigos” que acceden a la intimidad de la página de cada cual, es abrir puertas a la esperanza para lograr entre todos un mundo mejor, más unido, fraternal y solidario.

Pero confundir la censura con el insulto, la amistad con el amiguismo,  el interés por la vida ajena con el espionaje, la crítica constructiva con la ofensa personal, la opinión con la mentira y la autorización del propietario de la página a visitarla con la exigencia a introducirse en ella, son caminos directos al destierro de los entrometidos, descarados y curiosos.

Por eso no estoy dispuesto a ofrecer mi página en Facebook a desahogos ofensivos de frustrados visitantes, ironías de estercolero, hirientes críticas, injustificados ultrajes, arbitrarias ofensas, detestables mofas, violentos dicterios, falsas injurias y maledicentes denuestos a diestro y siniestro.

Por eso me reservo el derecho de admisión y no admito que visiten esta página virtual los voceros de la catástrofe o amigos de la sinrazón, ni quienes van por la vida con orejeras políticas o religiosas, que hacen de la intolerancia, doctrina.

AMIGOS, SIN MÁS

AMIGOS, SIN MÁS

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Cuento en mi vida con la suerte de haber pasado la adolescencia con fieles compañeros del Infanta. Inolvidable camaradería aliñada con tinte fraternal, para compensar el abandono de la orfandad, la indiferencia de profesores, el mal trato de los inspectores y el luto inmerecido en manos de la peor suerte imaginable.

Cómplices de inexistentes delitos extramuros de la “tapia”. Solidarios en “burreos” a los guardianes cuando éstos se excedían sus funciones. Y amigos, siempre amigos, que serán recordados más allá de la muerte, cuando nuestros hijos los señalen en las fotos a sus nietos, diciéndoles que eran amigos del bisabuelo en el Infanta.

Inseparables yuntas en pupitre escolares de pizarrines, palilleros y plumillas. Arriesgados usurpadores de otros nombres cuando en las listas se declaraban presentes para evitar el castigo a los ausentes. Aliados de aventuras amorosas en Guetari, Consulado, La Tuna y Paraninfo, a los que entrábamos con un par de cañas de vino peleón en el cuerpo para ayudarnos a descomprimir la energía interna no se liberaba con la facilidada que predice Gibbs.

Pues bien, la vida que durante tantos años se encargó de alejarnos a unos de otros, lleva tiempo ayudándonos a recuperar el tiempo perdido dándonos la oportunidad de abrazarnos en ocasionales reuniones, que quisiéramos prolongar más allá de lo que el tiempo nos permite.

Hace unos días ocurrió un nuevo encuentro en la tierra que me acoge, donde he recibido con entrañable afecto difícil de expresar, la visita de cuatro de estos amigos, dejándome su compañía el agradable sabor de hermandad, mezclado con el placer de abrazarlos a ellos y a sus mujeres, como si el tiempo se hubiera detenido bajo la acacia del “patio central”, en las durmientes “familias”, en los balones del “campo de abajo”, en el escalón roto de la “puerta principal” o en la bondadosa acogida del “señor Puertas”.

Imborrable recuerdos de negros tiempos cuando “poliburó”, “parte”, “prepa”, “queo”, “cocleta”, “arca” y “pitraco”, eran palabras ausentes del diccionario que sólo conocíamos los internos del colpicio. Aventuras compartidas, saltos nocturnos por la ventana de la primera familia,  capones recibidos, aspirinas curatodo, pederastra incluido y las “sobrinas” del padre Esteban a quienes la naturaleza no permitió que despertaran siquiera nuestra reprimida lujuria.

De todo lo pasado hemos conversado aquí en Salamanca, pero también hemos compartido el presente, haciéndonos promesa de futuro, porque nada de los demás nos es ajeno, haciendo innecesario un juramento de sangre para saber que cada uno de nosotros está en su sitio, esperando que el otro lo reclame para acudir a su llamada.

REENCUENTRO

REENCUENTRO

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Unos se tumban en divanes de consultas psiquiátricas para  eliminar fobias del subconsciente.  Otros visitan gabinetes psicológicos para aliviar neurosis. No faltan los que pierden el tiempo buscando santeros que les ayuden a superar depresiones. Y los pecadores hacen cola en los confesonarios para limpiar su conciencia y ahuyentar malos pensamientos, aunque algunas veces sean buenos, reconfortantes y placenteros.

Yo, en cambio, cargo las pilas de la esperanza, refuerzo la energía vital y consolido la autoestima, emborrachándome de abrazos una vez al año, como hice ayer en el recinto del colpicio donde compartí la orfandad y la desgracia en mis años de mi juventud.

Amistad robustecida en fraternal encuentro, donde sólo tiene cabida el afecto y la nostalgia de un tiempo pasado que nunca fue mejor, superado por la hermandad sencilla de unos corazones ebrios de compañerismo, estancados por voluntad propia en solidaridad compartida, ajena a toda competencia y subordinación.

Allí estuvimos todos, en uno solo, sin reservas en la entrega, sin dudas en las concesiones, sin ocultar sentimientos, sin precaución en las palabras y sin desconfianza en los gestos. Simplemente emociones, fotos, recuerdos, promesas de permanencia y alguna pupila humedecida en el abrazo de despedida.

Hoy repito, mudo, los nombres, uno a uno, de los compañeros que enturbiaron sus ojos con mi pena y caminaron leguas con mi carga sobre su espalda. Hoy vienen todos a mi recuerdo con una rama de olivo en los labios anunciándome el privilegio de la amistad.

Vuelven todos recordándome las primeras experiencias furtivas, las interminables filas a la puerta de cada hora, la rebeldía balanceándose en el tablón de anuncios, cuando los “partes” no tenían otra función que anunciar el perpetuo amotinamiento de la razón contra las normas, y su derrota. Y los veo apoyados cada noche en la ventana de la esperanza luciendo un puñado de aire libre en la solapa azul.

Algún día explicaré cómo fue posible la resurrección, a pesar del empeño que ponía el recuento en saber exactamente cuántos faltaban en la lista. Pero eso será después, hoy toca bajar el calendario y comenzar a tachar los días que faltan hasta llegar a las 365 cruces necesarias para alcanzar el próximo encuentro.