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ME DUELE PARÍS

ME DUELE PARÍS

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Leo con estupor lo sucedido ayer en París y el corazón no me responde. Veo las imágenes mortuorias en la televisión y se me nubla la vista. Oigo el grito de ¡Alá es grande! y se me endurecen los tímpanos hasta la sordera. Pongo la mano sobre el Corán y encallecen las yemas de los dedos.

Me duele el centenar de víctimas inocentes que ha dejado un reguero de sangre en las calles parisinas, abierto por vesánicos disparos de quienes gritan hasta enronquecer la grandeza de Alá desde su pequeñez mental, convencidos en la venturosa felicidad que les espera en inexistentes paraísos.

Me duele el peregrinaje de miles de personas que deambulan sonámbulas, sin futuro ni paradero, de frontera en frontera y de campo de refugiados en campo de refugiados, con los hijos en brazos, huyendo de matanzas provocadas por los señores de la guerra desde sus despachos, impasibles al dolor ajeno.

Me duelen las sonrisas del trío de las Azores y su frialdad reconociendo que con sus cínicos polvos provocaron lodos de sangre que ahora se expanden como plaga bíblica, sin que a los palacios donde habitan les llegue el barrizal sangriento de la venganza terrorista amamantada en el estado islámico

Me duele la impotencia del Estado ante los atentados terroristas, porque siempre habrá un alienado dispuesto a salpicar las pareces con sangre ajena, sembrando el pánico en una población sin culpa de la pena que impone la barbarie de mentes abducidas por doctrinas manipuladas.

Me duele la impunidad de quienes aprietan los botones mentales de ciudadanos ignorantes y predican violencia contraria al mandato islámico de paz, pues no en vano el Profeta Muhammad reiteró el mensaje de Dios cuando dijo: «Ustedes no entrarán al Paraíso hasta que crean, y no creerán hasta que se amen unos a otros”.

11 – S

11 – S

Atentado-a-las-torres-gemelas

Hace hoy catorce años que el yihadismo de Al Qaeda hizo temblar al mundo, horrorizó al sentido común, alentó el peor instinto de venganza en los sobrinos del Tío Sam y paralizó las conexiones neuronales de la raza humana, viendo estrellarse dos aviones suicidas contra los rascaleches de Miguel Hernández y otro contra el edificio pentagonal desde cuyos despachos se envían soldados al matadero.

En el atentado murieron 3.000 personas inocentes que nada tenían que ver con las reivindicaciones terroristas y otras 6.000 quedaron heridas sin culpa alguna de las quejas expresadas por los suicidas antes de emprender el inexistente viaje al encuentro con Alá, en las cajas mortuorias que estrellaron contra las presuntuosas torres gemelas.

Algo de terrorífico tiene el terrorismo que lo hace detestable, por mucho que los terroristas pretendan justificar el terror que infunden con sus acciones terroristas.

Algo de injusto tiene el terrorismo llevándose por delante la vida inocentes o mutilándolos, para que los matarifes pongan muertos y heridos en las mesas de negociación.

Algo de irracional tiene el terrorismo cuando el fanatismo y la incultura se apodera de la voluntad de los pistoleros, artificieros y bombas humanas para sembrar el terror.

Pero, también, algo de invencible tiene el terrorismo cuando lo practican suicidas que se consideran mártires que pasarán a la historia o irán directos a virtuales paraísos, existentes solamente en las mentes de quienes se inmolan pensando en la felicidad eterna.

AL HOULA

AL HOULA

A la ciudad de Al Houla le cabe desde el viernes pasado el triste honor de estar incluida en la lista de ciudades malditas, donde la barbarie ha desatado su más abominable crueldad contra indefensos ciudadanos, cuyo único delito es haber nacido en un país tiranizado por sanguinarios al servicio de la sinrazón.

Tanto si la acción salvaje ha sido perpetrada por milicianos de Al Asad como si se trata de grupos terroristas descerebrados, tiene que haber condena perpetua a galeras, sin indulto posible ni redención de pena, para los matarifes que asesinaron a puñaladas y golpes de hacha a hombres, mujeres y 49 niños inocentes,  por mucho que aleguen ante la justicia “obediencia debida”.

Tengo dos amigos sirios de generaciones diferentes, uno médico y el otro estudiante, Raduan y Omar, con el pensamiento de luto, el corazón ensangrentado, los lagrimales secos y el alma suspendida por la incertidumbre de saber si los padres y hermanos que allí quedaron, sobrevivirán a las matanzas.

Hoy quiero estar más que nunca a su lado, rezando en mi descreencia por los familiares que en Siria esperan su turno en la morgue y por todos los vecinos que castañean los dientes de miedo en sus casas, a la espera de ser reducidos a cenizas o descuartizados por armas negras.

Pido irracionalmente a Yavé, Alá o cualquier otra deidad que consuele los espíritus de quienes aún viven, porque para los asesinados la redención es imposible. Y me abrazo solidariamente al dolor de estos dos amigos y de cuantos en la distancia se inclinan cada día hacia la Meca para implorar a un Dios que condena esta locura. Amén.