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EL DON DE LA AMISTAD

EL DON DE LA AMISTAD

Versodiario 9 :

Primavera nocturna en las tabernas                                                                                                con el poeta de la ebriedad y los conjuros.                                                                                      Alianza, condena y vuelo de celebración,                                                                                        ya legendario en mi futuro.

El encuentro casual con un viejo amigo, maestro, escritor y biógrafo de su paisano, me ha traído el recuerdo del poeta zamorano que un lejano día de abril me entregó su alma a manos llenas, sin pretenderlo él, ni buscarlo yo.

Fue el don de la ebriedad real quien puso semilla de amistad entre nosotros, manteniendo hasta su muerte la nostalgia de una eterna – por inolvidable – noche de vino en tabernas solitarias, hasta caer derrotados en las respectivas camas del hotel que nos habían reservado los organizadores de las conferencias.

Él tenía que hablar de poesía una hora después de tendernos cada uno en su lecho, y yo del sistema educativo, a un auditorio de profesores en plena reforma de la enseñanza. Y pudimos hacerlo los dos, porque la ebriedad nocturna se tornó en claridad fulgente por mutua comunión profana con sus versos, los de Claudio Rodríguez, desentumeciendo milagrosamente las palabras que pronunciamos.

“Siempre la amistad viene del cielo, – me dijo parafraseando su poema – es un don: no se halla entre las cosas sino muy por encima, y las ocupa haciendo de ello vida y labor propias. Así amanece el día; así la noche cierra el gran aposento de sus sombras. Y esto es un don”.

Felicísimo don de la ebriedad aquella hermanada noche soriana, al abrigo tutelar de la catedral de Burgo de Osma. Indulgente turbación pasajera de los sentidos que nos fundió en un abrazo de madrugada. Redentor exceso de las cepas, cómplice nocturno de confidencias en jornadas perdidas con Ángel González – petaca de whisky al hombro – de aeropuerto en aeropuerto, por varios estados americanos, en busca de la universidad donde los estudiantes esperaban la llegada de Claudio.

Fue el don de la ebriedad aquella noche nuestro mejor presente, y el recuerdo imborrable que en mí perdura del gran poeta amigo, que se llevó la parca miserable el 22 de julio de 1999 dejando a Clara sola y sin oportunidad de ir a buscarlo, porque esta vez fue de verdad su ausencia y se nos perdió para siempre en otra geografía.