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Mes: enero 2018

CULOS Y TÉMPORAS

CULOS Y TÉMPORAS

Toda valoración de personas concretas tiene en sí misma una componente subjetiva que mediatiza, condiciona y determina el juicio pronunciado sobre alguien, negando al opinante una parte de verdad, algo que se acentúa cuando la opinión se vierte en base a la militancia política o adscripción religiosa del sujeto enjuiciado, porque el fanatismo suele cegar el buen sentido confirmando las ideas obsesivas que dominan la voluntad y discernimiento del enjuiciador.

Quienes esto hacen, confunden las nalgas con los cuatro tiempos litúrgicos de plegaria y penitencia, estando obligados a pasar por el sillón del psicoanálisis para eliminar fantasmas, dejarse trepanar la mente para coagular errores y resecar la retina atrofiada que le impide ver la realidad, interfiriéndose en su cerebro culos y témporas, por ofuscación que nubla su entendimiento.

Las malas entendederas de quienes confunden conceptos, actitudes y comportamientos de otras personas, merece el desprecio cuando el malentendimiento es premeditado con objeto de zaherir a la persona que sufre sus denuestos.

Por eso, opinar, identificar y definir personas a partir de la ideología adscrita a su militancia o credo correspondiente, conduce frecuentemente a error, pues la experiencia nos enseña que la “ficha” ideológica no implica necesariamente compromiso alguno del militante con la doctrina que dice sostener, por muy vinculado que se encuentre el encausado a la organización social, política o religiosa que patrocina su credo, algo que nos permite concluir que la valoración a las personas debe hacerse por su condición humana y no por su militancia en la ideología que patrocina.

Los confusionistas deben saber que mezclar en el mundo ovino churras con merinas produce lana de baja calidad, y entrelazar gimnasia con magnesia conduce a dislocación mental, como le sucede a estos seres con lengua viperina.

ALDEA MENTAL PERNICIOSA

ALDEA MENTAL PERNICIOSA

Aldea mental perniciosa es el espacio virtual ocupado por la neurona que rebota en la superficie interior del cerebro donde habita, sin otro oficio que darse contra las paredes del cráneo hasta caer noqueada en la cisura de Rolando sin esperanza alguna de que el hospedero recupere el sentido común perdido.

Las personas que padecen esta dolencia son tradicionales en sus gustos y conservadores en sus preferencias. Confunden limosna con solidaridad, amor con sexo y lealtad con sumisión. Viven de la opinión ajena y de comadreo se sustentan. Temen los cambios y le asustan más las novedades que el pedrisco.

Como sólo conocen un tiempo verbal, son incapaces de vivir el presente y bucear en el futuro para ganar la vida de quienes vienen detrás. No pueden imaginar la parte oculta de un iceberg, y su miedo irracional a lo desconocido les impide asomarse al exterior por el ojo de la cerradura.

La creatividad no tiene espacio en su territorio. Se pasan media vida mirándose el ombligo, y la otra media delante del espejo como narcisos anacrónicos. La escasez mental de tales sujetos les aconseja, por ejemplo, contratar danzarinas más altas para evitar que bailen de puntillas.

El individualismo enfermizo, la ignorancia de los derechos, el incumplimiento de las obligaciones, la demonización de los oponentes, y la institucionalización de la chapuza, son otras señas de identidad de los aldeanos mentales, a las que pueden añadirse la anorexia cultural, la falta de diálogo, el hermetismo social, la tristeza ambiental, la banalización de las cuestiones, la descontextualización de los problemas, la superficialidad y el galapaguismo.

Pero tal aldea mental también tiene sus cortijeros y taifas medievales con terreno abonado para el amiguismo y las reboticas. Los unineuronales empalizan la aldea para evitar que nada beneficioso llegue a ella, ni pueda salir lo que sobre. Bloquean los caminos que facilitan el acceso a la villa e impiden el desarrollo de un comercio moral para salvaguardar la identidad que les falta.

EL OIDOR DE LA PIEDRA

EL OIDOR DE LA PIEDRA

Solamente un soñador, romántico inusual, espíritu libre, creador ensimismado, y enamorado del oficio puede oír la voz de la piedra rústica y abandonada en canchales, riberas, arcenes, muladares y sentinas, cuando la materia inerte habla de los perfiles y formas ocultas en la pedregosa médula, como le sucede a Severiano Grande en sus conversaciones con guijarros inanimados para el resto de los mortales, que el gran Seve hace hablar con juvenil espíritu, sustentado en frágil cuerpo de ochenta años que con humor pasea por su taller de Mozárbez junto a Isabel, inseparable compañera que embridó un desbocado aliento abandonado.

Este escurialense salmantino, peregrino incansable por distintas geografías, terminó avecinado en campo charro vecino a Salamanca, donde tiene espacio el santuario de sus creaciones, entre multiformes bloques de piedra, incipientes bocetos, roldanas encadenadas, raíles de transporte y silencio cenobial .

En ese oratorio escultórico pasa Seve los días con infatigable denuedo, pues nada le complace más que la escultura y la poesía, de la que su hermano Félix es vivo recuerdo en su memoria, prestamista poético y faro en las turbulentas agitaciones anímicas de su espíritu inconformista, izquierdista y socialista sin militancia partidista.

Zacarías González y Manuel Gracia le enseñaron a manejar los pinceles, y Damián Villar, el barro. Pero fue en el taller barcelonés de Capdevilla donde quedo definida su vocación escultórica hacia el cincel y la maceta, siendo vigilado de cerca por un guardia civil mientras esculpía el monumento a la benemérita que se expone en el Cuartel de Gracia, tallado en piedra de Bará.

No es grande Seve por su apellido, sino por la grandeza de su alma, la generosidad de su espíritu, la humildad de su carácter, el amor al oficio, la sensibilidad artística, el gesto de galanura, la sabiduría de su palabra y el compromiso social que impregnó su juventud y ahora mantiene, en su octogenario cumpleaños.

La pasión de Severiano por la piedra da vida, cuerpo menudo y alma al alma grande, donde guarda la pequeña frustración de no haber cumplido su voluntad de vivir en Egipto, tierra madre prometida que ignora su epitafio, donde no asentará el mausoleo ya dispuesto en el jardín, cual tótem tallado por su mano, declarándole hombre honrado.