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CAÍDA DE BIZANCIO

CAÍDA DE BIZANCIO

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Con silencio, presagio de tragedia, amaneció el 29 de mayo de 1453 la ciudad de Constantinopla, ignorando sus defensores que los turcos mandados por el sultán otomano Mehmed derribarían sus murallas y pondrían bajo sus pies a todos los bizantinos mandados por Giustiniani que se defendían tras la muralla de la ciudad.

La caída de Bizancio en manos de los turcos acabó con los restos del Imperio Romano de Occidente, clausuró el cristianismo en la zona de la derrota y dio por finalizada la oscura Edad Media, alumbrando en la historia de la Humanidad el progreso, la comunicación y la modernización definitorias de la Edad Moderna, con su mirada al antiguo clasicismo.

La rendición de Estambul fue debida al empeño expansionista de los otomanos, aprovechando que católicos romanos y ortodoxos griegos andaban despistados y a la gresca entre ellos, para ver quien de los dos mandaba en Bizancio, en vez de ocuparse en unir sus fuerzas para vencer a los turcos que se les echaban encima, confiando en que Constantinopla sería inexpugnable a todo ataque.

Pero ni los muros Teodosianos ni la muralla de Constantino, resistieron los cañonazos turcos que tiraron abajo las defensas bizantinas de un manotazo, apresando a todos los católicos romanos y ortodoxos griegos que sobrevivieron al feroz combate que tuvo lugar, sin darles tiempo los otomanos para rezar juntos en la basílica de Santa Sofía, porque las cruces del templo habían sido cambiadas por medias lunas y el cristianismo por islamismo.

EL BUEN BORBÓN

EL BUEN BORBÓN

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Que nadie se haga ilusiones con el rey borbón Enrique IV de Francia, porque un garbanzo no hace cocido, confirmando este monarca la excepción de lo que han sido casi todos los borbones en la historia, desde que el primero de ellos vino al mundo para gobernar súbditos resignados a sus batutas.

Fue un día como hoy de 1610 cuando este rey de Navarra y Francia era asesinado en las calles de París por el perturbado integrista católico François Ravaillac, que le propinó varias puñaladas mortales en el pecho, cuando el monarca bajó de su carruaje, tras visitar a su enfermo ministro de finanzas, por considerarlo culpable de no haber puesto a los protestantes franceses bajo la suela de la Iglesia católica, firmar alianzas con los holandeses y ser tolerante con los calvinistas. ¡Vaya por Dios!

Los franceses recuerdan este rey como uno de los mejores que asentaron sus reales en el trono francés y el más querido entre todos, por su trabajo, entrega, dedicación al pueblo y voluntad pacificadora que le llevó del protestantismo al catolicismo para evitar más guerras entre los creyentes de uno y otro bando, haciendo correr la falsa leyenda de que aseveró cínicamente: “París, bien vale una misa”.

Su conversión puso fin a treinta años de guerras religiosas, pero su tolerancia con el protestantismo no gustó a la intransigente España que lideraba la defensa del catolicismo a cualquier precio, apoyando con dinero y armas a los franceses que defendían con fanatismo la Liga Católica, intolerante con toda concesión a los protestantes, por pequeña que esta fuera.

Eso sí, como buen Borbón, sufrió las calenturas propias de la esta especie monárquica, complaciéndose en la cama con dos esposas y cuatro amantes, teniendo seis hijos legítimos con la reina María de Médecis y once ilegítimos fruto de encamamientos del garañón con Gabrielle d’Estrées, Catalina Enriqueta de Balzac, Jacqueline de Bueil y Carlota de Essarts.

AMÉN

AMÉN

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En este Sábado Santo, preludio de resurrección, me acerco de puntillas a la semítica palabra “amén”, que cierra todas las oraciones, plegarias y devociones de los creyentes occidentales, para que las alabanzas, ruegos y peticiones de los cristianos se cumplan, rogando a Dios que “así sea”.

Pues eso, que así sea, ya que no puede ser de otra manera, por mucho que nos mordamos el alma pretendiendo que los hechos ocurran de manera diferente a como suceden, tratando de evitar la despedida final de la vida, sin que a la “enemiga fiel” le importe demasiado el eterno deseo humano de sobrevivencia, tan socorrido en las religiones.

Decir amén ratifica firmeza, confianza, creencia, lealtad y seguridad en la fe, aunque los rabinos llegaron en sus discusiones sobre leyes judías, costumbres y tradiciones, a concluir que la palabra “amén” es un acrónimo que significa “Dios es un Rey en el que se puede confiar”.

De los judíos tomaron prestada esa palabra los cristianos y musulmanes y “así fue” como se hizo cuerpo en la liturgia, las plegarias y el pentagrama, como sucede en esta versión que Andre Rieu nos ofrece para deleite de los lectores que quieran vibrar conmigo oyéndola, cantándola y bailándola con ellos ante la pantalla del ordenador:

http://www.youtube.com/watch?v=cNoKFcQZL5c&list=RDcNoKFcQZL5c

Para los más veteranos como yo, queda la versión de Gospel, con sabores juveniles, cuando la oración era costumbre, la creencia ritual, el asentimiento firme, la ingenuidad creciente y la fe ciega, antes de que la razón se abriera paso en las pilas bautismales, temblara la catequesis y fueran borradas las profecías de Balaam en los textos escolares de Doctrina Sagrada.

NO HAY FINAL PARA LA LOCURA

NO HAY FINAL PARA LA LOCURA

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Recibo este año como inmerecido regalo de Reyes el compromiso evangélico del papa Francisco en un mundo enloquecido por la insolidaridad y la codicia, junto a la cristiana valentía de este hombre de bien ante las amenazas que se ciernen sobre él, según confirma quien sigue sus pasos muy de cerca.

El sacerdote argentino Juan Carlos Molina, director de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), tras la visita a su paisano Francisco en el Vaticano, ha declarado advertir al Papa que tenga cuidado porque acabará matándolo un ¿ser humano? ahora desconocido, apoyado por no se sabe quiénes, ni de donde proceden.

El propio clérigo revela que el Pontífice le dijo serenamente: “Mira, es lo mejor que me puede pasar, y a vos también”, porque Francisco tiene claro que el martirio forma parte del compromiso adquirido de redimir a los desfavorecidos, asumiendo tan beatífico trabajo con la valentía de los héroes legendarios.

Pero no es el coraje papal lo que trae esta madrugada de Reyes a mi bitácora la pesadumbre, sino la locura de un mundo que no sabe donde camina entre bayonetas de exterminio que alcanzan a este gran pacifista entregado a sus semejantes, como le sucedió a Gandhi, Martin Luther King, Ignacio Ellacuria y a tantos otros cuyo delito fue luchar por la felicidad de los demás.

¿Qué extraña locura invade los corazones de algunas personas para convertirlos en matarifes inclemente y depredadores implacables de sus congéneres? ¿Cuántas guerras faltan por librar entre nosotros para que los seres humanos abandonen las matanzas? ¿En que momento se producirá una deserción masiva de soldados cuando los señores de la guerra los envíen al matadero?

Cristiano el Papa en su complacencia al aceptar la muerte por los hermanos. Testimonial su compromiso personal de vida evangélica. Y grande el papa por la magnitud de su ejemplo. Pero la maldición fatal que pesa sobre la raza humana no evitará que cualquier día caiga rodando por el suelo, sin conseguir que su sacrificio evite la sinrazón de los seres racionales.

DESCUBRIMIENTOS DE LOS CONQUISTADOS

DESCUBRIMIENTOS DE LOS CONQUISTADOS

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Hace hoy 521 años que tres navíos españoles al mando del navegante Cristobal Colón llegaron a la isla bahanameña de Guanahaní, descubriendo que estaban donde no pensaban y convenciendo a los indígenas que no estaban donde ellos pensaban, a golpes de leyes, cristazos y latigazos.

Efectivamente, el descubrimiento de América permitió descubrir a los descubiertos, que no eran lo que consideraban que eran, ni sabían lo que creían saber, ni tenían lo que imaginaban tener, ni estaban donde sospechaban, ni les gobernaba el rey que obedecían, ni adoraban dioses verdaderos, siendo pecadores en pecado sin haber cometido pecado, que debían someterse a un Dios, un rey y una ley, desconocidos para ellos.

Los descubridores españoles descubrieron el nuevo mundo, pero los nacidos en ese mundo nuevo aprendieron con la llegada de los conquistadores lo que nunca sospecharon. Fue tan así, que los aborígenes propietarios de aquellas tierras, descubrieron con la llegada de los explotadores que no eran nativos, sino indios de una India en paradero desconocido.

Los nacidos en montañas y valles conquistados, descubrieron que debían sumisión, respeto y obediencia a un lejano rey que se había adueñado de sus propiedades.

Los conquistados descubrieron que no habitaban la “madre tierra”, ni la “cuna de los vientos”,  sino un territorio llamado América.

Los oriundos descubrieron las ropas, el calzado y la pólvora, dándose cuenta que estaban desnudos, descalzos y desarmados ante los arcabuces reales.

Los indígenas descubrieron que vivían en pecado, mereciendo por ello penitencias terrenales, torturas inquisitoriales y eternas llamas infernales.

Muchos originarios del nuevo mundo descubrieron el dolor de ser quemados vivos por adorar el sol y otros dioses ancestrales que les habían protegido durante siglos de todos los males, con los mismos beneficios que los cristianos habían recibido de su Dios, empeñados en seducir a los desconfiados a cristazo limpio.

ESPAÑOLES

ESPAÑOLES

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Se han ocupado los intelectuales españoles de los últimos siglos en desentrañar el misterio que esconde el alma española, poniendo al descubierto algunas de sus cualidades más representativas, sin excluir el resto de aquellas consideradas menores.

¿Qué determina el ser español? ¿Cuál es la forma de ser, sentir, soñar, vivir y morir de los españoles? ¿Cómo nos relacionamos? ¿En qué nos parecemos y diferenciamos del resto de terrícolas?

Resumamos las respuestas a estas preguntas diciendo con Américo que los españoles somos el producto resultante de fundir cristianos, moros y judíos en un sola raza, con predominio de los primeros, desde que los católicos reyes acabaron con los moros y expulsaron a los judíos del territorio conquistado.

Los actuales ocupantes de la piel de toro procedemos de cruces, recruces y contracruces, religiosas, sanguíneas y políticas, llevadas a cabo por visigodos, musulmanes y hebreos, aliñados con guerras civiles, disputas vecinales, enfrentamientos sociales y desencuentros locales, durante muchos siglos de nuestra historia.

De semejante olla a presión surgimos los españoles del siglo XXI, con muchas guerras civiles latiéndonos en el pecho, sin poder deslindar las tres sangres que llevamos en las venas, derramándolas para cumplir una maldición que sobre nosotros pesa, como pesa la envidia, el individualismo, la desobediencia y la discordia.

Envidia como pecado capital que nos acompaña desde que los íberos se instalaron en Atapuerca, íntima gangrena del espíritu español para Unamuno. Individualismo, cáncer disociativo fruto de la sucesiva fragmentación en mitades sucesivas, hasta llegar a los comportamientos estancos que decía Ortega. Desobediencia, rémora de progreso y encuentro, traducida en críticas y posturas en contra, pero sin autocrítica. Y discordia, extraña afición que Goya expresó a garrotazos en la Quinta del Sordo.