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FANATISMO

FANATISMO

El fanatismo de cualquier tipo, sea cual fuere la ideología que lo sustenta: religiosa, política, deportiva o segregacionista, es una constante en la historia universal porque forma parte de la condición humana, sin distinción de raza, procedencia o condición de los fanáticos, al estar enraizado en la necesidad de creer en algo y pertenecer a un grupo privilegiado de visionarios, prevaleciendo el impulso colectivo sobre la individualidad de cada uno de sus miembros, abducidos por el credo correspondiente.

La persona fanatizada practica el sectarismo social como forma de entender las relaciones comunitarias, carece de pensamiento divergente, objetividad intelectual y capacidad mental para distinguir fabulaciones de realidades y falsificaciones de verdades históricas, confirmando con ello la teoría del propagandista nazi Goebbels, cuando afirmaba que una mentira mil veces repetida se convierte en verdad indiscutida.

Las doctrinas fanáticas tienen gran poder de penetración en jóvenes carentes de ideales que aceptan incondicionalmente aspiraciones, ilusiones o proyectos vitales –por equivocados o quiméricos que estos sean- poniendo su voluntad a disposición del banderín de enganche enarbolado por todos aquellos carentes de discernimiento objetivo, ilusiones alternativas y aspiraciones sustitutivas.

Caracteriza a los fanáticos el maniqueísmo reduccionista, formando ellos parte de los “buenos”, claro; la intransigencia ideológica a pensamientos divergentes; el autoritarismo impositivo de sus convicciones; la irracionalidad de sus dogmática posición doctrinal; y la implantación, por cirugia ideológica, de opacas orejeras que les impiden ver las alternativas mentales que abundan al borde del obsesivo camino que recorren.

Lo grave de la situación es que al fanatismo se llega pisando alfombras y entrando en la obstinación por la puerta principal del edificio doctrinario, pero se sale de él dejando pelos en la gatera, porque el final de la exacerbación concluye siempre en violencia, fractura social, desencanto general y frustración generalizada entre los abducidos, cuando estos no alcanzan sus objetivos.

OPOSICIÓN POLÍTICA

OPOSICIÓN POLÍTICA

En democracia la oposición política es pieza fundamental e imprescindible, que debe cumplir los principios de limpieza mental, honradez moral, lealtad ciudadana y alejamiento de intereses personales y/o de partido, para servir a la sociedad desde el lugar que las urnas o las votaciones parlamentarias sitúan a los opositores, aunque algunos no acaben de digerirlo y prefieren moverse en el filo de la vendetta, haciendo temblar al sistema.

Tal comportamiento nada tiene que ver con la auténtica oposición política, tan necesaria en un Estado democrático, porque se sitúa en la subestructura del sistema para intentar cambiar lo que proceda y hacerse con el poder en el futuro, respetando las reglas de juego.

Es obligación de la oposición controlar las acciones del Gobierno, vigilar sus pasos y colaborar con sus aportaciones a la buena marcha del país, al tiempo que presenta un proyecto alternativo al que esté aplicando el partido en el poder, defendiéndolo con hechos, acreditativos de las promesas anunciadas.

Cuando el vocerío interno impide oír los mensajes externos. Cuando los codazos en los pasillos obstaculizan ir codo a codo con los compañeros. Cuando los jóvenes envejecen aspirando sustituir a megaterios encadenados a la poltrona. Cuando la autocrítica no forma parte de la doctrina. O cuando las actitudes han borrado eternos valores del diccionario ideológico, la oposición se aleja de su función.

Y cuando se culpa del fracaso electoral a la epistemología occipital adventicia que determina la hectodérmica e hipostásica neuralgia escafoidal del Rhinopithecus strykeri…, entonces no queda otro remedio que marcharse a casa y dejar paso a los que pueden renovar la esperanza, antes de que sea demasiado tarde, pues en política los resultados electorales dictan cambios y actualmente las circunstancias piden un relevo.

CULOS Y TÉMPORAS

CULOS Y TÉMPORAS

Toda valoración de personas concretas tiene en sí misma una componente subjetiva que mediatiza, condiciona y determina el juicio pronunciado sobre alguien, negando al opinante una parte de verdad, algo que se acentúa cuando la opinión se vierte en base a la militancia política o adscripción religiosa del sujeto enjuiciado, porque el fanatismo suele cegar el buen sentido confirmando las ideas obsesivas que dominan la voluntad y discernimiento del enjuiciador.

Quienes esto hacen, confunden las nalgas con los cuatro tiempos litúrgicos de plegaria y penitencia, estando obligados a pasar por el sillón del psicoanálisis para eliminar fantasmas, dejarse trepanar la mente para coagular errores y resecar la retina atrofiada que le impide ver la realidad, interfiriéndose en su cerebro culos y témporas, por ofuscación que nubla su entendimiento.

Las malas entendederas de quienes confunden conceptos, actitudes y comportamientos de otras personas, merece el desprecio cuando el malentendimiento es premeditado con objeto de zaherir a la persona que sufre sus denuestos.

Por eso, opinar, identificar y definir personas a partir de la ideología adscrita a su militancia o credo correspondiente, conduce frecuentemente a error, pues la experiencia nos enseña que la “ficha” ideológica no implica necesariamente compromiso alguno del militante con la doctrina que dice sostener, por muy vinculado que se encuentre el encausado a la organización social, política o religiosa que patrocina su credo, algo que nos permite concluir que la valoración a las personas debe hacerse por su condición humana y no por su militancia en la ideología que patrocina.

Los confusionistas deben saber que mezclar en el mundo ovino churras con merinas produce lana de baja calidad, y entrelazar gimnasia con magnesia conduce a dislocación mental, como le sucede a estos seres con lengua viperina.

HABLA BUDA

HABLA BUDA

Buda

Con la resaca del Lunes de Pascua a flor de piel encerada con velas, con penitentes y capirotes por los adoquines, cofradías encofradas a las imágenes que patrocinan, “bailes” del trono en el folclore procesional, liturgias tridentinas, dolorosas e incomprensibles penitencias y “oficios”, es buen momento para mirar otras creencias que consideran idolatría lo que para católicos es religiosidad popular.

Es la fe responsable de que las montañas se muevan, los pollinos vuelen, la paradisíaca vida eterna celestial exista y la creencia de los fieles en lo que no han visto se haga certidumbre, como es el caso de la resurrección celebrada ayer, fundamento, justificación y sostén de la doctrina católica.

Quiero, pues, concluir mis meditaciones sobre los santos días pasados, con las siguientes palabras de Buda, por si algún lector de esta bitácora quiere hacer uso de ellas:

“No creáis en nada simplemente porque lo diga la tradición, ni siquiera aunque muchas generaciones de personas nacidas en muchos lugares hayan creído en ello durante muchos siglos. No creáis en nada por el simple hecho de que muchos lo crean o finjan que lo creen. No creáis en nada sólo porque así lo hayan creído los sabios en otras épocas. No creáis en lo que vuestra propia imaginación os propone cayendo en la trampa de pensar que Dios os inspira. No creáis en lo que dicen las sagradas escrituras sólo porque ellas lo digan. No creáis a los sacerdotes ni a ningún otro ser humano. Creed únicamente en lo que vosotros mismos habéis experimentado, verificado y aceptado después de someterlo al dictamen  de la razón y a la voz de la conciencia”.

EL SILENCIO DE LA JERARQUÍA

EL SILENCIO DE LA JERARQUÍA

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No hay creyente en el mundo, ni terrícola descreído, que ignore el principio dominante en la doctrina católica comprometiendo a los creyentes en el amor a sus semejantes hasta dar su vida por ellos, y saben los pastores de la Iglesia y toda la feligresía, que el Hijo de Dios se quitó la correa y echó del templo a los mercaderes a cinturazos.

Pues bien, quienes reparten bendiciones a los fieles desde los púlpitos ceremoniales, les imponen penitencias, predican la palabra de Dios con mitra en la cabeza, ponen pancartas en sus manos y movilizan a millones de creyentes contra del divorcio, o el matrimonio homosexual, por ejemplo, se inhiben ante la corrupción política y financiera, sin atreverse a dar nombres ni a excomulgar a quienes envían a la miseria los pobres que están obligados a defender por mandato evangélico.

Los mensajes contenidos en los libros sagrados se dirigen a la liberación de los oprimidos, a la redención de pobres, a la igualdad de los hijos de Dios y a la condena de los ricos explotadores, afirmando que tendrán las mismas posibilidades de ir al cielo como tiene un camello de pasar por el ojo de una aguja.

Indigna a los creyentes comprometidos con la doctrina, desconcierta a muchos bautizados y confunde a los incrédulos, el silencio y la falta de compromiso de la jerarquía eclesiástica ante los atracos bancarios perpetrados por gestores financieros, la feroz usura bancaria, la especulación de  los depredadores, la hambruna y la aplicación de injustas leyes que arruinan familias y llevan al matadero del suicidios a inocentes, cuyo único delito es aspirar a derechos constitucionales básicos.

Esperamos un compromiso real de la jerarquía con la doctrina liberadora que promueve el evangelio que predica. Es hora de dar la cara y mancharse las manos con el barro de la miseria. La jerarquía eclesiástica española no puede seguir beneficiándose del ejemplar testimonio de sus militantes de base y de creyentes como Ferrer, Teresa, Casaldáliga, Helder Cámara, Ellacuría y tantos otros testimoniales de la iglesia ético-profética que todos deseamos.

ESPAÑA SIGUE SIENDO CATÓLICA

ESPAÑA SIGUE SIENDO CATÓLICA

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A pesar de los esfuerzos constitucionales republicanos y del artículo 16.3 de la actual Constitución, España sigue siendo católica por la gracia de Dios, sin que hoy nadie diga lo contrario, como dijo el 13 de octubre de 1931 el ministro de la Guerra en la Cámara, pronunciando las palabras menos comprendidas y más censuradas de cuantas se escucharon en el Parlamento:

“La premisa del problema religioso, hoy político, la formulo yo de esta manera: España ha dejado de ser católica; el problema político consiguiente es organizar el Estado en forma tal que quede adecuado a esta fase nueva e histórica del pueblo español. Yo no puedo admitir, señores diputados, que a esto se le llame problema religioso. El auténtico problema religioso no puede exceder de los límites de la conciencia personal, porque es en la conciencia personal donde se formula y se responde la pregunta sobre el misterio de nuestro destino”.

Cuando Manuel Azaña pronunció este discursó no sospechó ni por equivocación que 83 años después España sería institucionalmente más católica que nunca, contraviniendo la aconfesionalidad del Estado declarada en la Carta Magna, porque gozamos de una generosa jerarquía católica con vocación de gobierno sin pasar por lar urnas, más ocupada en llevarnos al cielo que en liberar a los desfavorecidos, porque de ellos se encargan los creyentes auténticos que viven testimonialmente la doctrina evangélica.

A los ministros les basta con dar golpes en el pecho de los demás, invocando a las vírgenes del Rocío, Pilar o Desamparados para resolver los problemas, condecorándolas con cruces de méritos policiales por sus éxitos contra la delincuencia y poniéndonos a todos bajo el protector manto de Santa Teresa.

Conviene, pues, recordarle a nuestros ministros que gobiernan un Estado sin religión oficial, donde las autoridades políticas no pueden adherirse públicamente a ninguna confesión determinada, ni permitir que influyan las creencias religiosas en las decisiones políticas que toman, porque un Estado aconfesional carece de religión oficial, aunque sus ciudadanos se coman los santos por la peana y las vírgenes les amparen.

En aquellos tiempos se enfrentó el laicismo azañista con el catolicismo fundamentalista de Gomá y Pla, con victoria final de los purpurados pues el Concordato franquista de 1953 dejó claro que la religión Católica, Apostólica, Romana seguía siendo la única de la nación española, como sucede hoy.

EL VERDADERO DÉFICIT

EL VERDADERO DÉFICIT

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Cuando los mandamases políticos y financieros hablan de déficit, se refieren al descubierto contable que resulta de comparar el debe y el haber, lo que en Administración Pública representa una falta de liquidez económica en las cuentas del Estado, porque los administradores del dinero común se gastan más euros de los que les damos, con su mala gestión, despilfarro, ignorancia y corrupción.

Pero hay otros déficits más importantes que el económico, ignorados en una sociedad insolidaridad, cínica y consumista, dominada por la doctrina del “¡Sálvese quien pueda!”, donde los remeros quedan al pairo tras el naufragio con las velas de la esperanza tendidas y largas las escotas de la resignación, mientras los capitanes y contramaestres ocupan todos los botes salvavidas.

La verdadera crisis por la que estamos pasando no es económica, como pretenden hacernos creer, sino de valores humanos, provocada por el abandono de comportamientos éticos, que han llevado a indeseables corruptelas administrativas, abusivas especulaciones financieras, excesivas mentiras y duras represiones justificadas con una legalidad injusta, hecha a gusto de los represores.

Hoy día existe un gran déficit de solidaridad que muerde las entrañas, porque la generosidad no cotiza en bolsa, domina el miedo, la honestidad brilla por su ausencia, el sacrificio está mal repartido, los esfuerzos son desequilibrados, la justicia social está en almoneda, el cinismo institucional domina las tribunas y la empatía se ha borrado del diccionario social.