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ALDEA MENTAL PERNICIOSA

ALDEA MENTAL PERNICIOSA

Aldea mental perniciosa es el espacio virtual ocupado por la neurona que rebota en la superficie interior del cerebro donde habita, sin otro oficio que darse contra las paredes del cráneo hasta caer noqueada en la cisura de Rolando sin esperanza alguna de que el hospedero recupere el sentido común perdido.

Las personas que padecen esta dolencia son tradicionales en sus gustos y conservadores en sus preferencias. Confunden limosna con solidaridad, amor con sexo y lealtad con sumisión. Viven de la opinión ajena y de comadreo se sustentan. Temen los cambios y le asustan más las novedades que el pedrisco.

Como sólo conocen un tiempo verbal, son incapaces de vivir el presente y bucear en el futuro para ganar la vida de quienes vienen detrás. No pueden imaginar la parte oculta de un iceberg, y su miedo irracional a lo desconocido les impide asomarse al exterior por el ojo de la cerradura.

La creatividad no tiene espacio en su territorio. Se pasan media vida mirándose el ombligo, y la otra media delante del espejo como narcisos anacrónicos. La escasez mental de tales sujetos les aconseja, por ejemplo, contratar danzarinas más altas para evitar que bailen de puntillas.

El individualismo enfermizo, la ignorancia de los derechos, el incumplimiento de las obligaciones, la demonización de los oponentes, y la institucionalización de la chapuza, son otras señas de identidad de los aldeanos mentales, a las que pueden añadirse la anorexia cultural, la falta de diálogo, el hermetismo social, la tristeza ambiental, la banalización de las cuestiones, la descontextualización de los problemas, la superficialidad y el galapaguismo.

Pero tal aldea mental también tiene sus cortijeros y taifas medievales con terreno abonado para el amiguismo y las reboticas. Los unineuronales empalizan la aldea para evitar que nada beneficioso llegue a ella, ni pueda salir lo que sobre. Bloquean los caminos que facilitan el acceso a la villa e impiden el desarrollo de un comercio moral para salvaguardar la identidad que les falta.

PELLAS MEDIEVALES

PELLAS MEDIEVALES

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El comienzo del curso es buen momento para hablar de las pellas escolares, actualizadas en modernos “novillos”, donde los estudiantes torean las clases de la mejor forma que pueden, desde los lejanos tiempos de la academia platónica hasta nuestros días, en todas las latitudes, con igual desparpajo, mismo descaro e idénticos pretextos.

Los antecedentes salmantinos de los actuales “novillos” hay que buscarlos en las “pellas” medievales, siendo las ausencias estudiantiles objeto de preocupación de los Claustros de Primicerio que presidían decano de Facultades, expresando verbalmente y por escrito sus protestas al Maestrescuela por la cantidad de ausencias estudiantiles a la clase de Vísperas de viernes y a la matutina de Prima los lunes, reclamando severas medidas disciplinarias para los alumnos que faltasen a esas clases.

El Maestrescuela atendía la queja de los catedráticos comprometiéndose a intervenir en el asunto para evitar el desalojo masivo de las aulas esos días, sabiendo que sus amenazas no surtirían el efecto deseado, porque los alumnos tenían razones sobradas para quebrantar los mandatos disciplinarios del Maestrescuela.

La justificación era que ansiaban ir los viernes por la tarde a la Plaza del Mercado provistos de capachos para recibir al recuero que traía para ellos noticias, alimentos, ropa y, sobre todo, dinero que les enviaban sus familias. Y los lunes a primera hora, iban a la Plaza de San Martín con el fin de entregarle al mismo recuero noticias para sus familias y peticiones para la próxima semana.

El resultado era que unos estudiantes pasaban el sábado y el domingo en fiestas dando buena cuenta de la chacina, lomo, jamón, chorizo, pescado seco, escabeches, bizcochos y pasas que habían recibido el viernes; otros se ocupaban en recomponer el jubón o el manto con los lienzos enviados por sus padres; y la mayoría se dedicaba a dar buena cuenta del dinero recibido gastándolo en fiestas, casas de mancebía, juegos de naipes, festejos privados, líquidos espiritosos, desahogos juveniles y diversiones varias.

PRINCESA LEHONOR

PRINCESA LEHONOR

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Enhorabuena a la princesa de Asturias, porque Leonor tiene su figura desde hace meses en el museo de cera, aunque el artista no se haya esmerado lo suficiente en realizarla, dándole mayor parecido a la niña del exorcista que a la futura reina de España, que lo será tras recibir formación militar en las tres academias como manda la tradición,  para ser la jefa suprema de las fuerzas armadas.

El currículum vitae de Leonor de Todos los Santos Borbón Ortiz pone en evidencia a sus detractores y contradice a todos los republicanos que cuestionan su privilegiada mente y capacidad de trabajo, así como los eruditos conocimientos que atesora y la acreditada experiencia demostrada que le hace merecedora de los títulos de princesa de Asturias, de Gerona y Viana, duquesa de Montblanc, condesa de Cervera y señora de Balaguer, debiendo ser tratada como Alteza Real y dignidad de infanta de España.

Pero le falta algo que su madre Letizia hará, como hizo con ella misma segregándose de todas las vulgares leticias que andan sueltas por el mundo, hablando con el cardenal Rouco para enmendarle la plana a todas las leonores medievales que fueron infantas y reinas consortes de Castilla, rebautizando a la niña como Lehonor para darle más honores de los que tan merecidamente ya se le han otorgado.

A falta de referéndum que lo acredite, dicen los cortesanos que son más los españoles que han festejado la continuidad de la monarquía, que el notorio grupo de republicanos que esperan un desgarro monárquico para cambiar al “gran moderador real” por un sencillo jefe del Estado elegido democráticamente, sin participación de genes heredados de épocas medievales.

Es decir, que la reina de mis hijos atenderá al nombre de Lehonor porque son muy singulares en esa casa. Tanto, que fue la única familia española que renunció a saber el sexo del ser humano que estaba por venir cuando nació la pequeña. Algo que fue conocido solamente por el ginecólogo que siguió el embarazo, como depositario del secreto mejor guardado, según lo contaron aunque ningún vasallo lo creyó.

SEVILLA

SEVILLA

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Alguien dijo a Sevilla que no hiciera caso de las caricias del río porque era galán de paso, pero como yo no soy galán, la ciudad me ha mirado una vez más de frente mostrándome sus encantos para seducirme con el perfume a menta y canela que destilan Triana y Sevilla, sin decidirme por alguno de ellos como le sucede al Guadalquivir camino de Sanlúcar, donde le espera la mar inmensa.

Sevilla es la gracia, el donaire, la simpatía, el arte y la copla. El vino fino de taberna y las aceitunas compartidas al sol en las puertas del otoño, cuando el oro de la Torre disputa su belleza a la Giralda, la Plaza de España nos da reposo en el espacio salmantino y la judería del barrio de Santa Cruz testifica los infinitos amores allí nacidos.

Pero también Sevilla es la picardía en las esquinas, la pobreza en los arrabales, la queja de los marginados, la negrura en los rincones y cientos de manos heridas por la miseria pidiendo para sobrevivir en medio de una vida marginada que aspira a una redención que amenaza con no llegarle nunca.

Quedan aún en Sevilla residuales ecos de pisadas medievales, cuando los señores de señoríos enseñoreaban su poder, convertidos hoy en señoritos que hacen resonar sus espuelas en cortijos abandonados y tierras muertas sin producción alguna, que podrían aliviar desgracias inmerecidas por una clase social abandonada, que sobremuere por carecer de cuna y fortuna.