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CARNE DE CAÑÓN

CARNE DE CAÑÓN

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La historia es pródiga en guerras donde mueren a paladas millones de ciudadanos anónimos que son utilizados como carne de cañón por quienes no pisan el frente de batalla, ni pegan tiros, ni corren riesgos, ni dejan huérfanos y viudas, ni sufren amputaciones, ni quedan ciegos, ni utilizan sillas de ruedas tras las explosiones.

Cientos de millones de personas de todo el mundo han muerto en guerras, donde la barbarie humana muestra su peor cara a los indefensos ciudadanos, sin que tengamos noticias de reyes, jefes de gobierno o ministros, que estén sufriendo rasguños en su delicada piel, tras combatir en las trincheras.

La historia viene de lejos, pues ya en la conquista española del cono sur, los virreyes utilizaban indígenas para luchar contra sus propios hermanos indios, que caían como moscas por los dos bandos, una vez doblegados los rebeldes a la dominación española, aunque la historia nos la hayan contado de otra manera.

Los jefes que allí quedaron aprendieron tan bien el mensaje que los negros argentinos ocuparon la primera línea de fuego en la lucha por la independencia. Negros fueron también los brasileños que cayeron en su guerra con Paraguay. Y miles de indios peruanos y bolivianos tiñeron de sangre la tierra en la guerra contra Chile.

Los gobernantes que dan la orden de ataque permanece en los despachos enviando los ciudadanos al matadero, sin percibir que dar la vida por la patria no es ofrecer la muerte por ella en una guerra, sino trabajar por su engrandecimiento, progreso y bienestar.

11 – M

11 – M

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Eran las 7:37 h. del 11 de marzo de 2004, cuando explosionaron las tres primeras bombas asesinas, ocultas bajo los asientos del tren 21431 que se encontraba estacionado en la vía 2 de la estación de Atocha, convirtiéndose en macabro preludio de los otros siete artefactos que un grupo de vesánicos descerebrados dejaron abandonados en los trenes, llevándose por delante a 192 ciudadanos inofensivos, indefensos, inocentes y pacíficos.

Esta barbarie ha dado fama universal y eterna al numerónimo 11-M, como testimonio de cruel matanza irredimible, porque no hay Dios que perdone la salvajada realizada por animales pertenecientes a una raza todavía por definir, pues los depredadores, sabandijas y alimañas tienen más nobles sentimientos que los sanguinarios autores de semejante bestialidad.

Cuerpos partidos en pedazos, piernas diseminadas entre los raíles, brazos amputados colgando de los postes, luto de sangre en uniformes policiales, impotencia en manos de bomberos, huellas de locura en ropa de voluntarios y lágrimas negras en pupilas enrojecidas de dolor por la rabia contenida.

Vino luego el indigerible cóctel de la confusión formado por Titadine, Goma-2 Eco y datos erróneos que alimentaron teorías conspirativas no disueltas con las palabras del portavoz batasunero Arnaldo Otegui desvinculando totalmente a ETA de la masacre, ni canceladas con el comunicado que la propia ETA envió al diario Gara y a Euskal Telebista negando cualquier responsabilidad en el atentado, ni olvidadas con la sentencia judicial, que aún sobrevuelan como buitre negro de catástrofe entre los incrédulos.

Y, finalmente, el testimonio de un pueblo más reflexivo y maduro que sus dirigentes, sin que los mandamases se hayan dado por enterados y continúen insultando el sentido común de los ciudadanos que hacen cola en los colegios electorales, para gritarles una vez más en las urnas lo que no entendieron tras los detestables atentados de hace diez años.

Pero cientos de poetas anónimos desempolvaron el arpa dormida
bajo la corteza del dolor,
para cantar nanas redentoras de aflicción con arpegios solidarios, acompañando las almas
truncadas que tomaron el tren aquella mañana para ir al trabajo, ignorando la tragedia que les esperaba bajo los asientos.

¿FIESTA NACIONAL? NO, GRACIAS

¿FIESTA NACIONAL? NO, GRACIAS

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Perdida mi juvenil afición a las corridas de toros, no acepto que se llame fiesta nacional lo que es tristeza abrumadora ribeteada con sacrifico animal público, cual auto de fe medieval que exige pasodoble, sol, clavel, puro y bullicio como un circo romano donde verdugo y víctima han invertido los papeles, pretendiendo hacer cultura de la barbarie, mostrando el listado de intelectuales que han aplaudido el martirio.

Sabiendo el arte generado por esta inmolación nacional, conociendo la música que ha inspirado, habiendo leído muchas páginas literarias sobre ella y viendo el aplauso otorgado por algunos artistas al duelo trágico, público y desigual entre el hombre y la fuerza bruta, sigo sin comprender que se llame fiesta nacional al rito sangriento de sacrificar burlescamente un animal en la plaza, coreado por seres humanos sobrados, espesos y desocupados.

Tras el ceremonial previo de vestido y maquillaje, con ajuste de machos incluido, oración solitaria en la capilla pidiendo ante cien estampas el desamparo del toro en beneficio de la salvación propia y una vez realizado el paseíllo triunfal por la arena del circo, comienza el espectáculo de masas más antiguo de España.

No puedo compartir la celebración de una fiesta pública de tortura animal, que utiliza un trapo coloreado para engañar sin esfuerzo la brutalidad de la bestia; que emplea una puya piramidal para desangrar y doblegar al animal; que clava en su carne arpones hirientes y desgarradores en el cerviguillo del toro; que atraviesa con un largo acero, doblemente aguzado, puntiagudo y curvo, el dolorido cuerpo del morlaco buscando el corazón; y que utiliza un verduguillo para seccionar su médula espinal.

Por mucho traje de luces, pasodobles, ovaciones, silbidos, pañuelos, colores y cascabeles que se pongan a las mulillas, la fiesta nacional es el más triste espectáculo anticultural que contemplarse pueda, por muchos aspavientos que hagan los interesados en que continúen los pesarosos, atribulados, sangrientos y ancestrales festejos taurinos.

AL HOULA

AL HOULA

A la ciudad de Al Houla le cabe desde el viernes pasado el triste honor de estar incluida en la lista de ciudades malditas, donde la barbarie ha desatado su más abominable crueldad contra indefensos ciudadanos, cuyo único delito es haber nacido en un país tiranizado por sanguinarios al servicio de la sinrazón.

Tanto si la acción salvaje ha sido perpetrada por milicianos de Al Asad como si se trata de grupos terroristas descerebrados, tiene que haber condena perpetua a galeras, sin indulto posible ni redención de pena, para los matarifes que asesinaron a puñaladas y golpes de hacha a hombres, mujeres y 49 niños inocentes,  por mucho que aleguen ante la justicia “obediencia debida”.

Tengo dos amigos sirios de generaciones diferentes, uno médico y el otro estudiante, Raduan y Omar, con el pensamiento de luto, el corazón ensangrentado, los lagrimales secos y el alma suspendida por la incertidumbre de saber si los padres y hermanos que allí quedaron, sobrevivirán a las matanzas.

Hoy quiero estar más que nunca a su lado, rezando en mi descreencia por los familiares que en Siria esperan su turno en la morgue y por todos los vecinos que castañean los dientes de miedo en sus casas, a la espera de ser reducidos a cenizas o descuartizados por armas negras.

Pido irracionalmente a Yavé, Alá o cualquier otra deidad que consuele los espíritus de quienes aún viven, porque para los asesinados la redención es imposible. Y me abrazo solidariamente al dolor de estos dos amigos y de cuantos en la distancia se inclinan cada día hacia la Meca para implorar a un Dios que condena esta locura. Amén.