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HARTURA COMUNERA

HARTURA COMUNERA

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No está claro si fue una rebelión antiseñorial, un movimiento contra la fiscalidad, una protesta por la evasión de capital o la disconformidad con el emperador flamenco, pero los comuneros de Castilla llevaron a cabo la primera revolución burguesa que abriría el paso a todas las que vinieron después y a las que están por venir.

Antes del levantamiento, los comuneros hicieron el último esfuerzo de conciliación un día como hoy de 1520 enviando a Bruselas dos mensajeros a parlamentar con el rey para exponerle las demandas de los castellanos, pero don Carlos los expulsó del castillo a cinturazo limpio sin permitirles decir palabra, abriendo paso a la revolución comunera.

No admitían los nativos que su rey lo fuera por la autogracia que lo fue, que viviera a dos mil kilómetros de Castilla, que los cosiera a impuestos, que gastara las rentas locales en otros reinos, que no hablara castellano, que gobernara con flamencos de Flandes, que las Cortes no fueran la primera Institución del reino y que los procuradores no fueran elegidos por el pueblo.

La rebelión comenzó con pasquines a las puertas de las iglesias donde podía leerse: “Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor”. Pero la revolución acabó con las cabezas de los cabecillas Padilla, Bravo y Maldonado, colgando de un mástil en Villalar, para escarnio de todos y temor de propios que apretaron aún más los puños.

EL VIOLENTO DON CARLOS

EL VIOLENTO DON CARLOS

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La boda del príncipe Felipe en Salamanca con su doble prima María Manuela de Portugal fue organizada por el emperador Carlos para hacerse con la importante dote de la esposa y estabilizar la península ibérica, sin prevenir que su nieto le daría al futuro Felipe II más quebraderos de cabeza de los esperados por el imprudente rey prudente.

Efectivamente, el débil, cheposo, enfermizo, piernicorto, violento, soberbio y caprichoso principito de Habsburgo, quedó a los cuatro años en manos de familiares y tutores por muerte prematura de su madre María Manuela y permanentes ausencias familiares del rey padre.

La enfermiza y obsesiva endogamia real tuvo mucho que ver en las excentricidades del príncipe, pero también influyó su caída escaleras abajo en palacio cuando tenía 17 años, que obligó a trepanarle la cabeza, incrementándose sensiblemente sus tontunas y gratuitas crueldades.

Es decir, que la orfandad materna, la trepanación, el abandono paterno, la contaminación sanguínea y el consentimiento de los educadores, hicieron de Carlitos un pequeño salvaje con descerebradas costumbres como asar liebres vivas, cegar caballos a cuchillo, decapitar ardillas a dentelladas, azotar vasallas, quemar casas de súbditos o tirar criados por las ventanas para divertirse.

A pesar de todo ello, los sufridores españoles de entonces tuvieron suerte, porque el futuro rey murió un día como hoy de 1568 a los veintitrés años de edad en dudosas circunstancias tras ser encerrado en sus aposentos carcelarios por su padre Felipe II, al colmar el vaso de la paciencia real con su intento de apuñalar al duque de Alba cuando este fue enviado a Flandes, contraviniendo el deseo principesco de ir allí a divertirse.

Mucho se habló en los mentideros sobre la posibilidad de que Felipe II asesinara a su hijo cuando estuvo recluido, envenenándolo, estrangulándolo o decapitándolo, pero nada pudo demostrarse, quedando para la historia su dudosa muerte y la certeza de que Felipe III ocupó su lugar, demostrando este rey ser menos violento que su primogénito hermano, pero más tonto que él.