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CELIBATO TRIDENTINO

CELIBATO TRIDENTINO

Concilio-de-Trento

Las ambigüedades del arzobispo de Granada ante los abusos cometidos a menores por algunos clérigos de su diócesis y el esfuerzo de los ortodoxos católicos por mantener el celibato sacerdotal, permiten recordar el ecuménico Concilio de Trento que llevó la abstinencia sexual de sus ministros a los altares del cinismo.

En el Concilio de Trento se le recordó a todos los sacerdotes la obligatoriedad del celibato establecida en el Concilio de Letrán, por si algún clérigo había olvidado clausurar una de las dos funciones que el Dios creador había otorgado al aparato reproductor, debiendo ser utilizado solamente para la micción, aunque gran parte de ellos le hayan dado a lo largo de la historia el doble uso para el que fue creado.

Prohibición que tuvo su gracia entre católicos y no católicos, pues el papa Pablo III que gobernaba la iglesia, convocó el concilio y firmó la prohibición del forniqueo a los curas, tenía cuatro hijos reconocidos y presumiblemente algunos más discretamente apadrinados, mientras hacía cardenales a sus nietos de 14 y 16 años, enredándose el  sucesor Julio III en amores infantiles con su sobrino adoptivo.

Pero también, en dicho concilio, se reforzó el pecado original de la raza humana, exigióse el bautizo como liberación de la caldera infernal, establecióse que solo la iglesia podía interpretar las escrituras, pidióse el culto a los santos, confirmóse la existencia del purgatorio, propúsose el Índice de libros prohibidos, fortificóse la jerarquía eclesiástica, hízose carne de Cristo el pan y su sangre el vino, entre otras mil cosas más, imposibles de resumir en este recordatorio.

Los jefes Pablo III, Julio III, Marcelo II y Pablo IV que gobernaron la Iglesia con mano dura durante aquellos años de concilio, no tuvieron problema en levantar la mano amenazante contra los católicos descarriados por lechos infantiles ni en mandarlos al infierno por mirar hacia otro lado o desobedecer los mandatos conciliares.

El CURIOSO CELIBATO DE PABLO III

El CURIOSO CELIBATO DE PABLO III

Pablo III

Es bien sabido el empeño de la Iglesia-estructura por no hacer lo que dice y exigir a los fieles que hagan lo que ellos no hacen, pero entre todos los incumplimientos destaca por su vulgaridad el celibato, es decir, el empeño en no conocer mujer ni matrimonio, pero dogmatizando sobre ello y estigmatizando a los adúlteros, más a las adúlteras y sin mirar a los pederastas.

Trescientos años después de morir el Redentor, la Iglesia impuso el celibato a sus pastores, algo que los primitivos católicos no hicieron, como tampoco hacen hoy los cristianos protestantes, que no ven justificación doctrinal para ello. Fue en el canon 33 del Concilio de Elvira celebrado en España en el año 305, donde se decretó que todos los obispos, presbíteros y diáconos se abstuvieran de mujeres y de engendrar hijos.

Esto fue confirmado años después en el Concilio de Nicea, recibiendo el espaldarazo definitivo el 11 de noviembre de 1563 en el larguísimo Concilio contrarreformista de Trento, convocado por Paulo III. Curioso papa, como tantos otros, amante del lujo, destacado nepotista y protector de su familia, que nombró cardenales a dos nietos de catorce y dieciséis años, estableció el Santo Oficio y puso en marcha el Índice de los Libros Prohibidos. Pero lo más pulcro y sincero que hizo este papa fue exigir el celibato a los fieles católicos, sin tener en cuenta que él tuvo cuatro hijos bastardos con una noble romana, que fueron legitimados por el sucesor Julio III.

AÑOS SESENTA EN EL INFANTA

AÑOS SESENTA EN EL INFANTA

bien

La conversación con un amigo del Infanta me lleva a la década de mi primera juventud, cuando las tapias, silbatos, poliburós y castigos hicieron posible una amistad duradera entre los que compartimos “pitracos”, listas, recreos, vacunas, misas, capones, “partes” y filas, sin más esperanza que sobrevivir a la desgracia que había llamado prematuramente a nuestra puerta.

Recuerdos imborrables de una década vividos con pasión juvenil en el colpicio, unidos a temores infundidos por los regentes que zarandeaban nuestra indiferencia ante los acontecimientos extramuros que convulsionaban el mundo, como hizo el padre Esteban reuniéndonos en la capilla para rezar por la paz mundial con motivo del bloqueo cubano en la crisis de los misiles.

Fue Marcelino, don Marcelino, quien nos informó después de cenar en el dormitorio, sobre el asesinato de Kennedy, sin que la noticia nos impidiera reunirnos en la “familia” para escuchar “Ustedes son formidables”, antes del toque de silencio y cuando el inspector desaparecía.

Las revueltas en la ciudad universitaria encabezadas por Tierno, Aranguren y García Calvo, las comentábamos en interminables paseos de ida y vuelta por la “ciudad prohibida” comiendo pipas compradas en “la señora”, haciendo carambolas en los billares, tomando cañas de cerveza en la “bodega”, o el “Rumbo” y jugando al futbolín tratando de imitar a Santisteban.

Bailamos las primeras canciones de Lennon, McCartney, Harrison y Ringo, en el “Gua”, “Guetary”, “Consulado”, “Paraninfo”, “Jóvenes” y “Estudio”, donde también sofocamos inquietantes ardores juveniles, hoy tan adormecidos con el paso del tiempo que ni la propia Bibi los haría despertar en el cine Roma.

Rezamos hasta cansarnos “por el éxito del Concilio”; fumamos cigarrillos en la adoración nocturna; nos inquietaron con la eternidad infernal en los ejercicios espirituales; y cantamos “tamtumergos” y “pangelinguas” cada vez que don Hilario se sentaba al órgano, para que nos fuera bien a los intrépidos de “Olimpiada del saber” con Daniel Vindel, mientras Luis Llach, Paco Ibáñez, Raimon, Laboa, Cano y Sisa cantaban otras cosas.

Nadie nos informó de la revolución de Mao ni de los asesinatos de Luther King, Malcolm X y Che Guevara, pero nos arrodillamos pidiendo inútilmente por la salud y vida de Juan XXIII, mientras algunos pasábamos orgullosos del “hipódromo” a las “familias”, como Neil Armstrong de la Tierra a la Luna.

A quienes fundamos el curso de Preuniversitario, nos daba impronta de poderío poder fumar sin escondernos en váteres, ni tirar las tobas ante la presencia del inspector, y nos alentaba más saltar por la ventana de la primera “familia” los domingos por la noche, que ir a una manifestación contra la guerra de Vietnam o ver cómo se levantaba en Berlín el muro de la vergüenza, porque nosotros teníamos nuestra propia tapia cercando el colpicio.