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NUEVO PATRIOTERISMO

NUEVO PATRIOTERISMO

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Siempre hemos tenido en la piel de toro pelos erizados de patrioteros, que han confundido la bolsa común con su bolsillo, los intereses comunes con los propios, el Estado con su cortijo y a los ciudadanos con imbéciles esféricos, pero nunca se dio el atrevimiento de que el tesorero nacional se travistiera en cajero del partido gobernante, confundiendo churras con merinas para justificar de forma insultante el exterminio de tantas ovejas inocentes.

Perder sustancia gris por intoxicación con papel moneda, lleva a confundir sentido común con austeridad, ofendiendo el buen sentido de los mortales y evidenciando una atrofia mental incapacitante para custodiar los fondos del banco nacional al enajenado patriotero afectado de exceso cromosómico en su cariotipo.

Alguien cercano al señor Linde debe explicarle la diferencia entre el patriotismo de los patriotas que son tales por demostrar su amor a la patria, y el patrioterismo ejercido por él descaradamente y sin vergüenza, al alardear con cerebro de mosquito, generosidad de usurero, contaminación politiquera y cinismo patriotero, que la austeridad es patriotismo.

Afirmación sin cordura alguna ni oportunidad, de un patriotismo existente únicamente en un rincón apolillado de su cerebro, porque ni siquiera los supuestos beneficiarios de su dislate se han atrevido a confundir los recortes con actos patrióticos.

Don Luis María ha demostrado ser el paradigma del insulto ciudadano que llevamos soportando durante años con paciencia espartana quienes vemos cerca la redención, porque el sentido común ha de imponerse en las elecciones que se avecinan, ni no queremos ver nuestra dignidad humana rodando por las alcantarillas del más humillante desprecio.

CON SENTIMIENTO APÁTRIDA

CON SENTIMIENTO APÁTRIDA

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Sufrimos indigestión autonómica, por culpa de quienes atropellaron el artículo segundo de nuestra Constitución en tiempos de prisas democráticas y concesiones caprichosas basadas en forzados consensos rechazados por el sentido común.

Como apátrida nacido en mi tierra, atribuyo gran parte de la pandemia social que se extiende por la piel de toro al reparto autonómico, en vista de las fatales consecuencias que ha tenido para los ciudadanos la fragmentación territorial en diecisiete comunidades autónomas a las que se suman dos ciudades más, con sus asambleas correspondientes.

Diecisiete parlamentos, diecisiete Gobiernos, diecisiete Consejos Consultivos, diecisiete cajas de ahorros sociales transformadas en ruinosos bancos autonómicos, decenas de instituciones, cientos de edificios e infraestructuras y miles de cargos políticos dispuestos a pegar tiros al aire con pólvora del pueblo, no es el mejor camino para gestionar eficazmente una administración al servicio de los ciudadanos que la sustentan, según han demostrado los hechos.

El exceso de gasto, los abusos, la inoperatividad, el despilfarro, la corrupción, el cortijerismo, la ineficacia y el dispendio público evidenciado durante años, ha concluido en una crisis de la que el pueblo ha sido el gran perjudicado, porque la relación productividad / coste / servicio, de las autonomías, está descompensado, en beneficio únicamente a quienes en ellas han vivido del cuento, desde que se estableció el mapa territorial fruto de “pactos autonómicos” – ¡ojo! – nunca refrendados por el pueblo.

Con sentimiento apátrida propongo borrón y cuenta nueva, eliminando los espacios territoriales uniprovinciales y limitando las competencias de las  autonomías multiprovinciales a estructuras administrativas básicas y funcionales, para que los ciudadanos no sufran consecuencias negativas derivadas de cesiones competenciales en materia educativa, judicial y sanitaria.

PATRIOTAS Y PATRIOTEROS

PATRIOTAS Y PATRIOTEROS

El penoso manoseo que están haciendo con el patriotismo los patrioteros sin escrúpulos, presentándose ante nosotros como lo que no son y pervirtiendo la dignidad del sentimiento patriótico, me invita a decir que patriota es el ciudadano que demuestra amor a la patria, y patriotero quien agota sus compromisos con ella en palabras demagógicas y calderilla moral, mostrando actitudes nocivas para su tierra natal.

De aquí que el patrioterismo no sea más que un alarde gratuito del patriotero o, si se prefiere, un cínico brindis al sol de la verdad y de la honestidad social, diferente al patriotismo que procura hacer el mayor bien al país con actos patrióticos, que son adjetivación de patria y patriota.

El patriotero ha sido tradicionalmente histriónico, peliculero y tragicómico, basando su engaño en la retórica del gesto sin compromiso real, sino todo lo contrario. Así lo ha mostrado la historia, exhibiendo actitudes manidas del tradicionalismo añejo e impositivo, abanderado por salvapatrias, que han usurpado festejos, tradiciones y banderas a los patriotas que sudan en silencio por engrandecer la tierra común.

Patriota es quien da su vida por la patria, no su muerte. Quien se sacrifica por el embellecer el paisaje que le vio nacer. Quien renuncia a privilegios propios que perjudican a sus vecinos. Quien evita la corrupción, el despilfarro, la prevaricación y el nepotismo. Quien critica lo que puede ser mejorable en su patria.

El patriota no se enorgullece con necios mitos y risorios emblemas, ni endiosa héroes de pacotilla o lagrimea con los éxitos deportivos nacionales. Tampoco se emociona creyendo que su país es el mejor, el más serio, trabajador, responsable, puro y casto, mientras pide eliminar el IVA de la factura.

El patriota no elogia la prosperidad de la minoría privilegiada, ni adora ídolos de barro, ni se le hinchan las venas viendo ondear la bandera en lo alto de grandes empresas y bancos, ni se enorgullece al ver a un español en la lista de Forbes.

El patriota mantiene la conciencia ética en el ámbito social, traducida en un proyecto de desarrollo humano solidario, inclusivo, fraternal, respetuoso y profesional, que concluya en una justicia social sin diferencias por razones de cultura, sexo, raza o religión.

Todos seremos patriotas el día que formamos parte de un país que no es grande por haber ganado un mundial de fútbol, sino por ser paradigma de honradez. Por superar la pobreza, eliminar las desigualdades, desterrar la mediocridad, promover la tolerancia, limpiar la corrupción, liberar la justicia, superar la incultura, practicar la autocrítica y erradicar el patrioterismo.

Seremos un país de patriotas cuando no circule el dinero negro por nuestras manos, ni haya subsidio laboral, ni trabajo encubierto, ni economía sumergida, ni trampas fiscales, ni rendijas judiciales. Cuando vivamos en un país donde los partidos políticos no sean cobijo de incompetentes, trepas y lameculos. Un país cumplidor de promesas electorales que expulsa de su territorio a los hipócritas y estafadores patrioteros.

GABACHOS

GABACHOS

Ni es oro todo aquello que reluce en el chovinismo francés, ni su paranoia narcisista es epidémica, ni el patrioterismo visceral afecta a los cuerdos, ni la mitomanía irracional está generalizada, ni todos los franceses son gabachos, aunque a muchos les cueste creerlo.

Al decir gabachos no tengo en la memoria a quienes sufren paperas y tumefacciones en la glándula tiroides, sino a los franceses que nos invadieron hace años con la anuencia, beneplácito y aplauso del gran felón, y a tiro limpio trataron de mantener el dominio sobre una finca que no les pertenecía.

Al decir gabachos no me refiero a las personas nacidas en algún pueblo de la falda francesa de los Pirineos, vecina a la nuestra, sino a los despreciables vecinos que impunemente desvalijan los camiones españoles con verduras que pasan por su territorio camino del norte.

Al decir gabachos no quiero identificar a los franceses despectivamente con los gringos, sino a los que fueron “amables” con los exiliados republicanos que huían de nuestra guerra incivil, “recogiéndolos” en campos de concentración para que no se dispersaran por el país.

Al decir gabachos no pretendo hablar de los franceses que habitan en la ribera francesa del río Gabas, y sí del grupo de indeseables que han difundido por el mundo la macabra insinuación de dopaje de nuestro querido Rafa Nadal, simplemente por dejarles sin trofeos en las estanterías.

Al decir gabachos no pongo la atención en el occitano “gavach”, montañés negro, que procedía en el siglo XVI de la región septentrional del país vecino y hablaba muy mal francés, sino a los gabachos que han hablado siempre mal de nosotros, creyéndose ombligos del mundo.

Al decir gabachos no me refiero a los buches de las aves ni al bocio tan frecuente entre los montañeses septentrionales franceses, sino a los que padecen desde hace siglos envidia crónica de sus vecinos del sur, difundiendo con desprecio que África comienza en los Pirineos.

Pero que nadie se alarme. La pretendida ofensa pública a Rafa Nadal – que a todos ha pretendido ofendernos -, tiene su origen en la desneuronización que han sufrido algunos moñigotes de carne y hueso por fusión de los axones de tantas bofetadas hispanas recibidas.

Durante muchos años he convivido día a día y codo a codo con profesores franceses, y puedo asegurar que no encontré gabacho alguno entre ellos. Pero también sé que esta subespecie prolifera como hongos otoñales entre los descerebrados que abundan en las cadenas televisivas, por mucho que engolen la voz, estiren el cuello y quieran contagiarnos a los demás su frustración con estornudos semejantes al salivazo que han arrojado impunemente contra Nadal.