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Año: 2011

¿ NIÑOS NO ?

¿ NIÑOS NO ?

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El Art.50.1 del Real Decreto 2816/82, de 27 de agosto de 1982, por el que se aprueba el Reglamento General de Policía de Espectáculos Públicos y Actividades Recreativas, establece que la empresa propietaria de un establecimiento lúdico “asume, frente a la Autoridad y al público, las responsabilidades y obligaciones inherentes a la organización, celebración y desarrollo” de las actividades realizadas en él. Es decir, que las personas físicas o jurídicas, entidades, sociedades, clubs o asociaciones son responsables – por imprudencia o negligencia – de lo que ocurra en el interior de los locales que regentan.

Esta circunstancia obliga a comprender que los propietarios limiten la entrada en sus recintos a determinadas personas, amparados en dicha ley y en la sentencia del Tribunal Supremo de 16 de febrero de 1993, firmada por el señor Bacigalupo con palabras incuestionables: “El dueño de un local no está obligado a tolerar la entrada de personas que, por las razones que sean, pueden generar conflictos que puedan afectar a otros clientes del bar o al propietario mismo”.

Falta añadir que la empresa no puede ejercer ese derecho colgando simplemente en sus paredes un rótulo anunciando “Reservado el derecho de admisión”, como hacen la mayoría de propietarios. El Art.59.1.e) del mencionado RD establece que: «El público no podrá, entrar en el recinto o local sin cumplir los requisitos a los que la Empresa tuviese condicionado el derecho de admisión, a través de su publicidad o mediante carteles, bien visibles, colocados en los lugares de acceso, haciendo constar claramente tales requisitos».

O sea, que si el propietario publicita adecuadamente los requisitos a cumplir por los clientes para entrar en su local, – siempre que no discriminen arbitrariamente -, tiene derecho a prohibir la entrada en el mismo quienes incumplan los requisitos, sin vulnerarse con ello el principio de igualdad.

Llegados a este punto, los lectores se preguntarán a qué viene un preámbulo explicativo tan extenso. Pues bien, tiene su origen en la decisión tomada por la dueña de un céntrico restaurante bilbaíno de prohibir la entrada en el mismo a los niños, advirtiendo en la entrada lo siguiente: «Reservado el derecho de admisión a quien con su comportamiento incívico cause molestias a otros usuarios, y también a los menores de edad, acudan solos o acompañados«.

Al parecer, la prohibición se debe a los chillidos, galopadas, disputas, riñas, ajetreos, rabietas, llantos, berrinches y alborotos de los niños, que causaban molestias a los comensales. Como sufridor de esta circunstancia y testigo de otras parecidas, entre las que se cuentan el atropello con un carro guiado por un niño en el supermercado que casi deja sin tobillo a una señora, o el balonazo que recibió un caballero que estaba sentado en una terraza de verano, propinado por un niño que jugaba al fútbol entre las mesas, me autorizan dejar en esta página dos reflexiones.

Nunca he sido partidario de prohibiciones y castigos colectivos provocados por un grupete de vándalos, y tampoco voy a serlo en este caso. A la propietaria del restaurante le bastaría
con reservarse el derecho de admitir “a quien con su comportamiento incívico cause molestias a otros usuarios”, sin excluir a todos los infantes porque hay niños bien educados por sus padres, aptos para acudir a restaurantes y vivir en sociedad, que no merecen esa prohibición.

Por otro lado, hay niños que no tiene culpa alguna de tener los padres que tienen, siendo estos los merecedores de tal prohibición, y no las irresponsables criaturas, maleducadas por sus progenitores, máximos responsables de la educación moral, intelectual y social de los hijos.

CONSERVADORES

CONSERVADORES

Como saben los lectores, cuando deseamos mantener inalterable un alimento, lo ponemos en conserva. Esto se hace envasándolo herméticamente en recipientes de metal o vidrio, a los que se añaden unas sustancias que retrasan su deterioro, llamadas conservantes.

Pero no quiero hablar de estos productos, sino de otros conservantes sociales llamados conservadores, – facción más dura del tradicionalismo-, que pretenden mantener todo como está, menos su patrimonio personal, al que alimentan con la voracidad de las pirañas  hasta donde permite la abombada lata del botulismo político.

Los conservadores mantienen las estructuras vigentes, defendiendo obsesivamente los valores tradicionales. Es decir, intentan enlatarnos a todos en el mismo bote donde ellos se aglutinan, privándonos de la aventura de la vida. Les gustaría conservarnos dormidos, en estado de hibernación, sin estimular acicates para una rutinaria existencia, tan monótona y aburrida, como la suya.

Estos inmovilistas activos presumen de ser personas de orden y luchan por mantener intocable el desorden establecido enfrentándose con uñas y dientes a quienes pretenden instituir un nuevo desorden, ignorando que nada hay inmutable ni perfecto en esta desordenada vida, que cumple inexorablemente el principio entrópico de llevar a la humanidad hacia el caos más absoluto, desde el quijadazo de Adán.

A tales sujetos le tiemblan las piernas ante un cambio ideológico, porque el desorden político o religioso socava los cimientos infantiles donde asientan la seguridad eterna en la que pretenden complacerse, sin cuestionar los méritos del equipaje doctrinario que le cargaron a la espalda en su infancia, con vocación de eternidad.

Estos ideólogos del continuismo y defensores de la parálisis social no distinguen bien lo permanente – que no existe -, de lo mutable, – que es todo -, y se afanan en estigmatizar a sus descendientes con el bálsamo dogmático de una verdad generacional basada en la tradición más obsoleta.

Ello es así porque desconocen el mérito de la aventura vital y no saben que la existencia se justifica precisamente en la novedad que nos depara cada amanecer, porque no hay porvenir para quien teme a los irracionales miedos infantiles que les produce la oscuridad.

Sólo el que sea capaz de saltar por encima del miedo ganará el futuro.

Por eso el devenir pertenece a los jóvenes rebeldes y rompedores de esquemas, y no a los timoratos continuistas. Si los grandes hombres de la historia hubieran sido conservadores nunca habrían llegado a ser grandes hombres, el mundo no sería el que es, y estaríamos aún moviéndonos en taparrabos por las cavernas.

Quiero deciros, amigos de este blog, que las personas de orden son incapaces de sobrevivir a las cosas imprevistas o indeterminadas. Lo que a muchos horroriza, complace a los conservadores que gustan saber de antemano lo que va a suceder, sin darse cuenta que ese conocimiento arruina su vida, porque nadie goza conociendo el desenlace de un suceso previsto, sobre todo si se trata del momento de su muerte.

Los guardianes del actual desorden viven de espaldas a la intrahistoria, pensando siempre que algo malo va a suceder si se produce un desorden nuevo en la corteza social, porque temen lo que pueda ocurrir dentro de ella, al estar más atentos a las formas convencionales que a la pulpa alimenticia que pretenden conservar a toda costa.

Por eso reducen su vocabulario al grito de: ¡¡tradición!!, como hacía el lechero del violinista. El temor a los cambio les produce angustia y un insomnio imposible de aliviar con los mismos somníferos que aletargan sus rancias creencias, oscuros pensamientos y monolíticas ideologías.

Por eso no sonríen. Por eso vaticinan las mayores catástrofes ante el menor intento renovación. Por eso tienen un miedo incontrolable a lo que puede suceder mañana. Por eso defienden lo que han heredado. Por eso no cuestionan la verticalidad del horizonte. Por eso tú y yo, lector, seguimos sin comprender que puedan existir – ¡y hay muchos! –  jóvenes conservadores.

DÉFICIT, CONSTITUCIÓN Y TRAMPA

DÉFICIT, CONSTITUCIÓN Y TRAMPA

Según ha informado Zapatero ayer en el Congreso, la Constitución va a ser reformada para establecer un techo de gasto público, o si se prefiere, poner límite al déficit.

Hasta aquí todo bien si no fuera por el alarmismo que ha desatado siempre cualquier propuesta de modificar la Carta Magna. No es de recibo un cambio constitucional sin debate previo. Guardaríamos silencio si se nos consultara en referéndum. Nadie protestaría si la modificación estuviera justificada. Hecho el daño, los ciudadanos acudiremos masivamente a las farmacias en busca de tranquimazín porque seremos – una vez más – los sufridores de tal decisión. El pueblo comprará millones de pañuelos blancos para despedir el Estado del bienestar. Y los “indignados” tendrá que añadir nuevas reivindicaciones a sus pancartas.

Parece claro que España camina por las gráficas económicas con un gran déficit a cuestas que conviene embridar porque se han ido de la mano los gastos del Estado, de las Comunidades autónomas y de los Ayuntamientos, sin compensar el despilfarro con monedas de los ricos en la hucha impositora nacional.

Compartimos que urge reparación de la situación financiera, poniendo en la misma horizontal el platillo de gastos y el de ingresos para equilibrar la balanza, pero discrepamos en la forma de hacerlo, porque el Gobierno se ha parapetado en las palmadas europeas para llevarse por delante los intereses y el bienestar de la mayoría de ciudadanos.

En esto se diferencia la gestión macroeconómica de la economía doméstica, que cuando hay que ahorrar y sacrificarse son los padres quienes se ajustan el cinturón, protegiendo a los hijos indefensos de la crisis familiar, por grave que ésta sea.

Cuando el desequilibrio económico en un país es moderado, los gobernantes intentan corregirlo pidiendo dinero prestado, vendiendo el patrimonio común y privatizando las empresas más rentables.

Pero estamos en la UVI y el Gobierno intenta corregir el déficit público, disminuyendo sueldo a los funcionarios, congelando las pensiones, reduciendo la inversión en infraestructuras, endureciendo las condiciones de jubilación, eliminando la retroactividad de ayudas a la dependencia, abaratando las recetas médicas y suprimiendo el cheque bebé, entre otras cosas.

En cambio, se mantiene el gasto militar, los reducidos impuestos a las rentas altas, el fraude fiscal y los beneficios del capital en las transacciones financieras.

Seguiremos parasitados por inútiles senadores; soportaremos pensiones vitalicias de los reformadores constitucionales; pagaremos excesivos sueldos a concejales y alcaldes; soportaremos impotentes la corrupción política; sufragaremos innecesarios coches oficiales; financiaremos tarjetas Visa a chupópteros avispados; sustentaremos el nepotismo y el amiguismo en las Instituciones; pagaremos sueldos a los asesores de la nada; alimentaremos excesivas familias diplomáticas en las Embajadas; costearemos miles de liberados sindicales y políticos; subvencionaremos fundaciones opacas; mantendremos los excesos autonómicos; y seremos apaleados por los policías que pagamos con nuestros impuestos, cuando pidamos mayor justicia social, menos despilfarro institucional y honestidad política.

CENSURA

CENSURA

¿Alguien ha llegado a creer que la censura sólo se da en los regímenes totalitarios o en las religiones? Pues está equivocado. Aquí vuelan los pretextos sobre la cabeza de los censores, y sus excusas para ajustar el dogal a los críticos sonrojan al espíritu más infantil.

En los países democráticos no existe censura oficial – ¡faltaría más! – entendida como intervención directa del poder para controlar la libertad de expresión, criminalizando ciertas opiniones. Algo así como lo ocurrido a lo largo de cuarenta años durante la negra etapa franquista, en la que algún premio Nobel llegó a ser destacado censor al servicio del régimen.

Bueno, antes del golpe también hubo censura. Basta abrir los periódicos de la última etapa de la Segunda República para ver ostensibles tachones en sus páginas, acompañados de la obligada nota que decía “Visado por la censura”.

Es evidente que estas groserías intelectuales han desaparecido en la democracia, lo cual no significa que ahora no haya censura, claro. Porque censurar es detraer, o sea, apartar, suprimir. Y ahora se siguen retirando escritos y personas aunque no pretendan subvertir el
sistema, escandalizar a los menores o insultar al prójimo. El veto es tan sutil que sólo es percibido por quienes están bien despiertos y lo descubren tras los dialécticos ropajes con que visten los poderosos las mordazas que nos imponen a los demás. Atrezzos postmodernos con enaguas de anticuario.

La veda a la libre opinión es un bisturí con impuesto de lujo, porque desde que se inventó la democracia, también la censura cotiza en bolsa, y las acciones se las reparten los que quieren mantener el status quo, controlar la sociedad y pasar el cepillo entre los reclinatorios de la política. Son estos quienes envían sus sicarios a restregar la bayeta sobre los muros donde los inconformistas denunciamos la incompetencia de quienes tienen la llave de la hucha donde cada uno de nosotros estamos obligados a meter los euros que ganamos con sudor de nuestra frente, aunque ellos lo ganen con el humor vítreo de los que tienen en frente.

Aparcar una opinión significa hurtarle al opinante el derecho a decir lo que el censor no quiere oír. Algo hay de prepotencia, mal uso del poder y cobardía, con un punto de cinismo en los censucrores. Porque la democracia tiene su censucracia y sus censucrores, que se corresponden con la censura y los censores absolutistas. La primera adopta una forma reflexiva de temor. Lo de reflexiva no se refiere a una actitud meditativa, sino que expresa lo que gramaticalmente se entiende como acción realizada y recibida al mismo tiempo por el sujeto, es decir, autocensura, aunque con frecuencia tenga mucho de heterocensura encadenada. En cambio, lo de temor está claro: por miedo. O sea, que la censucracia en ocasiones es autocensura que los sujetos se imponen a sí mismos e imponen a los demás, por miedo.

Pero recordando lo que satírico Quevedo dijo al de Olivares, no debemos callar por más que con el dedo sobre la boca nos conminen al silencio o nos amenacen, porque la lengua de Dios nunca fue muda.

Eliminar una opinión crítica significa cerrar una ventana por donde asomarse al verde campo de la libertad. Sólo la mentira es más pesada que las cadenas verbales y más penosa que los bozales. Y el mayor pecado democrático no tiene forma de manzana sino de censura.

CEREMONIAS ALTERNATIVAS

CEREMONIAS ALTERNATIVAS

El pasado sábado tuvieron lugar dos vigilias en la capital del reino, con diferentes intenciones cada una. La primera, católica, en el aeródromo de Cuatro Vientos donde los fieles pidieron por la conversión de los laicos y el aumento de vocaciones sacerdotales; y la otra, laica, en la Plaza de Oriente, donde se planificaron acciones solidarias para reducir el desempleo, evitar la especulación, luchar contra la corrupción política y pedir el compromiso testimonial de la Iglesia jerárquica con los parados, el hambre y la pobreza.

Las dos vigilias nos invitan a reflexionar, más allá de la anécdota concreta, en algunos aspectos de la situación laico-religiosa que estamos viviendo en el país, sin más intención que evitar discriminaciones anacrónicas y promover la igualdad entre los ciudadanos.

La vigilia al viento fue convocada por una confesión religiosa y la segunda por un movimiento ciudadano. El Estado laico facilitó el espacio, el escenario, los servicios y la infraestructura donde los católicos pasaron la noche rezando. En cambio, los laicos no recibieron ayuda alguna del Estado aconfesional que facilitara su congregación, reflexiones y debate.

La aparente simpleza de estos hechos nos obliga a remangar las esperanzas y poner manos a la obra para conseguir una inversión en las actitudes del Estado, de manera que éste disponga espacios, facilite recursos y preste servicios a distintas celebraciones laicas, especialmente a tres de ellas. Me estoy refiriendo a la venida al mundo de nuevos ciudadanos, a la unión matrimonial de parejas y a las despedidas de los muertos.

Las confesiones religiosas, con tantos siglos de dominación, tiene bien resuelto el problema, especialmente la religión católica que con los bautizos acogen en su seno a los nuevos miembros de la iglesia; con las liturgias matrimoniales bendicen uniones eternas de parejas heterosexuales; y con las ceremonias funerarias despiden a sus muertos cuando suben al cielo.

Curiosamente, los laicos carecen de estas oportunidades, pareciendo razonable y urgente que el Estado aconfesional ponga a disposición de los ciudadanos espacios dignos y servicios adecuados para que éstos reciban a sus hijos, contraigan matrimonios y despidan a sus muertos.

Es más, incluso debería ofrecer diferentes protocolos ceremoniales para que los protagonistas pudieran optar por el que más les complaciera, sin excluir la iniciativa privada y la imaginación personal, para que cada cual celebrar esos acontecimientos como mejor convenga a los interesados.

ESTADO LAICO

ESTADO LAICO

Cuando hablamos de Estado laico, Estado secular o Estado aconfesional, estamos refiriéndonos a un Estado, nación o país, que se declara constitucionalmente independiente de toda opción religiosa, sea del signo que fuere, donde los representantes del pueblo no pueden manifestar públicamente sus preferencias por religión alguna, ni dejarse  influir por ellas en sus decisiones políticas.

Quiere esto decir que cuando los mandatarios de un Estado laico acuden a diferentes actos religiosos cristianos, musulmanes, judíos o budistas, en calidad de lo que representan en el país, están cometiendo un acto inconstitucional que debería ser sancionado por desacato a la Carta Magna.

No digamos ya si las máximas autoridades de un Estado secular inclinan el tronco y la cabeza ante el jefe supremo de una religión determinada, rodeado de tiaras, turbantes o kipás, cuando el mandatario religioso correspondiente visita dicho Estado aconfesional con objeto de participar  en un acto privado de propaganda religiosa y no como jefe del Estado Vaticano o de una República islámica.

En un país laico, las homilías cristianas, los discursos musulmanes, las meditaciones budistas y los sermones judíos deben hacerse desde los púlpitos de las iglesias, las mezquitas, los templos y las sinagogas. Tampoco pueden concederse recursos públicos a las confesiones religiosas, por pequeños que éstos sea. Y las diferentes creencias tienen que autofinanciarse con el dinero de sus fieles, subvenciones privadas o los beneficios mercantiles de sus negocios.

Un Estado laico exige el respeto escrupuloso a la neutralidad religiosa de las Instituciones y de los dirigentes, sin apoyar ni oponerse a ninguna confesión, porque de no ser así estaríamos defraudando nuestra Carta Magna, base y fundamento de todo el ordenamiento jurídico.

Igualmente, un Estado aconfesional no puede favorecer de manera explícita o implícita a una religión concreta, obligándonos la concentración JMJ a preguntarnos si este precepto democrático se está cumpliendo o infringiendo.

En vista de todo ello, es fácil comprender la indignación de los ciudadanos constitucionalistas, – es decir, aquellos que defienden el cumplimiento de la Constitución española -, cuando ven que ésta no se respeta, o sea, que el artículo 16.3 es un decorativo florero en la Carta Magna que algunos de nuestros representantes políticos no respetan.

FELIZ CUMPLEAÑOS, MONSEÑOR

FELIZ CUMPLEAÑOS, MONSEÑOR

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Setenta y cinco años cumple hoy Antonio María Rouco Varela, el clérigo que ha hecho más “cardenales” de todos los cardenales españoles. Arzobispo de Madrid y cuartelero de los obispos que pastan su grey en la piel de toro. Setenta y seis años de santidad, porque a este pastor ya le fue encomendada la redención de los pobres en el vientre de la madre antes de su nacimiento, según ha comentado alguien cercano a él.

Era intención de tan humilde siervo de Dios, celebrar su aniversario compartiendo raciones de ácidos mendrugos con desheredados, tras lavarles los pies como hizo su Señor, pero las circunstancias le han obligado a sacrificarse – también por los pobres bienaventurados, claro -, cambiando dolientes fieles famélicos por 60 purpurados de seda en torno a un mantel, dejando a la intemperie los millones de hambrientos que a su puerta llegan.

Frugal comida refrescante a base de platos tradicionales de la gastronomía española, – sin huesos ni espinas -, que compartirán en el Palacio Arzobispal, tras rezar a Dios dándole las gracias por los alimentos que reciban. Delicias servidas por veinte fieles profesores y estudiantes de la Escuela de Hostelería del Centro Educativo Fuenllana, sin que hasta ahora se sepa quién abonará los casi seis mil euros del convite o si pagarán a escote los jerarcas, aportando cada uno los 89 euros que previsiblemente importe el festín.

Comenzarán degustando aceitunas españolas, tostas de foie aromatizadas con brandi, jamón ibérico, una rica selección de quesos con diversos panes y un corazón de alcachofa gratinado con salsa holandesa. Luego acometerán el salmorejo sin ajo, pero con huevo de codorniz, jamón ibérico y una crema de calabaza y remolacha con espuma de queso suave. Interrumpirán el convite tomando un refrescante sorbete de limón con gelatina de ginebra y salsa de bayas de enebro, libando entre medias una gran variedad de vinos. Los ancianos pastores abordarán luego un solomillo al vino tinto con puré de patata y verduras salteadas. Y, finalmente, se recrearán con un helado de limón, gelatina de gintónic y salsa de bayas de enebro, acompañado de productos típicos españoles, como rosquillas madrileñas, pestiños o tejas, así como chocolatinas con el logotipo de la JMJ y  cerezas bañadas en chocolate, preparados por las monjas de clausura de Ávila. Como sorpresa para el Santísimo Padre, los cocineros han inventado unas ricas gominolas de cerveza, para darle un toque alemán al menú.

No está mal, verdad.

Para tranquilizar a los lectores, advierto que están prevenidos los servicios de urgencias de los hospitales madrileños para tratar las inevitables indigestiones que sucederán a semejante exceso gastronómico. También se han habilitado inútilmente confesonarios en las chabolas y en los campos de refugiados, para absolver tanta humillación a la hambruna con este degradante testimonio, insulto doctrinal patrocinado por el máximo defensor de la ortodoxia católica.

Igualmente se han dispuesto miles de reclinatorios en torno a los centros hospitalarios para que vayan a rezar por la supervivencia de los indigestados, todos los que se hayan comido los codos de hambre mientras los dominadores de sus conciencias llenaban la andorga con manjares.