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CAMBIÓ PODER POR VIDA PADRE

CAMBIÓ PODER POR VIDA PADRE

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Sería reconfortante creer que el rey Eduardo VII renunció al poder por amor, pero la realidad parece bien distinta porque cuando se autodestronó mantuvo privilegios, sueldo y favores de rey, sin tener complicaciones de reinado que perturbaran la buena vida que se pegó tras abdicar un día como hoy de 1936, diciendo: “No puedo soportar la pesada carga de responsabilidad y desempeñar mis funciones como rey, en la forma en que desearía hacerlo, sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo”. Vale, pues.

Efectivamente, Edward reinó solamente 325 días porque una de las señoras casadas cautivadas por este mujeriego enfermizo, le convenció que vivirían juntos mucho mejor sin complicaciones cortesanas, como así fue desde que contrajo matrimonio con la doblemente divorciada Wallis Simpson, célebre estadounidense que compartiría con él los placeres de la vida y el ducado de Windsor.

Su simpatía con los nazis enervó al primer ministro Winston Churchill que montó a la pareja en un barco que los llevara a las Bahamas, donde Eduardo ejerció de gobernador, al olerse que Hitler contaba con él para reinar en el Estado fascista inglés que pretendía.

Tanto en las islas gobernadas como en su ajetreada vida europea, pasearon su amor por diferentes países, en fiestas millonarias, lujosas mansiones, viajes en el Oriente Express, castillos engalanados y hoteles de cuarenta estrellas, yantando, libando, cantando y bailando, con el dinero de los contribuyentes ingleses, desconocedores de sus excentricidades.

PROCESO DE NÚREMBERG

PROCESO DE NÚREMBERG

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Mientras los medios de comunicación recuerdan que hace hoy tres años los populares arrasaron en las urnas,  setenta y ocho años que murió el líder falangista José Antonio y treinta y nueve años que el generalísimo Franco dejó pacíficamente su vida en una habitación del pazífico hospital madrileño para irse a descansar al católico valle de los muertos junto a miles de caídos en la contienda bélica ganada por él, yo prefiero recordar que un día como hoy de 1945 comenzó en la ciudad alemana de Núremberg el juicio a los nazis vencidos en la segunda gran barbarie mundial.

Diecisiete naciones acordaron procesar y juzgar a veintiún representantes del Tercer Reich responsables de la muerte de millones de ciudadanos, con la ausencia del jefe Hitler que decidió irse de este mundo por la puerta de atrás pegándose un tiro en la misma cabeza donde brotaron sus maléficas ideas, desparramando los sesos por distintas partes del planeta, sin que los terrícolas hayan escarmentado, y sigan a tiro limpio unos contra otros, en distintas partes del satélite solar.

El resultado final de nueve meses de interrogatorios y testimonios, fue que once de los acusados marcharon en fila india camino del patíbulo, siete durmieron durante años en la cárcel y tres de ellos pudieron seguir paseando libremente por las calles alemanas, arrastrando su mala conciencia.

Pero la noticia más sorprendente que ahora percibimos con perspectiva histórica, no fueron las sentencias judiciales, sino que el genocida Stalin fuera el promotor del juicio, en contra de la opinión de Churchill y Roosevelt que optaban por fusilar a todos los criminales nazis de forma directa e inmediata.

Nuremberg fue lugar elegido por exclusión de los demás, pues era el único palacio de Justicia alemán que reunía las condiciones para el juicio tras la contienda, ya que todos los demás estaban en ruinas o inhabilitados para albergar semejante juicio.

PARADOJAS Y MENTIRAS IMPUNES

PARADOJAS Y MENTIRAS IMPUNES

La teoría de los contrarios explica que la historia cabalga dialécticamente a dos patas que saltan juntas hasta su síntesis, sin que ambas se rocen en el indicio de la andadura, pues la tesis va por su camino sin contaminarse con la antítesis hasta línea de meta, donde ambas se funden en el siguiente escalón.

Pero sucede algunas veces que los apoyos iniciales de los opuestos se mantienen en su sitio como vías de un tren, unidos por traviesas, que no llegan a rozarse, haciendo de la contradicción, sorpresa; y de la verdad incuestionable, una paradoja desconcertante.

 Así, sucede que el líder alemán Hitler no era alemán; el francés Bonaparte tampoco era francés; la amante del antisemita Mussolini era judía; Che Guevara fue declarado inútil para el ejército argentino. Y el hijo de Dios nació en tierra desértica y sin nieve, para que los occidentales universalizásemos la Navidad con nevadas, y los mercaderes que expulsó del templo hagan su agosto en diciembre.

Otro orden de contradicciones también pone en evidencia la teoría de los contrarios, aunque en este caso la síntesis a que conducen los extremos reproduzca situaciones más penosas de las producidas en la segunda gran guerra, convirtiendo las palabras de Churchill en un juego de niños, pues a la “sangre, sudor y lágrimas” del inglés, se añade la impotencia, abuso, cinismo, explotación, indignación, frustración, ruina, pobreza, paro, miseria y hambruna.

“Mejoraré la sanidad”, dijo el político antes de ordenar los recortes sanitarios. “Promoveré la educación” aseguró el mentiroso antes de cerrar las escuelas. “Mantendré el IVA” prometió el candidato antes de subirlo. “Perseguiré el fraude fiscal” juró el electorero antes de amnistiar a los defraudadores. “No mentiré a los españoles”, afirmó el politiquero antes de guardarse en un saco todas las verdades.

Ante tanta contradicción, mentira y paradoja, sólo nos queda cerrar la calle con barricadas para abrir el camino hacia una verdadera democracia, donde la impunidad de políticos corruptos, despilfarradores, usureros, cínicos y estafadores, no sea más que una página negra en los libros de historia contemporánea.