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EL RIESGO DE DISCREPAR

EL RIESGO DE DISCREPAR

El discrepante que vocea públicamente lo contrario a la opinión escrita en la peana de los patriarcas, corre el riesgo de acabar chamuscado en la hoguera, porque una de las asignaturas pendientes en este país es la incapacidad de los mandamases para aceptar críticas sinceras y honestas opiniones contrarias a las suyas.

Hoy se condena al discrepante, no se respetan voces ajenas, se imponen criterios con amenazas y se condena sin juicio a los opositores, porque no acabamos de aceptar palabras alternativas, impedidos por una prepotencia injustificada y sordera crónica, causas de la pandemia moral que se extiende por las cúpulas políticas, sociales, financieras y laborales.

En ellas se impone el sectarismo y son legión quienes declaran enemigos a los que no piensan como ellos, siendo tal actitud una forma sutil de inquisición que anula todo espacio para el encuentro, impide los acuerdos y cierra puertas al entendimiento.

Discrepar en este país tiene más peligro que caminar con los ojos vendados por un campo de minas, pues a la primera de cambio pintan con sangre de cordero el dintel de la puerta del discrepante, dejando claro que tiene más acogida el granuja adulador, que el crítico honrado.

Hablo del pensamiento divergente que acompaña a quienes ejercen el noble oficio de pensar, analizar la realidad y opinar sobre ella. Hablo de quienes refutan la autoridad, encausan arbitrariedades, contradicen al jefe, desvelan fechorías, impugnan decisiones injustas, condena abusos del amo, desatiende caprichos del director, rectifica al patrón o denuncia la incompetencia del poderoso.

Quienes realizan estas tareas han de estar dispuestos a recibir anatemas, a pagar el costoso tributo de la marginación, a sufrir venganza y a ser borrado de la fotografía por “moverse”, siendo estos críticos empujados hacia el despeñadero social por quienes van por la vida con un guijarro de la mano dispuestos a lapidar al primero que no esté de acuerdo con ellos, liquidando las discrepancias a sartenazos y colgando al disidente el sambenito, preludio de la pira inquisidora.

AUTOEXILIO INTERIOR

AUTOEXILIO INTERIOR

¿Qué hacer cuando nada puede hacerse? ¿Cómo superar la frustración que genera la impotencia? ¿Cuál es el camino hacia la imposible redención? ¿Qué decir cuando las voces claman en desiertos? ¿Dónde acudir para recoger el armamento social? ¿Cómo evitar la sordera política al grito del pueblo?

La falta de respuesta a estas preguntas puede llevarnos a tirar la toalla sobre la lona del cansancio y abandonar el combate. La indiferencia política y la manipulación informativa puede llevar nuestros pasos tras el rastro del lema insolidario que pregona: ¡sálvese quien pueda! Negro preludio del autoexilio interior. Antesala de la rendición total que nos lleva a vivir en nuestra patria como si habitáramos en tierra ajena. A sobrevivir mirándonos el ombligo.

La situación de autoexilio interior puede llevarnos a salvar los enseres personales, a precintar la casa propia, a cerrar la puerta con llave, a colgar la solidaridad en el perchero, a poner sordina hermética a lamentos y suspiros, a censurar periódicos y noticieros televisivos, a formar gueto con amigos y a convertirnos en lo que detestamos.

Si hacemos eso, habremos perdido la esperanza en la resurrección, la vejez espiritual será nuestra compañera y la vida no bastará para salvarnos de la infelicidad.