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Año: 2013

ENTRE TODOS

ENTRE TODOS

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No acostumbro a sentarme delante del televisor, salvo para informarme de lo que no me gustaría saber, a través de noticias que hacen retemblar el alma de indignación, con imágenes y palabras que despiertan sentimientos enfrentados a la razón que nos falta, sostenidos con razones que nada justifican, aunque pretendan explicarlo todo.

El azar me puso en la sobremesa de ayer ante la pantalla del televisor, donde una mujer con zapato plano y frescura juvenil, festejaba llamadas telefónicas de televidentes solidarios gritando “¡Tooooma!”, “¡Vámonoooos!” y otras expresiones acompañadas de rotundos gestos, mientras el auditorio respondía entusiasmado: “¡Llamada!”, cuando ella preguntaba: “¿Qué tengo?”.

No es fácil explicar el contradictorio sentimiento que despertó en mí el programa, por nutrirse con excesivas lágrimas, mostrar dolor al descubierto y aprovechar la baratura sentimental, mezclado todo con donaciones anónimas, solidaridad doméstica y respuesta de los ciudadanos a la llamada del vecino, mientras el Gobierno mira para otro lado.

Vinieron a mí recuerdos juveniles de Alberto Oliveras y su programa radiofónico “Ustedes son formidables”, que parcheaba desgracias a falta de recursos públicos para redimir a los marginados, sustituyendo derechos por caridad, mientras enjugaba con lágrimas las injusticias sociales.

Debemos salvar la dignidad humana en el escaparate público, preservar el anonimato de los menesterosos, guardar la confidencialidad de los empobrecidos y no hacer espectáculo con la desgracia ajena; pero también debemos alzarnos contra la injusta distribución del dinero común, para evitar que aumente un 27,9 % la asignación a los partidos políticos pasando de 66,2 millones de 2013 a los 84,7 del próximo ejercicio, mientras la sanidad se degrada, la educación se desprecia, las estafas se consuman y se abandona la ayuda a la dependencia.

ACOSO LABORAL

ACOSO LABORAL

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El cobarde, injusto, abusivo y detestable acoso laboral del patrón a los subordinados, tiene como finalidad producir miedo en los trabajadores, para lograr el sometimiento incondicional de los asalariados a su voluntad o conseguir la renuncia de estos al puesto de trabajo.

Para alcanzar su objetivo, los acosadores utilizan sutiles métodos de hostigamiento y violencia psicológica, nunca siempre fáciles de demostrar, porque muchas agresiones se disfrazan con insinuaciones confusas, ambigüedades calculadas o amenazas privadas, sin testigos, ni grabaciones, ni documentos, que permitan demostrar el acoso, negado siempre por quienes lo practican.

El sueco Leymann optó en los años ochenta por llamar mobbing lo que no era más que persecución, dulcificando el término para limar las espinas de palabras como cazar, acorralar, cercar, intimidar o atenazar, que se clavan en el cuerpo y alma del 15 % de los trabajadores en activo, elevándose esta cifra en la mujeres.

Los jefes enmarcan el acoso en la legalidad, asignando al trabajador acosado objetivos difíciles de alcanzar, fijándole plazos imposibles de cumplir, dándole sobrecarga de tareas, rebajándolo de categoría profesional, modificándole sus responsabilidades, asignándole labores ingratas, discriminándolo en el trato personal, ninguneándolo, ocultándole información para inducirle al error, infravalorando su trabajo, bloqueando su carrera profesional o rechazando sistemáticamente sus ideas.

El acoso tiene su origen en causas muy diversas, que pueden ir desde la divergencia política, religiosa o sexual, hasta la negativa del trabajador a participar en acciones deshonestas, pasando por rebelarse ante la manipulación, tener otra nacionalidad o ponerse enfermo.

En todo caso, se trata de un abuso jerárquico que lleva al deterioro personal, desgaste profesional y quiebra psíquica del acosado, concluyendo en angustia, depresión, insomnio, irritabilidad, inseguridad, desestimación, quiebra familiar, paro y soledad irreparable, sin causa oficial que justifique la ruina personal del trabajador hostigado.

IMPRESIONES BILBAÍNAS

IMPRESIONES BILBAÍNAS

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Matutina ofrenda floral ante el busto del sentidor vasco, junto a la calle Ronda, y recuerdos vespertinos compartidos en el teatro de Bidebarrieta.

Espacio mágico de singular belleza recogiendo palabras y nostalgias unamunianas, acompañados de don Miguel como testigo en el palco.

Bilbaínos y bilbaínas desbordando amabilidad, cortesía y disponibilidad para hacer agradable la estancia del forastero en su territorio.

El tunecino Mohamed doblegando el empeño del Mac por evitar que las imágenes llegaran a la pantalla y poniendo micrófonos a la palabra.

Mástil con la ikurriña ondeando en medio de la plaza, amparando en su base tertulias en castellano y diálogos al alcance de todos los tertulianos.

Recuerdos a Iñaki Azcuna por los todos los rincones y afecto hacia él compartido por un foráneo despistado que dejó el encargo de un abrazo.

Bacalao al pil-pil de almuerzo y merluza a la vasca como cena, regados ambos con txacolí, haciéndose los tres manjares sabores inolvidables en el paladar

Policías locales organizando el tráfico durante la redada, ertzaintzas aparcados lejos del teatro de operaciones y guardias civiles dando la cara para que se la partan.

Colombianas, marroquíes, peruanos y maquetos, sudando complacientes en bares, transportes, comedores, hoteles, barcos y despachos.

Un tranvía opaco al exterior por cristales tintados, paseando por el Arenal, contemplando la ría y saludando al Guggenheim a su paso.

Días cálidos y luminosos que sorprenden a los turistas, perdidos entre las “siete Calles” con rumores de amor en los miradores y balcones.

BILBAO HUELE A UNAMUNO

BILBAO HUELE A UNAMUNO

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Hasta Bilbao me ha traído su Ayuntamiento para hablar de Unamuno a los paisanos del vasco más universal, que elogió su ciudad de nacimiento hasta el punto de hacer imposible comprender la villa del Nervión sin su presencia.

Acomodó Unamuno en Bilbao el origen, cuna de cuanto fue y crisol de esperanzas que cristalizaron luego en Salamanca. Pero fue Bilbao, villa fuerte y febril, hija del abrazo del mar con las montañas, cuna de ambiciosos mercaderes, esperanza por venir, hogar de su alma y tierra donde posó su joven corazón, para que hiciera de él cuanto fue.

Y en Bilbao quedó su alma, manantial de fuerza espiritual y nutriente de inextinguibles ansias y anhelos insaciables. El mirador de la vida con labios de madre que dejó en su espíritu historias de eternidad. Relicario de memorias infantiles palpitantes en su bochito, el suyo, que guardó el mundo de su infancia y juventud. Nido de niñez, rincón querido, en que ensayó con ansia el primer vuelo, entregándonos el alma de la edad primera donde se albergan recuerdos de esperanza y de consuelo, cuando era inesperaba la eternidad que guardaba el  porvenir.

Pocas cosas más melancólicamente sugestivas que volver al viejo hogar nativo del sentidor, donde rodó su cuna en los días en que no creía en la muerte. Retorno al cuarto de su infancia y a la cama que le brindaba reposo, como a un altar de ensueños, ilusiones y anhelos.

Tendido sobre tal relicario, acuden a la memoria recuerdos de su infancia, mientras el txistu desgrana ecos derritiendo el silencio, para traerme la primera nota de su vida.

DERECHO A MORIR

DERECHO A MORIR

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Traslado a esta bitácora lo que dije a un amigo el otro día, durante el debate que mantuvimos sobre la eutanasia, para no esconder mi opinión a los lectores de este blog sobre un tema tan real como inquietante, y doloroso como inevitable.

No coincide la eutanasia con la asistencia a un suicidio compasivo o la sedación paliativa a enfermos irreversibles en las puertas del gran viaje, siendo una acción u omisión que acelera la muerte de los enfermos desahuciados para evitarles sufrimientos adicionales, con su permiso y solicitud, o el otorgamiento de familiares, cuando el paciente ha dejado de ser quien era.

La Organización Mundial de la Salud añade al debate un punto esencial, exigiendo que los pacientes terminales hayan expresado “el deseo competente y libre de ser asesinados”. Algo que ya distingue la eutanasia de las otras formas, estableciendo así el derecho de las personas a morir, al considerar que no se puede obligar a vivir en contra de la voluntad del afectado, pero tampoco obligarle a morir sin su consentimiento, como sucede en la pena de muerte.

Esto nos lleva a condenar la pena de muerte, pero también a rechazar de la pena de vida a las personas que expresen libre y conscientemente su voluntad de ser ayudados a dejar este mundo sin dolor y cuanto antes.

Conclusiones hay que lo explican porque nada reporta continuar sufriendo unos días más cuando ya el revisor del tren de la vida nos ha picado el billete para el eterno viaje, porque si el dolor no lleva a curación alguna, es inútil prolongarlo, algo que no cuestiona la sagrada misión del médico por salvar la vida del enfermo, cuando ésta es insalvable.

LOUIS PASTEUR

LOUIS PASTEUR

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Con la muerte del químico francés Louis Pasteur, hace hoy ciento dieciocho años, se inició la microbiología moderna, se industrializó la pasteurización de la leche, pasó al olvido la generación espontánea y cobró fuerza la teoría germinal de las enfermedades infecciosas.

A lomos de este científico llegaron a nosotros las vacunas, los antibióticos, la esterilización y la higiene, como métodos probadamente eficaces para evitar que las enfermedades infecciosas acamparan con plena libertad por rincones de la sociedad y hospitales, dando paso a la medicina científica.

Mediocre estudiante, sin afición alguna hacia la química, vivió Pasteur en su juventud la frustración de no ser profesor de arte, para gozar en la madurez de la fama otorgada por desvelar el misterio del desdoblamiento del ácido tartárico, mientras el tifus se llevaba por delante la vida de dos de sus cinco hijos.

Cuando el pequeño Joseph Meister iba a morir irreversiblemente al ser mordido en 1885 por un perro rabioso, Pasteur corrió el riesgo de inocular por primera vez su vacuna contra la rabia al joven, evitando que desarrollara la mortal enfermedad.

No sé si José Antonio – ayer alumno y hoy amigo – vive en alguna de las dos mil calles francesas que llevan su nombre, pero hasta el Institut Pasteur de París donde realiza sus investigaciones envío este recuerdo, con el deseo de que sus trabajos igualen en mérito a los del sabio Pasteur.