Navegando por
Etiqueta: Matilla de los Caños

SALAMANCA LA BLANCA

SALAMANCA LA BLANCA

El azar puso frente a mí una columna de humo blanco que oscilaba a merced del viento, llevando la curiosidad mis pasos hasta un monstruo de hierro que bufaba echando humo por diferentes respiraderos como si de una inmóvil máquina de vapor se tratara, a punto de expandir sus cenizas por los aires.

Dice bien la canción cuando dice que a la blanca Salamanca la mantuvieron los carboneritos rurales que iban y venían de un lugar a otro, en tiempo se sequía social, cuando los troncos de encina se ahumaban en túmulos cubiertos de tierra, hoy sustituida por el hierro que deja toberas al descubierto para liberar el humo en dispersas nubes blancas, sin otro oficio que carbonizar la madera vegetal que aún templa cuerpos en invierno con cisco en brasero removido donde la badila “firma” “escarbones”, alimenta fraguas y vitaliza pucheros en cocinas abiertas el cielo, ahumadoras de embutidos milagrosos.

Negrura vegetal de carboneritos entrañados en Villalba, Matilla de los Caños, Robleda y otros pueblos salmantinos que atestaban los vagones ferroviarios llevando el carbón de encina y cisco de roble a diferentes puntos de la geografía española, manteniéndose los carboneritos en el insomnio de las cabañas, con carne de matanza y vino de pitarra.

Oficio en extinción por empuje de combustibles fósiles líquidos y kilowatios de centrales eléctricas, que han enterrado las carboneras rurales en musgo y barro, olvidándose los enterradores de recordar a los pupitres que fue el carbón durante siglos sustento de vida, cuando la electricidad era inalcanzable quimera, los gases combustibles desconocidos, la respiración vaho doméstico y los sabañones amigos.

SALAMANCA LA BLANCA, ¿QUIÉN TE MANTIENE?

SALAMANCA LA BLANCA, ¿QUIÉN TE MANTIENE?

Carbón

Dice la canción popular: “Salamanca, la blanca, ¿quién te mantiene?. Cuatro carboneritos,
 que van y vienen”. Fueron los carboneros mantenedores de la ciudad charra, y con uno de esos carboneritos he pasado la jornada entre la ignorancia y el asombro, ante el túmulo carbonífero que da vida a los tizones.

Primero se desmochan y olivan las encinas para hacer pequeños troncos de leña que se alinean formando un cono mocho, provisto de una boca en el vértice superior por donde se inicia el fuego ahogado en sorda humareda en su base, para que destile humo a través de tan irregular chimenea y por las bufardas inferiores, antes de que la sacadera, el rastro y la horca hagan su función, sacando del horno el ahumado carbón vegetal que templara los cuerpos en invierno.

Tres generaciones han hecho la tarea antes de que Fernando se hiciera cargo del negocio, transformando cada 5 kg de leña en 1 kg de carbón, llegando a batir su récord el día que fabricó 70.000 kg de carbón chamuscando 350.000 kg de encina en un solo cono forrado de tierra, cuya misión fue y podría seguir siendo, darle el temple necesario para que la madera cociera y extinguir el fuego.

En los chozos donde pasaban los veinte días dedicados a la tarea, utilizaban como frigorífico paja mojada para guardar el vino y las viandas, en muchos casos a base de tencas de las abundantes charcas que rodean Matilla de los Caños del Río, donde las he degustado más de una vez con las primeras autoridades municipales de la zona.